Nunca hay mal que dure más de cien años, reza el refrán que me viene a la mente después de leer los altibajos de las vidas de los personajes de la novela Con un profundo sabor a cacao, que me mantuvieron atenta a cada página, siempre con la esperanza de que se resolvieran sus sufrimientos.

     Ruth Pérez Aguirre demuestra la habilidad de su pluma atrapándonos en el mundo de sus personajes, con temperamentos bien definidos, congruentes con su tiempo y su problemática. Maneja con claridad e inteligencia las ideas que viven y fluyen entre los personajes y sus relaciones, a través de un lenguaje fluido, ad hoc a la época en que transcurre la historia. La desesperanza, el resentimiento y la amargura, cubiertas con un paño de esperanza, son el leitmotiv, o elemento recurrente de esta obra que también es un testimonio histórico de algunos aspectos de la vida en Tabasco, la tierra que mana cacao.

     La protagonista se embarca en un cuasi monólogo de principio a fin, uno extendido pero bien estructurado, interrumpido por los comentarios de sus oyentes, en el que nos describe una postal de su época, un Tabasco no muy lejano, pero aislado de las modernidades. En este retrato figura el machismo y las costumbres de antaño en las que el honor mancillado era una lápida mortuoria para las personas que no tenían mayor visión del mundo que la de su entorno cercano y las novelas o revistas que llegaban a su pueblo.

     La realidad se encarna con la fantasía en las líneas que Ruth Pérez Aguirre escribe para conducirnos por la vida ficticia de María Raquel, la protagonista que nos da a conocer las privaciones de una familia que lo tenía todo, y que a la muerte del padre, inertes, se dejan conducir por la actitud de una madre que pasa por encima de sus vidas convirtiendo a las hijas en su servidumbre y fuente de ingresos. Dicho abuso es retratado como egoísmo por la protagonista a través de las revelaciones que hace a sus confidentes. En ellas descubrimos su personalidad llena de vida y de humor que logra suavizar, por algunos instantes, la vida tétrica que deben enfrentar ella y sus hermanos y que les ha llenado el alma de amargura y de un profundo sabor a cacao.

     Los pesares y tropiezos de la familia, azotada constantemente por el infortunio, por bromas macabras del destino, y en ocasiones por castigos divinos, se convierten en algo llevadero gracias al tono confidente y dialógico que establece María Raquel con el sacerdote Rafael y las monjas Angelina y Juliana, a quienes confiesa la tortura a la que han sido sometidas ella y sus hermanas, y su hermano, echado a perder, por una madre monstruosa, una que es la imagen opuesta de la madre abnegada y dispuesta a dar la vida por sus hijos, una que declara inmadura, ignorante, y de la que se burla, en un reflejo de defensa.

     Ruth Pérez nos introduce al mundo amargo que la protagonista sufre pero del que, aunque llore y se rebele, siempre sobrevive con su espíritu intacto. El pan y el chocolate acompañan a este universo en el que bien podríamos, usted y yo, estar sentados a la mesa departiendo los sinsabores de esa familia, dueña en el pasado, del antiguo rancho llamado Las hortensias.

    Felicito a la autora por el trabajo que ha realizado al escribir esta novela, y los invito a leerla frente a una taza caliente de espumeante chocolate.