Con motivo de la inusitada y terrible inundación que asoló a Tabasco y principalmente a la ciudad de Villahermosa a finales de octubre y la primera quincena de noviembre del año pasado, que continuó anegando por más tiempo una gran porción de nuestro territorio y de la que todavía no terminamos de recuperarnos —y pasará mucho tiempo para que podamos lograrlo—, oímos y leímos sinnúmero de veces, refiriéndose a la presencia del agua entre nosotros, la última estrofa del poema Cuatro cantos en mi tierra de nuestro inmenso poeta Carlos Pellicer, que a la letra dice: “Agua de Tabasco vengo/ y agua de Tabasco voy./ De agua hermosa es mi abolengo;/ y es por eso que aquí estoy/ dichoso con lo que tengo”.

El continuo aludir al excelso poeta mayor de Tabasco en relación con su lugar de origen al que, un poco en broma y un mucho en serio, no llamaba “su tierra”, sino “su agua”, porque como él mismo lo explica en otro fragmento del poema arriba mencionado, éste es “Más agua que tierra. Aguaje/ para prolongar la sed./ La tierra vive a merced/ del agua que suba o baje”, y en el que más adelante externa: “Con el agua a la rodilla/ vive Tabasco…”, nos trajo a las mientes otros fulgurantes versos, que deberían haber leído y meditado quienes construyeron las famosas presas en el mal llamado “Alto Grijalva”, que reproducimos a continuación y que también aparecen en el antes citado poema, donde recuerda la edad geológica de Tabasco al decir: “Joven terrón cuaternario,/ por tu cuerpo de aluvión/ sangra el verde corazón/ de tu enorme pecho agrario”. Y es que nuestro Tabasco se formó precisamente con el acarreo de los grandes ríos provenientes de las montañas de Guatemala y que atraviesan el vecino estado de Chiapas, del aluvión, pues; y por ello, como el mismo maestro Pellicer expresa en su hermoso poema El canto del Usumacinta: “Ésta es la parte del mundo/ en que el piso se sigue construyendo”, y tan es verdad, que en septiembre de 1932 una impresionante avenida del río Mezcalapa, merced a un “rompido” en el frágil suelo del estado, formó el caudaloso río Samaria, hoy completamente azolvado.

En el inicio de su poema sin nombre escrito en Villahermosa en octubre de 1969, época de creciente en Tabasco, Pellicer describe lo que en esos días había visto: “El agua está en mi tierra,/ como en el cielo, por todas partes.”

Sobre la inundación del centro de Villahermosa en días pasados, es bueno recordar que éste, año con año sufría los embates de las temibles crecientes que se sucedían cada otoño, entre los meses de septiembre y octubre, pero nosotros, que ya no las vivimos o sufrimos, no dábamos crédito a lo que muchas fotografías de los primeros treinta años del siglo XX, sobre todo las de 1929 nos revelaban. Ese anual crecimiento del Grijalva que anegaba la antigua San Juan Bautista, que recuperó su nombre original de Villahermosa en 1916, fue magistralmente cantado por Pellicer en su poema Séptima elegía fechado en 1918, en el que dice: “Y fue allá en Villa-Hermosa, dulce amada del río/ que en los otoños sube para besarla toda…” Y en el otoño de 2007, el río volvió a subir, tal vez más alto que otras veces, para besar toda la Villahermosa de sus viejos amores…

Por último, en el poema en prosa intercalado por el maestro en el discurso que pronunciara con motivo de la inauguración del museo de Tabasco en 1952, al que nos atrevimos a intitular Cantemos el agua, leemos los siguientes párrafos:

“Cantemos el agua, fin de toda desnudez y buenos sustos.”

“Cantemos el agua, oh tabasqueños inundados de pasiones solares y que tenemos la movilidad antediluviana de las iguanas y los toloques…”

Para terminar con estas proféticas palabras:

“Cantemos el agua, porfiada felicidad y tragedia de Tabasco.”

Villahermosa, enero de 2008