Con los pies entre el agua

Muros de costales con arena. Foto de América Rocío
Muros de costales con arena. Foto de América Rocío

El río Grijalva superó el muro, mojó los pies de María Hernández  –una comerciante- e inundó una sucursal bancaria.

En horas, el río cubrió el Centro Histórico de Villahermosa, rodeó el Palacio de Gobierno y expulsó, de los hoteles, a 320 huéspedes a la calle

—Salimos, nos no quedó de otra —narró Juan de la Rosa, empleado de una mueblería.

Con su bebé en brazos, relató que se hospedaron en el hotel Mira-Flores porque su casa, en el fraccionamiento santa Elena, quedó como la Atlántida, y que ésta oculta por el río Mezcalapa.

Como él, otras familias terminaron durmiendo en los alrededores del Palacio de Gobierno, recostados entre jardineras y comiendo galletas a los pies del monumento de Vicente Guerrero.

Villahermosa, en poco tiempo, nos recordó aquellas postales de la antigua ciudad: con sus calles inundadas y con sus cayucos encontrándose en las esquinas.

—Esto parece una Venecia —dijo una turista con mochila bajo el brazo; sacó su cámara y disparó.

A estas horas en la ciudad, los vehículos están devaluados; son más importantes las embarcaciones para el rescate de las familias -atrapadas en las azoteas de sus casas- que los automóviles.

Los damnificados no lo saben pero cada vez que les cuentan sus historias a los reporteros se van liberando de la presión.

En la avenida Paseo Tabasco, un puerto habilitado para la recepción de los vecinos de la colonia Gaviotas y los Acachapam, perjudicados por el desbordamiento de los ríos, sin importar que sean hombres, descienden de las embarcaciones llorando, con las voces temblorosas y con los pies inflamados.

Claudia Elena Fuente Magaña, una mujer campesina, estuvo 3 días sin comer, pensando en que moriría con sus hijos, pidiéndole a Dios una enésima oportunidad.

El río lo tuvo a sus pies –en Acachapam en el primer día; a sus rodillas, en el segundo; a la cintura, en el tercero.

“Sólo pensábamos en salvar nuestras vidas, la de nuestros hijos porque es lo primordial”, balbuceó.

Pormenorizó que esta inundación supera la de 1999: “siempre nos acordamos de Dios, incluso yo creo en Cristo. Él es el único que puede detener este desastre porque él fue quien nos hizo”.

Así como ella, cientos de damnificados caminaron sin rumbo por los sitios no inundados de Villahermosa. Los albergues son insuficientes y los alimentos están escaseando.

“No sabemos adónde nos llevan, incluso mi esposo se quedó en la comunidad ayudando a muchas personas que están en el agua”, gritó a lo lejos una mujer descalza.

“Gracias a Dios por lo menos tenemos la satisfacción de estar en tierra firme. Ahora veremos qué nos depara de aquí para adelante”, le contestó alguien con los pies mojados, con su ropa a cuesta.

Alguien dijo, cuando se bajó de los cayucos, estas embarcaciones, que pensó en morir, que vio serpientes, que no durmió.

Yolanda Magaña Contreras, otra más de las que contaron su historia, pidió la asistencia de los soldados para bajar a su madre discapacitada.

“Sentía que se moría entre el agua por su enfermedad de la columna, ella y yo nos enfermamos de los pies, los tenemos todos picoteados”.

—¡Bájenla con cuidado! —suplicó. La señora Catalina Contreras, con todo y silla de ruedas, fue llevada a tierra firme.

No todos los afectados han querido salir de sus casas, temen que los ladrones, así como el río que les robó su tranquilidad, se lleven sus refrigeradores, televisores, “sus cosas”.

“No quieren salir de sus casas porque no quieren perder lo poco que tienen”, explicó Álvaro Hernández, un capitán de estas embarcaciones.

A él, le han conmovido los niños y los ancianos rescatados en estos días: “los recorridos nos dicen que esto superó la tragedia”.

Otros salieron después de 4 días porque se les terminó la comida, no tienen dinero y porque ya no encuentran la salida a este caos.

“Llevo 150 pesos porque no hay nada más, aunque sea para comprar galletas, huevos, lo más necesario; una minsa para hacer tortillas”, dijo Javier Hernández.

