Hace falta algo en esta ciudad

donde habitan los fantasmas con sus cegueras en el corazón

el aliento que respira sólo distanciamientos atrás de la piel metálica.

La luz que viene de tus lagos y que los míos son más bien pantanos de hojalatería.

Hace falta algo

Un poema

Un beso

El olfato sobre el ventanal donde se asoman tus mejillas

La caricia de tus paisajes

La sutil mirada esperándome desde siempre donde he de encontrarte.

En la soledad

en la contemplación de mis cada vez más lejanos desiertos

lejos, muy lejos del verbo que cuesta trabajo pronunciar por el lenguaje de mis ojos, por la desértica ciudad donde he pasado mis tiempos;

pequeña criatura que soy, revestida de humano hierro.

 

el poeta Isidoro Villator estrena su poemario “Algo ha sucedido en el desierto de una ciudad extraña”

 

Habrá alguien quien lea lo que has escrito en esa carta.

Alguien que tenga caracoles en la frente.

El estanque sensible a la mirada del orificio blanco.

El tacto a la caricia del viento.

Alguien por supuesto esperando en el umbral de la noche carcomiéndose las uñas del corazón.

Esperando la mirada seductora donde han de reconocerse los extraviados de los trampantojos.

Alguien dispuesto a deletrear los labios del aire que armonizan el rincón bohemio de legañeros.

Alguien arcaico

dispuesto a extender la mano al buzón de la esquina

antes que ese que soy aún sienta el calor de las hormigas en la tierra baldía de la mirada.

La comezón en los pliegues de mi ciudad.

Antes

o no has de contar siquiera con la génesis de un posible carteo epistolar.

 

 

 

Un atisbo de esperanza se asoma entre las padecerías de hierro.

Cuando el corazón se detiene ante el viaje del viento

para escuchar sus canciones

su ensayo dancístico en el rostro.

Un atisbo de esperanza cuando el último suspiro de los desamparados esboza una mirada en el cordaje de los violines y trompetas como el más romántico de los músicos clásicos.

Un atisbo de esperanza que se desvanece al instante en los pies cuando escucho la marcha del exilio que nunca más regresará.

 

 

 

Pondré sobre tus lagos, mis primeros barcos de infancia, la luz de esos primeros ojos y la flor sensible del corazón.

Pero ante todo, el asombro de niño que mira por primera vez a alguien que se parece a ti.

Los pondré sin remitente alguno para que no sospeches de mis sombras, y esperaré en silencio, del otro lado del lago, sentado en una banca bajo la áurea de un árbol.

 

 

Lo cursis en las manos llenas de flores

Con el asombro de los primeros años

Caminando debajo de los faroles de tu ciudad

Sin sombrero ni bufanda ni bastón sombrío

Ni los zapatos de polvo gris

más bien con la libertad de los pies descalzos

en el fango con que se divierte un niño.

Así, en medio de la cursilería

para saber por fin, cómo aprender a amarte.

 

 

Llovisnas de hierro

*

Frente al espejo, tu mirada que me esboza al menos una sonrisa antes de apagar la lámpara portátil del día. Antes del olvido.

*

Una araña en el último rincón de tu enjambre luminoso.

*

Como la sombra de mis antes, aún no he tenido el tiempo de saber de ti.

*

Ser entre lo antes y lo después en lo que queda del reloj.

Emprender la travesía a pesar de lo invisible que he sido.

*

Regresar de un sueño y volverse a encontrar en otro, eh ahí el caminar de un viajero.

*

Sí, bien lo sé, del otro lado de la charca una banca me espera debajo de un árbol.

*

Como una cornisa, siempre, como una cornisa.

*

Para decir que sí; la velocidad de la luz.

*

Para decir que no; más veloz que la velocidad de la luz.

*

En lo lejos

la espera.

Siempre la espera

*

La esperanza se gana hoy, no mañana, me dices.

 

Nota:

“Algo ha sucedido en el desierto de una ciudad extraña”, impreso por el Instituto Estatal de Cultura (IEC) y la Secretaría de Cultura del gobierno federal

Sobre el libro de poemas Algo ha sucedido en el desierto de una ciudad extraña, de Isidoro Villator, publicado por el Instituto Estatal de Cultura (IEC) y la Secretaría de Cultura del gobierno federal, el escritor Óscar Enrique Ramos mencionó que al leer el libro de Villator nos damos cuenta que estamos leyendo la obra de un poeta mayor, de un profesional de la poesía. Su libro nos confirma a un escritor que asume la creación literaria con pasión y profesionalismo. “La poesía de este libro, visto desde la ventana, se torna incitante para el lector, ávido de nuevos alientos, a aventurarse a una semántica donde no hay espacio para el lugar común o la modesta construcción de versos”, afirmó. Sobre el mismo impreso, el ensayista literario Francisco Payró comentó que Villator encontró una complejidad que no había visto en sus anteriores obras, leerla no es tan sencillo. Es una lectura que confronta al lector. Hay “un yo poético” constante. Existen imágenes abstractas difíciles de asimilar en una sola leída. El uso del encabalgamiento es un recurso interesante que predomina en prácticamente todos los poemas del libro. Hay versos osados, no tantos, y hay una presencia constante de los adjetivos. Expresó que la obra trata de la ciudad como personaje oscuro, plagado de soledad y melancolía, que está como sustrato, equivalente al desierto. Una ciudad llena de penumbras donde abunda la nostalgia y la mujer es un mito inaccesible que son al mismo tiempo todas y ninguna.