La dueña del saloncito de belleza vio que no había clientela. Era lunes, las tres de la tarde y tenía hambre.

            ―Ahí te encargo, Panchita ―le dice a una joven casi adolescente que le ayuda―. Si viniera alguien, ya sabes: lo que quiera y como quiera, ‘el cliente siempre manda’ es nuestro lema. Nadie debe irse sin ser atendido. No vamos a tardar, así que tú sólo entretén a quien venga mientras regresamos. ―Se fue con las otras dos empleadas a la fonda de la esquina, segura de que nadie llegaría antes de las cuatro. Siempre era así.

Anahita Ávalos, fotógrafa francesa
Anahita Ávalos, fotógrafa francesa

            Panchita, recién admitida como aprendiz y bastante tímida,  siguió lavando peines y cepillos.

         Minutos después llega una mujer de edad madura, espesa cabellera hasta los hombros, bien vestida y muy alhajada. Más que sentarse se derrumba en la butaca frente al espejo. Bosteza ruidosamente y le ordena con brusquedad a la empleadita:

            ―Niña, me urge que me atiendan. ―y extendiéndole un recorte de revista agrega―: Córtame el cabello así, lo necesito para este calor  insoportable.

            Le gustaba sentirse juvenil y el original peinado de Alejandra Guzmán, con sus cortísimos mechones parados, le agradaba.

            Panchita no pudo tomar el papel con la rapidez necesaria y éste revolotea un poco en el aire al caer. La fiera mirada de la clienta pone más nerviosa a la muchacha, que lo levanta y lo pone sobre la mesita auxiliar repleta de peines, lacas, tijeras y tenazas. Realmente ―se dice, sorprendida por los gustos de esa señora—  el corte que desea es ideal para el verano. ¡Pero, a su edad…!

            — ¿Lo va a querer igualito, señora? —logra pronunciar entre dudas y temores la chica.

            ― Estás alelada muchacha. ¡Eres idiota o qué! ¡Te dije que me urge, estúpida! ―le grita despótica la mujer.

            La joven, preocupada, trata de advertirle que ella todavía no es estilista y dice con voz muy débil:

            — ¿No podría usted esperar un poquito hasta que…—la mujer no le permite continuar.

            — ¡Deja de perder el tiempo! —Le grita—, ¡Comienza ya, caramba! Tienes media hora para terminar. No es nada difícil —A continuación bosteza más ampliamente; está perdiendo su siesta y se ha puesto de muy mal humor. Aún agrega—: ¡Me pones bastante ‘gel’!,  ¿oiste?

            Panchita, a punto de llanto por el regaño, con todo y sus inseguridades, recordó perfectamente lo dicho por la patrona antes de irse: “el cliente siempre manda”. Sin esperar más da comienzo al trabajo.

             Humedece el cabello con el rociador y masajea el cráneo, como lo ha visto hacer a las peinadoras. Deseando que las otras regresen pronto para sacarla del apuro, realiza todos aquellos movimientos lentamente. Con tantas sobadas al cuero cabelludo, lo que consiguió en sólo cinco minutos fue hacer roncar a la mujer.

            Quince minutos más tarde, cansada de manosearle el pelo  a la exigente clienta para dar tiempo a que la jefa llegara, haciendo “corazón de tripas”, decide no esperar más. Pone a la obra sus manos temblorosas porque como ya le habían dicho: ‘órdenes son órdenes’.

            ― ¡Señora, señora! Se le va a hacer tarde Ya acabé su arreglo. —Tratando  de despertarla le mueve el brazo con gentileza. Le tiene miedo, pero ha visto el reloj y ya es la media hora que le dio de plazo para terminar. Quizá le ofrezca una propina. Pero aquella sólo emite un  profundo ronquido y no despierta; tiene el sueño pesado.

            Panchita toma el recorte, pensando devolvérselo a la mujer cuando le pague.

            — Me quedó bastante bien…—comenta en voz baja mientras compara la foto con su trabajo. ¿Por qué habrá querido que le pusiera mucho ‘gel’? ¡Le quedó la cabeza como casco!

             Le da vuelta para mira el reverso: Alejandra Guzmán, con sus cortos mechones engomados le sonríe ampliamente. ¡Cuánto ‘gel’ habrán usado con ella!, piensa Panchita.

            Tras ese pensamiento, comprende que está en peligro. ¡Las piernas casi se le doblan del susto! Deja caer el papel y huye de ahí con el pavor reflejado en el rostro:

            Desde el piso también sonríen el guapísimo Yul Brinner, el rudo Koyak y Bruce Willis, con sus cabezas rapadas ‘al cero’, y a quienes ella, por ‘un pequeño error’ —la señora nunca pronunció el nombre de Alejandra— había tomado como modelos para realizar su primer corte de cabello.

*28 de junio del 2006

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Sheila Dorantes de Monterde nació en Agua Dulce, Veracruz, el 1 de noviembre de 1934 y radica en Tabasco desde los seis años. Es pintora y escritora, Se inicia en la literatura a los 45 años en el primer taller literario que se ofrece en Tabasco en 1979 –formación que interrumpe-, y a los 55 se inicia en los oficios de la pintura en la Casa de Artes de Tabasco al tiempo que retoma su formación literaria, publicaría su primer libro tras una larga formación en talleres literarios locales a los 77 años. En 2011 publica su primera novela La princesa de la luna, impresa bajo el sello de la UJAT y en 2014 publica su segundo relato extenso Un extraño regalo, bajo el sello del Instituto Estatal de Cultura de Tabasco (IEC). En el campo de las artes visuales es pintora con larga trayectoria en su terruño donde ha presentado 23 exposiciones individuales y un sinfín de exhibiciones colectivas. Cursó de manera formal los cuatro años del taller de pintura de la Casa de Arte de Tabasco, en la zona cultural CICOM y, si bien participa poco o casi nada en los concursos y bienales, en 1983 obtiene el primer lugar de pintura dentro del concurso estatal que convoca el Gobierno del Estado con motivo de la Feria Tabasco.