Al decir que es la primera vez que una inundación lo tiene al borde del infarto, “porque el agua nos rodeó rapidito”, pidió al gobierno comida suficiente porque el dinero no alcanzará “para nada”.

La ciudad empezó a quedarse sola. No todos pudieron comenzar el éxodo rumbo a Veracruz, pero quienes sí pueden, unos 10 mil, este viernes (octubre de 2007) le dijeron adiós a Tabasco, no sabemos por cuánto tiempo.

Los pobres se han inundado, los ricos también. Aún se ve, desde las embarcaciones, a quienes sí quieren dejar sus azoteas, a quienes no se han bañado, a quienes han vestido –en los últimos 3 días- la misma ropa.

Los hoteles, los de la zona alta, están sin sus meseros. ¿Adónde? Se preguntaron los pocos huéspedes. Se fueron a buscar a sus familias, a recuperar sus pertenencias, a sumarse al millón de damnificados.

Una mujer dijo públicamente que necesita cambiarse de ropa interior. Pidió por celular, a unas amigas que no se inundaron, que le faciliten por lo menos una prenda.

Anoche, los tabasqueños continuaron caminando a las afueras de Tabasco, buscando un lugar seguro, un lugar en donde no se inunden otra vez.

 

Las islas de Nacajuca

Tabasco, paisaje de aguas , foto de América Rocío
Tabasco, paisaje de aguas , foto de América Rocío

Cuando despertó el río estaba tocándole los pies. En cuestión de minutos, se inundó su casa y su comunidad. Se vio perdida.

Martha Álvarez, una mujer damnificada por el desbordamiento del río Samaria, durmió poco en la última semana.

El río, en la comunidad de El Zapote –en el municipio de Nacajuca- sepultó cultivos, vacas y el único camino con destino a la civilización.

“Estamos atrapados, aquí sólo podemos salir en cayuco pero está muy difícil por lo fuerte de la corriente”

A Martha, confesó, le preocupa que el río continúe aislándolos de otras comunidades, que no cuenten con energía eléctrica, agua potable y suficiente comida para alimentar a sus hijos.

En el Zapote, aislado por el desbordamiento del río Samaria, viven unos 5 mil pescadores, campesinos y amas de casa.

Para no morir ahogados, edificaron viviendas de madera y láminas sobre lo que quedó de la carretera, “esa que nos unía” con la capital.

“Yo trabajaba en la tienda Chedraui y no he ido desde el pasado martes, avisé, pero no estoy segura de que haya conservado mi empleo; no puedo salir de aquí”.

Las comunidades de Nacajuca, un municipio con 60 mil habitantes, se inundaron 72 horas antes que Villahermosa.

A 10 días de que el río Samaria empezara a meterse en las localidades rurales, algunos ya sintieron la comezón en la piel.

“Hay mucho mosquito, tenemos problemas con la picazón de la piel”, reprochó Martha.

A Nacajuca, municipio colindante con Villahermosa –capital de Estado-, no llegó el auxilio suficiente con alimentos y medicinas. Aquí se condena que el gobierno sólo quiere a los que viven en la ciudad, menos a los de “las rancherías”.

Micaela Contreras, damnificada en 1999 y en este 2007, pensó -este domingo en el diciembre que vendrá.

—¿Será un fin de año difícil?

—Será peor. La pasaremos endeudados.

Narró que cuando el río desbordó perdió su cosecha de chile, maíz, calabaza y el ventilador que compró en pagos: “si el agua hubiera subido arriba de nuestras cinturas, nos hubiéramos muerto”.

Si las mujeres de Nacajuca sintieron la pérdida de sus gallinas y de sus pollos, los hombres no pueden (aún) reponerse por sus vaquitas que fueron devoradas por el río.

“El ganado, el poco que quedó, se está muriendo. No hay pastura y alimento. De hecho, ya murió un chingo de ganado, como doscientas reses con esta inundación”, dijo Santiago Álvarez Ruiz, un campesino de El Zapote.

“El presidente municipal de Nacajuca nos prometió la ayuda pero todavía no lo ha mandado”.

