De acuerdo con los apuntes históricos conocidos, el 12 de octubre de 1868 es una de esas fechas catastróficas que se repiten en el almanaque histórico de Tabasco: se fue a pique. En esa fecha, comentan los historiadores, el estado padeció la inundación descrita como la “más devastadoras de su historia”, pues acarrearía graves pérdidas en los sectores productivos: la agricultura, la ganadería y el comercio, y  además, obligó a los 6 mil villahermosinos de aquella época a vivir varios días encaramados en las tres lomas de la ciudad. Pero al igual que en la inundación del 2007 –cuando las autoridades se justificaron en la tradición de la cultura del agua y la bendición de Dios-, no se sabe si hubo pérdidas humanas.

La siembre bajo el agua, foto de Tomás Cabrera
La siembra bajo el agua, foto de Tomás Cabrera

En esos entonces, Villahermosa se llamaba San Juan Bautista y se anegó “casi por completo, al igual que la mayoría de las cabeceras municipales, Villas y rancherías de la Sierra, la región de la Chontalpa y Centro”, comenta brevemente en su lista de efemérides el Archivo Histórico del Poder Ejecutivo del Estado de Tabasco que dirige el investigador cultural Jorge Priego.

Pero hay más datos históricos y curiosos alrededor de este mismo tema. El historiador Geney Torruco Saravia señala en el Tomo I de su Villahermosa Nuestra Ciudad (págs. 107-108), que desde principios de septiembre de ese año 1868, las fuertes lluvias hicieron crecer mucho los ríos lo que acarreó que “se inundaran los barrios de Santa Cruz y Mustal por el arroyo del Jícaro; Mayito y Curahueso por el arroyo del Gusano, además, se desbordó la laguna de la Pólvora. El agua llegó hasta la calle Nueva –Sáenz-, Progreso –Lerdo-, esquina del bronce –Sáenz y Zaragoza-, la Plazuela de El Águila”, lo que obligó a los villahermosinos a refugiarse en las partes altas. Alrededor de ese año 1868, cuando ocurrió la gran inundación, la antigua San Juan Bautista tenía unos 6 mil habitantes. La ciudad se componía de cinco barrios y dos poblados, Atasta y Tamulté, las zonas altas que los antiguos habitantes precolombinos habitaron y eran más seguras.

No hay registro fotográfico de la ciudad en esa época –los 60 y 70 del siglo 19, aunque la fotografía ya estaba en pleno apogeo: Desiré Charnay, el primer fotógrafo viajero que pasara por Tabasco lo haría hasta finales de ese siglo-, pero si recordamos los sucesos inmediatos, podremos reconstruir una imagen de ella. Dos decenios atrás la antigua San Juan Bautista había sufrido dos invasiones norteamericanas: la primera en 1846 y la segunda en 1847, que dejó a la ciudad en ruinas. Más adelante, en 1850 la epidemia de Cólera Morbus se ensaña con sus pobladores. Años más adelante, en 1863, aprovechando la Intervención francesa en nuestro país, el aventurero de origen español pero nacionalizado mexicano, Eduardo González Arévalo, bajo bandera francesa desembarca y ocupa la ciudad y capital tabasqueña con sus mercenarios que no eran franceses sino martinicos y mexicanos. Es derrotado a sangre y fuego en 1864 pero la ciudad queda maltrecha.

ortada del libro de Geney Torruco Saravia: Villahermosa Nuestra Ciudad
Portada del libro Villahermosa Nuestra Ciudad, de Geney Torruco Saravia

Hay una anécdota que ocurrió por esa época y la rescata el maestro Torruco Saravia en su libro, publicado en 1987: la padecieron los sanjuanenses y tiene tintes de ficción. Apenas diez años atrás de la inundación de 1868, el gobernador y general Manuel María Escobar (1853 -55), realizó varios arreglos a la ciudad para dotarla de alguna belleza pero también establece una costumbre humillante:

