Sí, para escribir un libro científico el autor ha de haber estudiado, escudriñado muchísimo, el tema; sí, quien escribe cuentos ha de ser especialmente fantasioso y genial; sí, los poemas deben tener autores con almas vibrátiles, intensas e imaginativas. Pero, ¡escribir novela supera todo eso!

Supera todo eso porque una novela puede entretener, como los cuentos, instruir para la vida, como los tratados. La novela sacude, estremece de dolor y también puede alcanzar el éxtasis sensible del poema extenso. El novelista piensa, estudia a los seres, inventa personajes a los que describe, califica, ¡viste y desnuda de cuerpos y almas!

Y, por si fuera poco: ¡vive, goza, sufre y muere en cada uno de ellos! Se siente vil al envilecerlos y se sublima al dignificarlos.

 El novelista, mientras realiza su obra, puede ser el mayor de los malvados envileciendo su propia alma, o el héroe que engrandece la historia engrandeciendo su propia alma. Le atormentan los varios defectos y errores de perversos y débiles de espíritu, los dolores y angustias que enfermos y víctimas padecen. Ha sentido la energía positiva de algún personaje que le hizo reír, ennoblecer su alma, sacrificarse por amor a alguien o por algún ideal.

Y hablo por experiencia. Quien escribe una novela, baja con Dante a los infiernos, se desespera en los esfuerzos fallidos con Sísifo, se lamenta dolorosamente con Prometeo, por el nunca obtenido logro de ver la superación de nuestra especie.

Más, al fin y al cabo, al finalizar la historia que ha contado, el novelista puede —si es un ser con dignidad-, sin presunción alguna pero también sin falsa modestia, con toda su verdad de ser auténtico, agradecer a Dios por el talento que le ha otorgado. Y puede considerarse, en toda la extensión de la palabra, un Creador. Ruth Pérez Aguirre lo ha reiterado ahora: Con un profundo sabor a cacao.

Todos sabemos esto: cada vida es una gran novela. Algunos son tiernas, dulces, interesantes, medio duras y medio alegres, etc.; otras, son agrias, tenebrosas, amargas, latigantes. Pero son: vidas ejemplares, cuya historia pueda servir de guía para beneficio de alguien, aquellas en las que el personaje o los personajes, hayan demostrado sus valores como seres humanos de bien, y establecido que, aunque es más fácil bajar, dejarse caer, derrumbarse, también es posible esforzarse, sacar de sus almas valor para no hundirse en el mal, sea este mal, fruto de la perversidad o del dolor profundo. Héroes y santos lo han demostrado. Muchos —lo demostramos cada día- lo digo con toda modestia.

Si algo es incisivo en la novela Con un profundo sabor a cacao, es el ambiente, la rutina, los prejuicios y el ánimo estrecho que suele señorear en las poblaciones pequeñas, provincianas donde el patriarcado o el matriarcado son notorios.

Tras haber vivido toda mi infancia y juventud en la provincia de Tabasco, esta novela me hizo revivir esos tiempos, los ires y venires de familias, personas y reputaciones. Como decía el inolvidable licenciado Jesús Sibilla Zurita: un Tabasco con sus alegrías y a veces con sus grandes tragedias.

Resumen del texto escrito por Sheila Dorantes  de Monterde para la presentación de la novela.

 

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Sheila Dorantes de Monterde nació en Agua Dulce, Veracruz, el 1 de noviembre de 1934 y radica en Tabasco desde los seis años. Es pintora y escritora, Se inicia en la literatura a los 45 años en el primer taller literario que se ofrece en Tabasco en 1979 –formación que interrumpe-, y a los 55 se inicia en los oficios de la pintura en la Casa de Artes de Tabasco al tiempo que retoma su formación literaria, publicaría su primer libro tras una larga formación en talleres literarios locales a los 77 años. En 2011 publica su primera novela La princesa de la luna, impresa bajo el sello de la UJAT y en 2014 publica su segundo relato extenso Un extraño regalo, bajo el sello del Instituto Estatal de Cultura de Tabasco (IEC). En el campo de las artes visuales es pintora con larga trayectoria en su terruño donde ha presentado 23 exposiciones individuales y un sinfín de exhibiciones colectivas. Cursó de manera formal los cuatro años del taller de pintura de la Casa de Arte de Tabasco, en la zona cultural CICOM y, si bien participa poco o casi nada en los concursos y bienales, en 1983 obtiene el primer lugar de pintura dentro del concurso estatal que convoca el Gobierno del Estado con motivo de la Feria Tabasco.