En el Zapote, el cultivo de maíz reportó daños totales. Las mazorcas quedaron bajo el agua, se pudrieron.

“El maíz se perdió, perdí dos hectáreas, ahora que ya estaba lista la cosecha pero sólo saqué cinco sacos, con esto estamos haciendo el pozol y la tortilla, para tener algo en el estómago”.

Ante la escasez de comida, los nacajuqueños estuvieron cociendo frijol -con la poca leña seca que se guardó- bajo de las carpas instaladas para estos días de creciente.

“Estamos cociendo este fríjol, está algo duro pero algo tenemos que comer. Lleva dos horas en la leña. Esta leña es de la poquita que nos quedó, de la que guardamos en la losa de la casa; estuvimos 2 días sin comer pero aguantamos”, relató Silvestre Peregrino.

Llegar a los límites de El Zapote, es necesario tomar una embarcación desde la comunidad de Arroyo, enclavada sobre la carretera que une a Nacajuca con Villahermosa.

Se emplean 180 minutos de viaje redondo por todo el río Samaria. Cuando el río descienda su nivel y la carretera sea reparada, el mismo viaje sólo durará 30 minutos.

En Arroyo, otra comunidad de Nacajuca, están por ampliar la casa de madera que construyeron sobre el camino.

Empezaron viviendo diez gentes, por el desbordamiento del río Samaria, pero hoy suman 36 inquilinos sin enumerar a 7 niños, anunció Concepción Pérez García, un enésimo damnificado.

A Elena Olán Morales le obsequiaron, los pescadores, unas mojarras para alimentar a los habitantes de la casa prefabricada con láminas, madera y lonas con estampados políticos, de esas que se usaron en las campañas electorales.

“Esta mojarra es para no morirnos de hambre porque tenemos ocho días viviendo sobre la carretera, sin agua, con muchos mosquitos, con estos niños que tienen granitos en la piel”, conversó.

Con el sartén en la mano, y sin descuidar a sus hijos que juegan con el agua, pidió que los alimentos prometidos por el gobierno les sean entregados con prontitud.

“Aquí vienen a dar cosas, los mismos vecinos de otras comunidades, porque el gobierno ni sus luces. Esto es más pior (sic) que en 1999. Yo perdí mi cama. Antes de la inundación debía la tele y la lavadora, ahora debo más”.

La nacajuqueña Rosa Elena Pérez estima necesario que las autoridades “vengan a vernos porque nosotros nos vamos siempre a lo hondo”.

A los niños, en este corredor acuático de Nacajuca, les están brotando granos en la piel. No dejan de rascarse por esta agua de río que ya comenzó a afectarlos, a incomodarlos.

“No están saliendo granos con esta agua de río y de lluvia, no sabemos cuánto está de contaminada”, alertó Cecilia Pérez, una de las cocineras en el tejado improvisado para la ocasión.

“Hasta nos da miedo que de tantas culebras que están saliendo, una pique a los niños”.

En medio de la desesperanza, los ancianos tomaron la palabra para tranquilizar a los que conocen poco de inundación.

Dolores Pérez García, de 63 años, recordó que Nacajuca es el municipio que se inunda con una sola lluvia. Dio su cátedra frente a reporteros.

“Antes tres meses estábamos bajo el agua, se tenía de todo para esos días. Nos trepábamos al tapanco (un entarimado) con todo y animales, y con el tiempo iban pasando en cayucos (los del gobierno) viendo si estábamos vivos o no”,  conmemoró este fin de semana.

Ayer, algunas mujeres cocieron frijol e hicieron tortillas en la calle. Se les preguntó por el pejelagarto asado, platillo característico en esta región. Pocos supieron decirnos: “desde que perdió la grande ya no quiere venir por estos rumbos”.

La tinta indeleble

Memoria de la inundación 2007, foto de Juan de Jesús López
Memoria de la inundación 2007, foto de Juan de Jesús López

Los damnificados fueron marcados en los alrededores de la casa del gobernador de Tabasco.

Los sellaron en las últimas horas para no verlos, de nuevo, formados en las filas.

Algunos, de los que presuntamente perdieron todo en la inundación, estuvieron en la sintonía de empacar, no una, sino hasta cuatro despensas.