El gobernador Escobar, mandó a colocar dos cañones frente a palacio de Gobierno: uno grande llamado El Gallardo y otro más pequeño al que se llamó La Culebrina, que sirvieron como caballos de hierro para el aleccionamiento público. Hay que admitir el gusto por el lenguaje del pueblo o del ejecutor del gobernador –no se sabe quién, como tampoco se sabe de dónde salieron los fierros de artillería-, pues:  culebrina, según la definición del diccionario de español en línea, es un  “meteoro eléctrico y luminoso con apariencia de línea ondulada”, una segunda acepción es: “pieza antigua de artillería, larga y de poco calibre”, y una tercera es que, con este vocablo popular se describe la marca roja y sinuosa en los costados, algo parecida a la que dejan los azotes, que deja el herpes que causa una enfermedad con picor y dolor. En ese tiempo, cuando en Tabasco el espectáculo cruel todavía tenía cabida: en la Culebrina se montaban, amarraba y azotaba a los niños para corregirlos cuando sus padres así lo pedían, por bañarse en la Laguna La Pólvora sin permiso, reñir en la vía pública o no asistir a la misa. En El Gallardo, en cambio, se montaban y azotaban a los adultos por disidentes e impíos. El escarnio político, claro, estaba a la orden del día , platica Torruco Saravia a través de su libro, que bien vale la pena leer, aunque no se dice si también se castigaba a las mujeres ni cuándo terminó esta costumbre

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Juan de Jesús López es escritor, periodista y fotógrafo nacido en Cárdenas, Tab., México (27 de marzo de 1967). Tiene publicado los libros de poesía Turuntuneando (UJAT/2005), de fotografía Ruega por nosotros (UJAT/2011), y de ensayo La fabulación del trópico en ruinas. Tres poetas en Tabasco (por aparecer bajo el sello del IEC/2017). Como escritor, su formación la inició en los talleres literarios de Tabasco y la continuó en el Diplomado de Literatura de la UJAT (UJAT-Sociedad de Escritores de Tabasco 1998). Sus trabajos literarios, ensayísticos y periodísticos aparecen en revistas y antologías literarias: José Carlos Becerra. Los signos de la búsqueda (CONACULTA/ UJAT/ 2002), Cartonistas de indias y poetas (IV Comité Regional de la CONALMEX/UNESCO/ 2002), Férido Castillo. Surco a la luz (UJAT/ 2003), Bajo la mirada de la ceiba. Artistas plásticos de Tabasco (UJAT/ 2006), Lengua de trapo. Doce relatos políticos jamás leídos en Tabasco (PACMYC/ 2006) Erase una vez un cuento. Compendio General del Cuento en Tabasco II (PACMYC/ 2010), Mujeres de miel (Gobierno del Estado/ IEC/ 2010), La importancia de llamarse Gabriela (Arqueros del viento/ 2012). Por el lado de la creación fotográfica sus estudios formales los inició en el Diplomado de Fotografía de la UJAT (UJAT 2008) y los continuó en el Diplomado de Fotografía del Centro de la Imagen de Tabasco (CONACULTA-IEC 2011). Ha participado en varias exposiciones colectivas entre las que destacan: Intromisiones (CCV/2007), Expresiones encontradas (Instituto Juárez/ UJAT/ 2009), Revolucionarios de hoy (Instituto Juárez/ UJAT/ 2010), 11/20 Muestra de fotografía contemporánea tabasqueña (Instituto Juárez/ UJAT/ 2011) y Refugio de luz. Muestra de fotografía estenopeica (Refugio de la luna/2012). En el 2012 fue seleccionado para la exposición colectiva itinerante Arte Visual 15 que recorrió su estado natal, también integró en las muestras colectivas Identidades. Intercambio de Artes Visuales Tabasco-Cuba (en 2013), y Fotografía Contemporánea F4CTORES (en 2014), ambas preparadas por la UJAT. En 2016 fue seleccionado con su políptico Cuando ocurre lo que mira el que vive. Petrofabulaciones, en el 4to Encuentro Contemporáneo de Artes Plásticas Sur-Sureste (Secretaría de Cultura Federal/IEC, 2016) Actualmente, realiza una investigación sobre la historia de la fotografía en Tabasco que se titula Miraoyo, apuntes para una cronología de la fotografía en Tabasco. En el diarismo cultural ha colaborado en las revistas culturales CasatomadA, Lunes Especial, Tierra Adentro, Gaceta Universitaria de la UJAT, Presencia, Signos de la UPCh, y en periódicos villahermosinos como El Sureste de Tabasco, Milenio Tabasco, Diario de Tabasco y Liberación Tabasco. Sus primeras colaboraciones aparecieron en la primer revista literaria creada en Tabasco en 1997: CasatomadA, y en 2015 funda y dirige la revista cultural en línea puntodereunion.com.mx En 2017, cumplió 20 años de trabajo en el oficio del periodismo cultural y medio siglo de vida, pero eso, ya es otro asunto.