La emancipación de la industria de cosméticos e higiene personal con ideología ecoverde, ha recobrado gran interés en los últimos años en un sector más o menos amplio de la sociedad, en particular, en la generación de mujeres y hombres adultos jóvenes y partidarios de movimientos “Eco”, “Sostenibles” y minimalistas.

En el mercado de consumo pueden encontrarse productos como: maquillaje orgánico, toallas sanitarias biodegradables, cepillos de bambú, shampus y jabones biodegradables, copas menstruales, pastas dentales, desodorantes herbales, por mencionar algunos de una larga lista de artículos.

Temas como: sembrar la luna, Parabenes y cáncer,  oler rico y fresco aún con “pelos en la axila”, se han convertido en verdaderos debates donde la emancipación es sólo un ilusionismo de mercadotecnia creada por el mercado de consumo.

La “vida en verde” no sólo esta asociado al cambio climático y a la disminución del dióxido de carbono y el consumo de productos hechos a base de petróleo al que se le ha atribuido la causa de muchos cánceres en el mundo.

Adoptar esta “vida en verde” supone voltear a ver el estilo de vida en el que estamos montados, darnos cuenta de que somos muchos y que este consumismo “contranátura” es cada vez más insostenible por lo que también invita a frenar el consumo, vivir con menos, enraizarnos en los lugares que vivimos, anclando nuestra vida en el entorno local.

Lo cierto es que, en la práctica, este “estilo de vida” coquetea con las mismas prácticas de consumo “contaminantes” que critica para poder competir con la comodidad consumista alcanzada que la sociedad no está dispuesta a perder, aumentando con ello el nihilismo en las personas que lo practican y lo promocionan.

Si aplicamos as 6 “R”, veremos que están muy lejos de serlo

Los principios para “enverdecerse” son seis y les llaman las 6 “R”: Revalorizar, Reestructurar, Reducir, Reutilizar, Reciclar y Redistribuir. Desde esta perspectiva, si aplicamos estos principios a todos los productos cosméticos y de higiene que se comercializan en el mercado bajo el concepto de ser amables con el planeta y saludables a nuestro organismo, veremos que están muy lejos de serlo.

Podemos observar en primer lugar que los productos verdes necesariamente tienen una vida corta si es que son naturales, y esto, pondría en riesgo su calidad para el consumidor si pensamos en el lugar que se elabora y el tiempo que tarde en llegar hasta él. Por otro lado, al repensar en las etiquetas, envolturas y envases necesarios para sus contenidos podemos percatarnos de su vínculo indispensable con los productos fósiles: los plásticos.

Y nos damos cuenta, entonces, que un producto “verde” cuando llega al consumidor desde más allá de 100 kilómetros de su habitad ha dejado una huella ecológica tan onda como cualquier otro producto. Entendiendo como huella ecológica la superficie del planeta tierra que se ve comprometida para producir,  asimilar y entregar al ciudadano medio para su consumo.

La salud, fundamentalmente la prevención de cáncer y otros padecimientos que se consideran son los principales causantes de muerte en el mundo, reforzaron el auge de los cosméticos y productos de higiene “verdes”. Los productores de artículos “verde” argumentan que el contenido de los productos hechos a base de petrolatos y otras sustancias sintéticas contienen -por ejemplo-, parabenos que afectan las hormonas, ftalatos tóxicos que alteran el sistema reproductivo, que las fragancias artificiales provocan alergias, y más aún, que los formaldehído genotoxico y pesticidas como el triclosan y cualquier otro producto secundario de la refinación del petróleo están íntimamente relacionados con diversos tipos de cáncer.

A esas preocupaciones de salud se sumaron los grupos ecologistas que aportaron evidencias de cómo el consumismo “de confort” es el responsable número uno del maltrato animal, de toneladas de toallas higiénicas que -al igual que los pañales de bebé-, tardan años en descomponerse, y al hacerlo, se filtran a los mantos acuíferos, contaminando las fuentes de agua de consumo humano.

Se creó así una red de información e intereses que incitó a un movimiento social para el uso y prácticas saludables y amables con el planeta. Un “movimiento” que generó un diccionario de términos, directorios de proveedores de productos orgánicos con sus respectivos sellos de certificación (por cierto creados y controlados por los grandes corporativos en temas alimentarios) y todo un mercado alternativo.

Retomar los principios para una emancipación coherente

Entonces, ¿por dónde empezar si quiero verdaderamente tener una relación consiente con el uso de cosméticos y productos de higiene personal y empezar a hablar de una re-significación del término emanciparse de la industria cosmética?

Tal vez los siguientes términos aporten luces:

Por “ECO” se refiere a un producto o provisión obtenida mediante sistemas agrícolas ecológicos. Es una tendencia a producir por medios naturales sin utilizar productos químicos para que el resultado este libre -por ejemplo- de pesticidas, herbicidas químicos, hormonas de crecimiento o fertilizantes artificiales.

Un proceso “SUSTENTABLE O SOSTENIBLE” es aquel que se puede mantenerse en el tiempo por sí mismo, sin ayuda exterior y sin que se produzca la escasez de los recursos existentes.

En esencia se denomina “ORGÁNICO” aquello que para su producción se han utilizado los recursos del propio lugar. Lo que el sistema de mercado no dice es que, si a un producto lo saco de su habitad y no completa el ciclo de vida ahí mismo deja de ser orgánico, de lo contrario, no se podría justificar que un producto orgánico viaje miles de kilómetros para su consumo y no vuelva a la tierra donde salió, convirtiéndose en una práctica tácita de explotación.

El término “NATURAL” se asigna a lo que en su composición está compuesto, en un porcentaje superior al 90 %, por materias primas de origen vegetal o mineral, nunca animal. No deben contener sustancias dañinas para la piel ni para la salud incluyendo también las materias primas naturales que puedan ser irritantes, tóxicas o peligrosas.

A partir de lo anterior, lo más cercano a una emancipación ecológica sería: producto preparado en casa, con materias primas locales, usando productos vegetales y minerales de uso cotidiano, en contenedores reutilizables y reciclables, que cumplan un ciclo de producción, uso y consumo dentro del habitad del consumidor e inocuo para el consumidor, producido en función de su uso real y no de la demanda ni expectativas de mercado. Sin duda un gran reto, no imposible -claro está- y necesario.

Y como debo comenzar en alguna parte voy pues a dejar que los vellos pueblen mis axilas (para una sudoración más orgánica), y mitigar sus humores con limón, bicarbonato, aceite de coco o roció de agua de alumbre, convertiré mi cuerpo en una ensalada gourmet proteica (por aquello de mis carnes), cubierta de hojas y cáscaras para refrescar, usaré vinagre y sal para desinfectar, aceites para suavizar y clara de huevo para reafirmar. Teniendo claro que en el mercado de consumo el cliente tiene la última palabra.