Los del gobierno, los de logística, detectaron que los rostros de los inundados -de los mojados- se repitieron como postales turísticas en las puertas de la quinta Grijalva. Un guardia corrió la voz.

Alertó que hombres y mujeres, otra vez, se estaban formando en la fila.

Se dio la orden: a marcarlos, a herrarlos.

Los voluntarios que repartieron las despensas o los víveres, que enviaron de otros estados de México, sacaron sus tintes indelebles marca IFE.

No tuvieron otra opción que mancharles el dedo pulgar como en las elecciones electorales.

En el rostro de muchos se vio el desacuerdo. Pensaron que el dedo manchado, sólo se los verían, pero hasta el 2009 cuando Tabasco celebraría sus elecciones intermedias.

Marcaron primero a los del municipio de Nacajuca, después a los del Centro y, por último, a los de Cunduacán.

“Yo trabajo en el gobierno y nos dijeron que tenemos que marcarlos”, confesó Patricia Cardona.

Estampó, en 4 horas de servicio, a 500 damnificados por el desbordamiento de los ríos Carrizal, Grijalva y Samaria.

“He marcado a mucha gente porque muchos quieren repetir y llevarse varias despensas, y todos tienen derechos, hasta los que están por llegar”, explicó.

A María López le incomodó que le macharan el dedo. No tuvo más alternativa que acceder al baño de tinta indeleble.

“Me lo mancharon todito”, dijo en voz alta.

Pero no dejó de sujetar enérgicamente el agua embotellada y los alimentos enlatados que recibió este miércoles.

Ayer, (noviembre de 2007) se cumplieron 72 horas de que los damnificados están formados en los alrededores de la quinta Grijalva.

Llegaron caminando, en combi y en aventones.

Llegaron con sus hijos, con sus abuelos, con sus sobrinos, con sus mascotas.

“Vienen de todo tipo: mujeres embarazadas, con niños, ancianitos, jóvenes, pobres, de clase media, maestros y hasta burócratas”, anticipó en la puerta un policía.

Los de la Armada de México estuvieron, como en los últimos diez días, garantizando el orden entre las miles de personas que son fuertes aspirantes a una despensa.

Lidiaron algunos empujones de los desesperados, de los que gritaron ya quiero mi botella de agua, y de los que buscaron los primeros lugares -de la fila- con un discapacitado como escudo.

Rocío Cruz, ama de casa en la comunidad de Ignacio Zaragoza, en el municipio de Cunduacán, dejó a su esposo debajo de un árbol a 300 metros del punto de reunión.

“Allá quedó en la sombra, yo haré la fila”, dijo exhausta.

Con 30 pesos en la mano, con los que seguramente regresó a su casa, pidió ser auxiliada por las autoridades.

“Hay mucha gente en el agua, no tienen  dinero para venir a buscar la ayuda, allá no nos ha llegado nada. Queremos que nos manden despensas, a eso vine”, reprochó.

Entre las rejas de la quinta Grijalva se comentó que después de diez días, Andrés Granier, el gobernador, pudo dormir hasta las 7 de la mañana.

“El pobre se durmió tardísimo”, declaró uno de los voluntarios que ha vivido una semana en la casa oficial del gobernador.

Veinte veces se abrieron las puertas de esta casa. Los gobiernos estatales enviaron camiones pesados con víveres. Se vio, de lejos, pirámides de alimentos enlatados, de agua embotellada y productos para recién nacidos.

Un portavoz del gobernador informó que se repartieron, en los primeros cuatro días, 200 mil despensas.

“2 mil cada 30 minutos”, cacareó alguien a los lejos.

Granier Melo se asomó para ver cómo estaban atendiendo a los damnificados.

Le gritaron, desde la fila, “químico, químico, químico”. Algunos analistas dijeron que los bonos del gobernador subieron por su contacto con los ciudadanos.  (Esto lo dicen sin saber que años después estaría en la cárcel)

“Eres mi padre querido, no nos has desamparado”, le declamó una mujer al oído. Se inspiró.

Miguel Hernández González, de la colonia Gaviotas, al norte de la ciudad, dijo que jamás en su vida había recibido una despensa del gobierno.

