Cuando uno lee la poesía de Isidoro Villator, nos damos cuenta en un primer momento que estamos leyendo la obra de un poeta mayor, de un profesional de la poesía. El presente libro “Algo ha sucedido en el desierto de una ciudad extraña”, sumado a sus obras anteriores, entre ellas “Pequeñas cuerdas en el estanque de los trampantojos”, Espiral de polvo humano”; y también a sus trabajos filosóficos y ensayos sobre literatura y educación, nos confirman a un escritor que asume la creación literaria con pasión y profesionalismos, con la seriedad que implica el acto de escribir y publicar; sumado a todo ello, su obra es además producto de muchas y variadas lecturas, mismas que le han permitido construir su propia voz. Sólida voz, no como un acto puramente protagónico, un atavío pretencioso de originalidad, sino como necesidad de esencia creadora, necesidad de artista de la palabra; de construir un lenguaje que le permita expresar a quien lo quiera y entienda, su visión de la vida, del amor, de la incertidumbre que despierta una realidad surrealista y un futuro del mundo cada vez más escéptico.

El sólo título de esta obra: Algo ha sucedido en el desierto de una ciudad extraña, además de ser un bellísimo verso largo -que es una de las características de su escritura-, de entrada provoca; es la ventana y puerta que nos lleva a un mundo incitante e inquietante; nos incita a desentrañar, a deletrear un lenguaje nebuloso, cargado de imágenes que suceden a otras imágenes fantásticas, que finalmente conducen a hallazgos hermosos, como:

Adentrarse hacia el esplendor donde la luna es testiga

y descubrir el paraíso que dibujan sus lagos con cara de mirarlas como un animal

cualquiera.

Adentrarse

aunque la tez y la fantasía del rostro

sean miel para atrapar el viento de mis ilusiones,

hacia la contemplación de la imagen que aún no conozco en este arcaísmo de mirada que

dibuja sombras en las paredes de la cueva.

“Algo ha sucedido en el desierto de una ciudad extraña”, impreso por el Instituto Estatal de Cultura (IEC) y la Secretaría de Cultura del gobierno federal

La poesía de este libro vista desde la ventana, se torna incitante para el lector ávido de nuevos alientos, de aventurarse a una semántica donde no hay espacio para el lugar común o la modesta construcción de versos sino que al igual que la filosofía, hurga una y otra vez en la búsqueda de aquella verdad que satisfaga, que sea tan vasta como para comprender su propia concepción de humanidad.

Cuando leemos, solo por citar, algunos versos del poema 2, de la página 29

Frente al discurso de los ojos

El lenguaje de los míos,

Nubes polvorientas con que habla el aliento para enterrarlas bajo los escombros donde

habita mi sensibilidad.

Donde no queda más que la huella de hojalata con que he escrito la historia de todos los

ayeres y mañanas.

Donde no quedan más que edificios de polvo gris;

ciudades en el oriente, en el poniente,

que aún se atreven a mirar el horizonte.

Es entonces inquietante y dubitativa, y es puerta abierta, pues su hermetismo, la nebulosidad de sus imágenes, la suma de sus yuxtaposiciones, nos desconciertan y atrapan; cuando detenemos el reloj de nuestro entendimiento en una línea o líneas intentando ejercer la hermenéutica para descodificar ese verso oscuro, que Villator nos ha colocado ahí, no sé si a propósito, pero que nos hace retomar a Jeremías Marquines, cuando al leer precisamente a Villator, dice: que su obra es difícil, es “para que el lector no olvide que está leyendo poesía”, y es esta telaraña literaria –dicho en sentido epistemológico-, la que te atrapa, engulle, en un intento de descifrarla para ser yo lector, también parte de ese mundo en el vive, ama y sufre el autor, o también puede que suceda lo de Carlos Castaneda, en su conocida obra “Una realidad aparte”, donde el autor ante tanta magia y misterio decide mejor no seguir con su viaje a Ixtlan da vuelta atrás, cierre la puerta y solo mira desde la ventana, para quedarse solo en la incitación.

En “Algo ha pasado en el desierto de una ciudad extraña”, Villator descubre que todos somos pequeñas ciudades, grises, solitarias, anónimas, laberínticas, pero que también es el lugar donde hay la posibilidad para que la vida y el amor florezcan, para que la luz se cuele por nuestros ojos y poder así encontrarnos.

La poesía de Isidoro Villator, no sólo es un reto para el lector no familiarizado con la poesía contemporánea, sino que además exige una gran capacidad para la imaginación, una gran actitud para la receptividad, estar dispuesto a toda posibilidad y variedad del verso libre y su construcción. Leer su poesía, no sólo es leerla con otros ojos sino estar preparado para disfrutarla y no claudicar en el intento.

Su incursión en la filosofía, en el ensayo, su propia actividad docente, son campos que han enriquecido su formación intelectual y por ende se reflejan en su literatura, que le dan una visión de la vida, de las cosas, tal cual son, paradójicas, surrealistas quizá hasta absurdas pero finalmente auténticas. A Villator le gusta como decía José Saramago, “siempre ver lo que hay detrás”, no quedarse solo con lo visual, aunque lo que encuentre no sea agradable, no lo que esperaba; y hablar, escribir, vivir con estas realidades es difícil, y hasta doloroso, se cumple lo que decía cierto poeta, “que difícil es respirar el aire cuando se ha sabido olerlo”. Y eso el amigo Isidoro Villator nos lo demuestra una vez más en esta obra que hoy nos presenta.

Óscar Enrique Ramos Méndez

Cunduacán, Tabasco. Noviembre del 2017

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Ramón Galguera Noverola nació en San Juan Bautista, hoy Villahermosa, el 28 de junio de 1914. Sus estudios de primaria y secundaria los realizó en su ciudad natal. Fue hijo único del matrimonio formado por don Hermenegildo Galguera y su señora esposa, doña Esther Noverola de Galguera. En 1934, cuando sólo contaba con 20 años de edad, publica en el periódico La Voz del Estudiante, editado por la Sociedad de Estudiantes Libres del Instituto Juárez, el poema “Son dos gotas iguales”, en el que se nota el influjo que sobre el novel poeta ejercía la lectura de Gustavo Adolfo Bécquer, al que sigue el intitulado “Sitio”, incluido por el maestro Francisco J. Santamaría en su libro La poesía tabasqueña. Ramón Galguera Noverola seguiría publicando sus poemas en periódicos y revistas locales de la época, como el semanario El Censor, que dirigía el periodista peota José María Bastar Sasso, y la revista Alborada bajo la dirección de Ramón López. Algunas de estos textos serían incluidos en su libro “Examen de primer grado” publicado en 1951. En los poemas de este libro, Galguera ya es dueño de su propia y muy personal voz. Más de diez años después, en 1964, cuando el poeta rondaba los treinta y siete años, da a conocer su segundo y último poemario: “Solar de Soledades”. Galguera Noverola fue hijo único. Entre sus amigos están dos políticos tan dispares como Tomás Garrido Canabal y Manuel R. Mora. En el ámbito social villahermosino era muy estimado como locutor y declamador pero sus retozos homosexuales le ocasionaron rechazos. Él mismo no se aceptaba. Fallece el 6 de octubre de 1979 –cierra la década trágica para la poesía en Tabasco- en la Ciudad de México. Tenía 65 años. No volvió a su tierra donde fue consumido por la maledicencia y el alcohol. Los dos libros más los poemas sueltos se volvieron a leer –juntos- hasta el año 2003 bajo el título Nocturnos Horizontes, compilación de poemas, fotos y textos varios realizada por el escritor Jorge Priego Martínez