Asomarnos a la obra plástica de Rubí Segura es un ejercicio estético y al mismo tiempo espiritual. A ello apostó desde el principio, ya que desde el inicio permeó su creación con un minimalismo simbólico y una sobriedad cromática que ya la caracteriza en el concierto de los jóvenes pintores en el sureste de México. Y esta no es una afirmación ligera, sino la constatación de un trabajo sostenido, de una definida vocación por las artes visuales que encuentra sus raíces más sólidas en su formación profesional como arquitecta.

Con estos elementos plásticos y su imaginación, Rubí Segura ha construido en apenas tres lustros una serie de ciclos creativos que transitan las sendas del expresionismo abstracto y sus vertientes más definidas: el action painting y el colour field painting, sin dejar de bordear la abstracción geométrica que caracterizó fundamentalmente sus obras en las primeras exposiciones.

En ella, el lienzo es un espacio de síntesis -en particular en esta exposición- donde la sobriedad espiritual emana del diálogo preciso de los blancos y los negros predominantes, de ese discurso tonal abismado en sí mismo en una callada aura mística que ejerce su influjo en el espectador. “Aún llueve”, “Origen”, “Bajo la misma piel”, “Despertando en la oscuridad”, e “Invierno de un recuerdo”, son obras llenas de una abstracción lírica que arroba, de una gestualidad poética que suscita el goce estético, e incluso una evocación de lo sagrado, de lo intangible, de lo intemporal. Embebidas en su austeridad cromática, las creaciones vibran de ritmo y vitalidad, sin violencia pero con determinación.

Con esta exposición Rubí segura confirma la impronta de su ser de artista sin concesiones, implacable en su búsqueda de un lenguaje propio, y con una naturaleza más cercana a la luz que a lo terrenal.

 

Felicidades Rubí.