“Aquí llegué desde las cinco de la mañana pero ya veo la puerta muy cerquita”.

Con su esposa y sus 2 hijos, en la fila, precisó que la despensa no resolverá el problema de fondo. Él es uno de cientos que perdieron su empleo.

“Ojalá y cuando llegue el Fonden nos den a los que perdimos todo”, recordó.

Aquí, entre este mar de damnificados, Bolívar López sujetó 3 despensas. Le pregunté el porqué.

“Dos para mis vecinas y una para mí”.

—¿Y en dónde están?

—Aquí estamos —dijeron Irma y Margarita Estrada, madre e hija.

—Somos ciegas; él nos trajo.

Narraron que el agua se metió por la cocina, que subió un metro y que Bolívar las salvó.

“Nos daba, ese día, el agua hasta el ombligo, Dios es grande porque nos mandó ayuda, nos mandó a un Bolívar”.

—¿Cómo se imaginan al gobernador?

—Imaginamos que el gobernador es muy bueno. No lo vemos pero lo sentimos.

 

El maldito polvo

La gran inundación, foto de Hermilo Granados 1 a biss

A Villahermosa el polvo se la está comiendo con urgencia. Caminar por sus calles es peligroso: kilogramos de lodo, enfermedades impalpables, los reproches, las pirámides de basura, la desesperanza y las alcantarillas fracturadas.

Cuando el río Grijalva regresó a su cauce, después de doce días de inundación, Villahermosa cambió de piel. Ya no era aquella Venecia mexicana, sino una ciudad polvorienta, colmada de olores en las esquinas, en los comercios, en las plazas.

“No se soporta el olor, el polvo que se mete en la nariz, las calles llenas de basura”, expresa Georgina Landero.

A los pies de la señorita Landero, una empleada de la ciudad, podría filmarse la película “Lo que el agua nos dejó”.

No es una pirámide de la cultura Olmeca o Maya lo que está a la vista de Landero. Es una montaña de autos, televisores, computadoras, impresoras, aires acondicionados, escritorios, puertas, ventanas.

“Los tiramos con tristeza pero qué le vamos a hacer”, exclama una vendedora de aparatos electrodomésticos.

Antes que le preguntemos que si contrataron algún seguro, previo a la inundación, matiza que “los seguros son (sólo) para los que tienen”

En las pirámides de basura uno encuentra piñatas, zapatos, ropa, jaula, colchones, lavadoras, pedazos de camas, refrigeradores, instrumentos musicales, teléfonos, juguetes, diarios y revistas que el río recicló en el Centro Histórico de Villahermosa.

Los más pobres sobrevuelan en los alrededores de los cúmulos de desechos.

—Algo servirá —dice Juan Pérez, un recolector urbano

En un triciclo carga una estufa vieja, un refrigerador que usará de closet, un colchón que secará con el sol.

Los comerciantes, unos cuantos de los 10 mil que reportaron pérdidas en la ciudad, aún no han sido censados, por la Secretaría de Economía, para recibir el auxilio, el “empujón económico”.

“Perdimos todo, no sé de dónde sacaré 250 mil pesos para empezar de nuevo”, anticipa Sergio Vázquez.

Él, propietario de una empresa dedicada a la limpieza, fregó en las últimas horas su comercio en la calle Méndez, a 400 metros del río Grijalva.

Para los comerciantes, en medio de la polvareda, el lodo y de los jacintos muertos que dejó el paso de la inundación, no habrá festividad de fin de año; ni un solo peso para adquirir foquitos.

“Se verán las marquesinas sin luces, a la pela vaca, sin ninguna gracia”, coinciden los comerciantes.

“Ni nos comprarán pinturas, siempre diciembre es una temporada alta para nosotros, si no habrá dinero para las lucecitas, menos para los botes de pintura”, añade Alejandro Silván.

Unos 2 mil recipientes se los tragó el río, con él, 700 mil pesos que sólo recuperará esforzándose en los próximos 2 años.

Aquí, en estas calles que aún huelen a animales muertos, a verduras podridas y a 20 mil toneladas de cal que vertieron para desinfectar, los del Ejercito Mexicano continúan retirando el dique que se construyó –con costales y arena- para evitar la inundación.

