Campeche, Campeche.- La hermosura de los colores caribeños-campechanos-peninsulares: morado, naranja amarillo y tono mandarina más el verdiblanco arrecian la delicada mezcla de lo dulce, lo curtido y lo salado de la remolacha y el pepino junto con lo cítrico de la mandarina y la naranja, digno colofón tras beber cuatro victoriosas amargas.

Inesperada y exquisita vianda peninsular saboreada por el bebedor-comensal-botanero resulta la combinación de trocitos de naranja dulce, remolacha o betabel cocida y curtida con limón y aderezada con rodajas de chile habanero y cebolla, gajos de mandarina y cuadritos de pepino preparados de manera similar como la remolacha (o betabel).

Suculentos bocadillos peninsulares para degustar en la senda de la Sed de chela y hambre de botana
Suculentos bocadillos peninsulares para degustar en la senda de la Sed de chela y hambre de botana

El sitio donde se puede hallar tan singular sorpresa, es en el bar La Escondida, sito en uno de los cruces de cinco esquinas, comunes en la ciudad de Campeche, de las calles Ciriaco Vázquez, 14 y 49, cerca del antiguo hospital general Manuel Campos, en el antiguo barrio de Guadalupe.

De entrada, un martes incluye un platito botanero de frijol con puerco acompañado de su cebolla blanca y cilantro picado más su limón agrio “para que amarre”.

A continuación, si así se desea, va la cuchareada de la botana con cascara de chicharrón, ya que sigue la anterior acompañada con pico de gallo, guacamole criollo con limón, pimienta, cebolla, y para no variar, chile habanero, sabor que sobresale en la mezcla; más huevo con chorizo, el infaltable dzikilpak: pepita de calabaza molida mezclada con tomate rojo y chile habanero asado curtido con naranja agria acompañado con sus inevitables tostadas de maíz.

Ser adepto de la senda Sed de chela y hambre de botana tiene sus recompensas, debido a que ante la helada predilecta coquetean más sabores como frijol colado con chorizo refrito, rodajas de salchicha con aderezo de crema de chipotle, ensalada de papa, zanahoria, chile jalapeño curtido más mayonesa; cubitos de papa frita con chorizo, calabaza criolla frita con tomate y cebolla.

Aviso oportuno en la batiente. Foto de Héctor Cobá
Aviso oportuno en la batiente. Foto de Héctor Cobá

No es todo, en el lugar escondido no tan escondido: La Escondida, a sus más de 50 años de existencia, comparte con sus clientes unos muslitos en escabeche, jugosos, sus rebanadas de zanahoria y visibles hojas de sabor, de laurel; otra opción es el suculento pollo pibil, ambas sabrosuras acompañadas de arroz blanco.

Como toda cantina que presuma serlo, la rocola está presente, aparte del paso constante de tríos y grupos norteños. La primera estancia está decorada con un violonchelo que como bufanda tiene un pequeño trozo de sarape, dos ruedas de madera de carreta; tres máquinas de escribir, dos antiguas de hace más de 50 años y una Olivetti portátil mucho “más joven”, resquicios de la historia, abuelas y bisabuelas de las actuales computadoras laptop; en la barra en L pueden estar hasta 15 personas, tras la barra en los estantes reinan infinidad de botellas, vasos y otros aditamentos.

Sábados de pecado. Moronga, higadilla, un par de gorditas tamaño oblea con una salsa de tomate de sabor inigualable y papa con chorizo de botana, sin ser excesivamente salado, se deja acompañar por una amarga de la preferencia de cada quien.

La escondida, en la ciudad de Campeche. Fotos de Héctor Cobá
La escondida, en la ciudad de Campeche. Fotos de Héctor Cobá

XXX: Donde comienza la barra, después de la sección de falos de barro, cerámica y uno que otro consolador sexual. Siguen una mezcolanza de recuerdos de Tabasco, Oaxaca (mezcal de pechuga en garrafas de barro negro), Jalisco, por supuesto de Campeche. Cintas magnéticas donde el personal de Teléfonos de México grababa las conversaciones, junto al pejelagarto. No AMLO. Una “colmillera” completa de un tiburón, de un aproximado de 15 a 25 centímetros. Más mucho más, un caracol parecido al Nautilius, un mini lek barnizado para las tortillas, un cuerno de toro. Un par de tablas para moler especies, una de barro negro y otra de barro blanco o criollo; un cuarteto de planchitas de acero para alisar la ropa con el calor del carbón. Un mini tigrillo disecado, un teléfono de casa con el añejo dial… y para no olvidarse de lo erótico, tipo escultura antigua: un falo de barro y cerca un testículo, perdón, una pelota de golf, así como unos vasitos de una cerveza amarilla coronada, que lo mismo pueden servir para el trago “seco”, el café expreso o un caballito de tequila. Un embudito para medir los tragos de aguardiente. Cocteleras para los preparados… Bueno hasta recuerdos extranjeros de Cuba y de Austria: un llavero con un bongo para las percusiones y un tarro español, que lo mismo sirve de adorno o tomar un café, té o un trago de licor o cerveza.

Asimismo, el reservado que tiene una puerta lateral, sobreviviente de cuando las mujeres no podían entrar a las cantinas; en el reservado sólo podía estar familias, o sea un matrimonio.

Sabores y colores, gastronomía “botaneril” de la senda Sed de chela y hambre de botana, consignados en esta tercera entrega con los atractivos de La Escondida de Campeche, después de El Ejecutivo de Cancún y El Cardenal de Mérida, gracias a la hospitalidad de http://puntodereunion.com.mx.

hectorcobacc@gmail.com

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El cancunense Héctor Cobá estudió la licenciatura en ciencias políticas y administración pública en la Universidad Autónoma de Campeche; actualmente es director editorial de la publicación Panorama Sur (en Cancún) e imparte los cursos de ortografía y redacción, y el de relaciones humanas y trabajo en equipo; tiene más de 27 años dedicados a las labores periodísticas. Ha publicado en las revistas Tierra Adentro, Fronteras. Revista de diálogo cultural entre las fronteras de México ambas del Conaculta, y en El Acordeón (revista de cultura de la Universidad Pedagógica Nacional); fue editor de Entre Letras, órgano informativo de la sociedad artística y literaria de Campeche y corresponsal de la revista cultural Generación, en Campeche.