Esta ciudad, por más que estire sus

brazos y piernas a orillas de la banqueta, o saque del bolsillo de los muslos una voz que se deslice hacia el oído o deambule por las calles como si nada:

Es fantasma de otoño

De día es y necesario tampoco lo sé; pero la cara incipiente espectral se asoma en las aceras de las casas.

SEGUNDA LLUVIA

Cuando no para de llover ni un minuto, es que el agua trae nada bueno consigo y, hoy, que el cielo está por caerse, intuyo aguaceros torrenciales.

No. No para de llover. Es como si a alguien se le haya olvidado que lo que sobra aquí, en Verdeagua, es precisamente agua; que en realidad estamos hechos de ello.

Hago clic en el televisor, pues la lluvia no deja salir a ningún lado, además de lo acostumbrado a no caminar, aunque no llueva y menos en medio de tanto fango que emerge de las alcantarillas de las calles; menos aún, cuando estoy sujeto a esta maldita máquina magnética que me hace la vida más huevona.

Sigue lloviendo

Y, ante lo irremediable

La historia interminable del agua

TERCERA LLUVIA

No sé por qué suceden cosas raras frente al televisor; pero, por segundos, mi mirada se detuvo en las imágenes de unas fotografías colgadas sobre la pared del café de la ciudad. Imágenes de Verdeagua. Sobre todo, de mariposas negras mostrando sus levedades sobre el cristal de las casaventanas de los edificios, el presagio de un constante ensayo de las aguas.

La alarma nocturna, me confirma lo que dicen las imágenes de las fotografías: si hay que caminar, tendrá que ser a la parte alta de la ciudad.

Por vez primera no veo ni escucho el televisor. La mirada. Los oídos, están en el rumor del agua.

En el horizonte donde la pisada de ésta puede llegar.

Corro

a la parte alta de la ciudad

y

los que no saben

se quedan inmóviles por la desesperación

sin dirección alguna.

A oscuras.

La sutil sombra de los edificios comienza a ulular el canto del agua y, ésta, comienza a buscar a sus antiguos muertos por las distintas calles. Tocan las puertas que nadie abre. Se refugian al amparo de la negrura noche bajo la intensa lluvia de otoño y el asomo de la cara funesta del día de muertos.

¡La luna ha desaparecido!

De pronto, regreso a la líquida realidad, para mostrarme a una mujer detrás de la pantalla de cristal.

—Me llamo Berenice

y las aguas

se han llevado a mi hermano menor

en un barco de papel sin vela alguna.

En el último día de la luna con su flauta en manos.

Su espejito apuntando, hacia el oscuro cielo.

*Estos trazos textuales –como los llama su autor- forman parte del libro inédito “Más allá del malecón, otra ciudad”. Lo reproducimos con su autorización y agradecemos con abrazo fraterno que se sume al homenaje que puntodereunión.com.mx dedica al río Grijalva y, tangencialmente, al tema de la inundación de hace un decenio. Para apegarnos lo mejor posible al original digital que nos envía el poeta y ensayista tabasqueño (quien, el próximo viernes 10 de noviembre a las 18 horas presenta su libro, “Algo ha sucedido en el desierto de una ciudad extraña”, en la Biblioteca José María Pino Suárez), hemos marcado con intensificado y con gris, el inicio versal de cada texto que en un libro, ocuparían una página.