“Ya quitamos más de 500 costales, pero el polvo ya nos mareó” comenta uno de los soldados.

Antes la queja era que el agua estaba en sus pies, hoy que el polvo que se está metiendo en la nariz, en la piel, en los pulmones.

Los comerciantes, los habitantes del Centro, están usando –desde hace 2 días- los cubre-bocas que enviaron de la Secretaría de Salud.  Desde la calle Madero hasta la 27 de febrero. Desde Méndez hasta Zaragoza.

“Cuando íbamos a pensar que andaríamos así, tapados de la boca, como esos de las películas cuando se descubre una epidemia”, precisa Laura, una empleada de la ciudad. Dicho esto se vacunó en un módulo del gobierno de Tabasco.

—Contra el tétano y la influenza — remata.

A las casas musicales el río Grijalva no los perdonó. Les sepultó bocinas, guitarras, pianos de cola, percusiones.

“Este piano (explicó) costaba 400 mil pesos, ya no sirve; algunas cosas las subimos a lo alto pero el río superó los 2 metros de altura”, narra Víctor Canché.

Ivonne Sánchez quisiera pensar en las perdidas. No lo hará: “hacerlo en presionarme más, de lo que debo, de lo que perdí”.

“Perdimos todos, vendíamos perfumes, y las 3 sucursales se inundaron”, reporta Isidro Martínez. A sus pies, durante la limpieza que hizo del local, entre las calles Zaragoza y Pino Suárez, encontró 500 envases de perfume.

—Ninguno sirve.

Los comerciantes quisieran ponerse de pie con prontitud. Pero perdieron hasta las mercancías previstas para la época decembrina.

En las torres de basura hasta los santaclos se ahogaron, lo mismo sucedió con Rodolfo el reno que apareció moribundo en la esquina de la calle Méndez con Constitución.

“Esto es un castigo”, grita un voceador en esta tierra en dónde aún no llegan los diarios nacionales, los mismos que le dieron cobertura total a la inundación de Tabasco.

“Yo perdí 20 mil pesos, todas las revistas se mojaron, ya ni llorar es bueno”, declara una vendedora.

Ayer, después de 200 horas de ausencia, en Villahermosa volvió a llover. No hubo alegría como en la temporada de calor, sólo preocupación.

 

Los libros perdidos y los encontrados

El paraíso, fotode Chacato Zuñiga
El paraíso, fotode Chacato Zuñiga

—¡No me preguntes cómo me llamo! Mejor felicítame porque me encontré estos libros para mis hijos.

Caminó por la calle Madero, lejos de la presencia de los soldados, con 4 libros a cuesta y una botella con agua.

Miró para atrás porque pensó que la venían siguiendo. “Los del Ejercito, dijo, no dejan que recojamos nada de las calles”.

—Pero, ¿qué autores encontraste?

—No sé, aquí hay uno, de un tal Grabiel (sic) García Márquez, para algo servirá.

Nerviosa porque en estas calles está prohibido levantar desechos, sólo hurgó entre los 4 volúmenes que encontró “más adelante”, “allá amontonados”.

Confesó que deseó una enciclopedia: “pero algo es algo, dijo el calvo”.

—¡Ya me voy!

Antes de perderse entre pirámides de basura y avenidas polvorientas, mostró Cien años de Soledad de García Márquez.

Un joven que se acercó a escuchar la conversación, uno de los que cosechó discos de Rigo Tovar entre la basura, agregó que la mejor publicación -del escritor colombiano- es El amor en los tiempos de Cólera|.

—Estudio preparatoria, pero no hay clases- Al decir  esto corrió a otro monumento de basura. Se despidió, sin conocerla, de la señora de los libros apretujados.

Las mujeres que acompañaron a la damnificada, unas que recolectaron espejos y pinturas de labios, se marcharon sin rumbo fijo, probablemente buscando un camino que las condujera a la morada del auxilio.

Algunos de los libros recolectados por desconocidos, en las últimas horas, están apilados en la calle Madero, número 1126.

Aquí, durante 12 días, el río Grijalva devoró los libros de Jorge Priego, el escritor tabasqueño.

Unos 2 mil libros, coleccionado en los últimos 50 años, fueron ejecutados por el lodo y el agua estancada.

