Nos dice tu hermana Rochy que saliste de viaje, Charito.

Tempranito por la mañana.

Con tus cuadernos de poesía bajo el brazo.

Te imagino como aquella madrugada de la última fiesta en la que estuvimos juntas.

Peleamos como tigras el micrófono para que cantaras boleros.

Después, te vi alejarte por nuestra calle en Villa, entre la neblina, rumbo a tu casa.

Junto a ti caminaban un jaguarcito y un lagarto.

Cantidad de iguanas de colores.

 

No invento.

Tengo muy clara la memoria de esa escena.

Te alejaste como ahora, en la madrugada.

Protegida por los animalitos de Tabasco.

Mi poeta, ¿hacia dónde fuiste esta vez?

Mi querida guardadora de nuestra laguna.

De nuestro cielo y de nuestras garzas.

Teníamos esa responsabilidad compartida: velar la tormenta desde nuestros faros.

Allá.

En la ciudad de las calles que se inundan.

Pienso en ti y siento lo que era tan tuyo: tu risa, tu buen humor, tu bondad, tu creatividad, tu rebeldía, esa mirada con su sello de nostalgia.

Una cierta melancolía

Casi secreta.

 

Se me cuelga del corazón tu nostalgia.

Tu escritura.

Y lo que sucede es irreal.

Me lo dicen y no lo creo.

 

Hoy, lo único real y verdadero, es esa imagen tuya caminando rodeada de animalitos.

Después de la bohemia.

Te cuido tu laguna, Charito.

Cuido nuestras memorias compartidas.

Nuestras zapateadas por Tabasco, reporteando.

Jóvenes, aprendices, soñadoras, ingenuas, bien mensas.

Bien despeinadas en aras del futuro.

Salúdame a nuestros compañeros de entonces, Charito: a Lilia, a Toto, a Alberto, a Bartolo.

Miro el jardín del Avance Tabasco.

Nuestras máquinas de escribir bien carcachas.

Los arcos en la entrada.

Estamos juntos de nuevo.

Nadie –aún-  se ha ido hacia ningún lado.

Toto nos regaña.

Nos quiere mandar a cubrir la fuente del señor obispo, porque somos mujeres.

Yo voy a hacer la revolución. Algo así era lo tuyo.

¿Y qué tiene que ver que yo sea mujer? ¿A ver, a ver? Algo así era lo mío.

Revolución, mataba feminismos.

Y claro, me dejaban a mí la fuente del señor obispo.

Yo tenía que ir a corretear detrás del oligarca de almas.

Y tú te reías a carcajadas de mi desgracia.

Mientras tarareabas a Silvio Rodríguez.

 

Te escribo e intento hacer como que creo lo que me dicen.

Pero –¿Sabes, Charito?

No hay en mí posibilidad alguna de creerlo.

No hoy, mi poeta querida.

Quizá un amanecer de estos.

Quizá con el tiempo.

Quizá un día frente a nuestra laguna.

Ahora pasan demasiadas cosas inimaginables y absurdas.

Tan irreales como la tierra que tiembla.

Como que esta mañana bajamos corriendo –otra vez- las escaleras.

Como eso que me dicen de tu ausencia.

Sobre todo eso: tu ausencia.

–¿Viajaste a Cuba?

Es muy probable.

El malecón de La Habana.

Lo que amamos, lo que nos marca, nuestro tatuaje es el agua.

Te abrazo, queridísima mía.

Mira las olas.

Hasta prontito.

Va una que te gusta.

Y que te queda.

Completita.

 

Texto de María Teresa Priego-Broca leído durante el homenae amistoso de cuerpo presente que se ofreció a la poeta tabasqueña durante su último adiós, que fue publicado por Priego-Broca en sus redes sociales.