—Ya ni llorar es bueno —le dijo Priego a un enésimo amigo que lo visitó para darle el pésame.

Cuando el río regresó a su cauce, el autor de Los Viajes de Arena aceptó la muerte de una buena parte de sus ejemplares. Su colección superaba los 7 mil volúmenes.

Erwin Macario, un amigo de Priego, se colocó un cubrebocas para ayudarlo a desechar lo que el agua ya se había llevado.

Vicente Gómez, otro escritor de Tabasco, lamentó la muerte de los libros.

“Si los hubiera regalado entre sus amigos se hubieran salvado”, comentó.

Porfirio Díaz, el director de la biblioteca José María Pino Suárez, edificó torres de libros que se ahogaron en la inundación.

El río Grijalva sumergió la primera planta del inmueble. 400 horas después de la inundación alguien gritó, como en la lotería, ¡se perdieron los libros!

Empezó el conteo: “perdimos 15 mil libros, es lamentable”.

Algunas portada de libros se asomaron por la colonia Municipal. Era uno más de Márquez, ese de Vivir para Contarla.

 

El olvido de la prensa

Cálido atardecer. Foto de Israel Chacato Zuñiga biss
Cálido atardecer. Foto de Israel Chacato Zuñiga biss

A los damnificados de la universidad ningún reportero los visitó esta semana. Los han visto en televisión, los han escuchado por la radio. Hasta en sus sueños.

Se preguntaron por qué sus historias dejaron de ser noticia, por qué los medios de comunicación se han marchado.

Adelaida Castellanos, una mujer damnificada por el desbordamiento del río Grijalva, explicó  que la inundación siempre presenta un antes y un después.

A su manera, en su pintoresca forma de expresarse, confesó que la inducción le dejó secuelas “aquí adentro”.

De pie, en los pasillos de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT), relató que últimamente durmió poco: “por no decir nada”.

A ella se le ha hecho extraño dormir en salones de clases,  caminar por donde lo hacen -a menudo- los universitarios y pedirles a sus nietos que le “hagan caso” en una casa que no le pertenece.

“La inundación no se olvida, mi casa no sirve, nos llegó el agua hasta la nuca, de eso ya pasaron quince días”. Lo último que dijo tranquila.

Después, lloró. Dijo que esta inundación “jamás” la había vivido”.

Su hija, Miraldelli Castellanos, es la mamá más joven del albergue habilitado en la UJAT. A estas horas comió unos tacos, bebió agua de jamaica y está contando las horas para retornar a la Asunción Castellanos, una colonia devastada por la inundación.

A falta de carriola, porque el río se metió en sus vidas sin darles tregua, trepó a su hija Karen -de un año y dos meses- en un carrito de supermercado.

—Alguien lo trajo hasta aquí y nos ha servido para entretener a la niña —apuntó trémulamente la madre de unos 18 años.

De Asunción Castellanos sólo supo que llegó el presidente Calderón, que repartió dinero, y que no alcanzaron porque nadie les avisó que pondría un pie en “ese lodazal”.

“Los hombres de la casa se fueron hoy a limpiarla”. Miraldelli, como su madre, se sintió extraña viviendo en una universidad, entre pizarrones y carteles que hablan de los programas de estudios.

Ella sólo concluyó  la secundaria. Nunca, lo dijo abiertamente, imaginó que algún día estaría en la UJAT, por lo menos en su papel de damnificada.

A la máxima casas de estudios de Tabasco llegaron, desde que comenzó la contingencia, mujeres luchadoras. Sin blasfemar porque el río intruso fracturó sus casas, improvisaron fregaderos cerca de unas jardineras.

En cubetas lavaron sus ropas, la extendieron sobre los árboles y cuidaron el jabón  que les dieron en sus paquetes de víveres. En pocos días, las familias que albergó esta universidad, en su División Académica de Educación y Artes, regresarán a sus casas.

Las mujeres que terminaron temprano de colgar su ropa, se pusieron a contar la desgracia que inició en las últimas horas de octubre.

—¡La mala hora no duerme! —exclamó Trinidad Cornelio, ama de casa, creyente, comunicadora de lo que vio en la inundación.

Su casita quedó abatida. Dios tuvo piedad  “de que no se cayera”. Cuando el río regrese a su casa, en unos días, la construirá de nuevo en el mismo sitio: calle 8, colonia Casa Blanca II.

Desearía edificarla en otra parte, pero “con qué dinero señor, sólo nos alcanza para medio comer”.

A pesar del desconocimiento en los asuntos hidráulicos, ella resolvió –en un dos por tres- que la inundación de 1999 no se compara “en nada” a la de 2007.

“En el 99 nos fuimos al agua, nos llegó hasta las rodillas, ahora pensamos que sería igual, pero nos fue peor, hasta el cuello”, añadió.

Trinidad Cornelio ha hecho amistades en el albergue de la UJAT, la institución de educación superior más antigua de Tabasco.

Conoció a María Reyes, una habitante de la colonia Las Gaviotas, la más devastada por el desbordamiento del río Grijalva.

La amarga historia de María Reyes comenzó hace 16 días. Es la primera vez que padece los estragos de una inundación. Manuel Andrade les dijo, cuando gobernó el edén, que Gaviotas era la colonia más segura de Villahermosa.

—Se rompió el bordo (dique) y aquí nos tiene esta situación, viviendo en casa ajena, lavando ropa en tambos y viendo el reloj para regresarnos a nuestras casas.

Relató su paso por la primaria, hace 60 años, a propósito de su estancia en la universidad: “no eran estas escuelas grandes, sino muy chiquitas, aquí yo me siento rara, me pierdo entre tantas paredes”.

La vivienda de María, en la calle Luis Jadai 102, necesitará de una “manito de tigre” para echarla a andar.

“El ratero me hará un favor llevándose mis cosas, me dicen algunos que todo se perdió, ojalá y esas ratas me limpien la casa”

Describió cómo un señor de su colonia, cuando el río superó el muro, lloró porque los animalitos de su pesebre y su niño dios los arrastró el Grijalva. “No los volvió a ver, se fueron lejos”.

Las nietas de María escucharon sus palabras. María José Pérez, de once años, entendió sus preocupaciones. Fernanda Guadalupe, de año y meses, no.

“Fernandita cumplirá 2 años el 21 de diciembre. Qué más quisiéramos… no habrá fiesta”….

 

El contraste

El Grijalva en calma, foto de Arquímides Díaz
El Grijalva en calma, foto de Arquímides Díaz

Caminando por los albergues, Margarita Zavala, esposa del presidente Felipe Calderón, tomó en sus brazos a muchos niños que nacieron en los primeros días de la inundación.

Sujetó a Margarita, una niña que nació el 3 de noviembre, y ayudó a otras madres con el cambio de los pañales.

“Me pongo nerviosa al cambiar el pañal”, comentó en voz baja.

En el refugio de Tabasco 2000, a unos pasos del gobierno de la ciudad, la señora Zavala entregó bañeras a todas las madres damnificadas.

“El pañal me lo llevo para que no se haga basura aquí”, sugirió.

Entre otras cosas le dijo a Ana Laura Bruno, mamá de la recién nacida Margarita, que este sábado -17 de noviembre, de 2007- su hijo Juan Pablo cumplirá 5 años, que habrá pastel.

Cuando dijo esto conmemoré las palabras de María Reyes:

“Fernandita cumplirá 2 años el 21 de diciembre. Qué más quisiéramos… no habrá fiesta”….

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Kristian Antonio Cerino (Jalpa de Méndez, Tabasco, 1980) Es licenciado en Comunicación y maestro en Docencia por la UJAT. Ha publicado artículos, crónicas, ensayos, entrevistas prólogos y reseñas en libros y revistas arbitradas. Es premio nacional y estatal de Periodismo en el género de Crónica. Ha publicado crónicas periodísticas, perfiles y entrevistas de semblanzas en revistas como Eme Equis, Liberación, y en sitios web como Animal Político, Lado B, Diez 4, entre otros. Fue finalista del premio Nuevas Plumas que organizó la Universidad de Guadalajara y la Escuela de Periodismo Portátil, 2011. Fue becario en el programa Prensa y Democracia en la Universidad Iberoamericana y en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano que fundó Gabriel García Márquez.