Breve muestra poética de

Ramón Galguera Noverola

 

 

Perdido de encontrarme

Te estás allí

con la sonrisa siempre de perfil,

dándole vueltas a una idea terca,

a un propósito sin sentido,

con una mosca que se te mete

por los ojos

y habla del pudridero

que es el mundo.

 

Estás perdido de encontrarte

todas las noches,

a cada minuto.

Estás perdido y no sabes,

y no quieres llorar,

y no podrías llorar,

quitarte esa sonrisa

de ínfimo girasol

crecido entre la noche.

 

Vengo a buscarte

para que me digas:

en qué profundas naves

exiliaste a la tarde?

 

Se estremecen los muros,

ensordecen, como las amapolas

y como los vidrios

de todas las ventanas apedreadas,

esos timbales epilépticos.

En qué profundas naves

exiliaste la tarde?

Y nada dices

y un trago se te mete

como río de blasfemias,

porque no sabes, no quieres,

no podrías llorar.

 

A veces te digo

que allá, afuera,

en el arroyo de la calle,

un niño está viéndole a los ángeles

sonrisas como pájaros de harina;

que es mejor caminar,

caminar largo, sin rumbo fijo,

mejor que estar aquí

sacándole los ojos a la noche,

escupiendo hacia dentro

con el asco indistinto

de estar vivo o estar muerto,

pero no sabes más que estar aquí

hurgando basureros pestilentes,

aguardando la derrota total, definitiva.

 

Cada vez se te asfixia

más la aurora y yo te digo:

Ramón Galguera, buceador de nieblas,

amargo capitán de un barco ebrio,

mata si quieres pero no te quedes

con ese proyectil entre los ojos.

No, no vendrán aquí,

tendrás que irte,

debers buscar como se busca el sueño:

cansándole los pasos al desierto

de ser flecha de insomnio,

navegante nocturno;

pero sé bien que no vas a dar un paso:

te quedarás aquí, inamovible

como una fecha histórica,

con el asco indistinto

de estar vivo o estar muerto.

 

Tomado de la revista digital Círculo de poesía

 

 

De Examen de primer grado

 

Poema de la tristeza

 

He nacido con algo

a piedra de sacrificios,

con una sed oscura

de ánforas olvidadas

que sólo aposentaron

la quietud y la sombra

 

Una noche de marzo

dialogué con la muerte

entre un silencio piedra

de pájaro sin vuelo,

entre mares de sueño

y esfuminos de olvido.

 

Ay, una pena limpia

de rosales sin rosa;

ay, un silencio claro

de surtidor sin agua;

ay, un color sin vida

de palabras sin sangre.

 

Ser triste tiene un poco

de besar la muerte,

vive un vivir sin vida

sobre fríos metales.

Estar triste es ser algo

de paloma sin alas.

 

Qué verdes tan a negro,

qué azules tan a grises,

ni la voz amarilla

de los pájaros música,

ni la flauta dorada

en el oro del día.

 

Estar triste es ser lágrima

derramada en la sombra,

es ser ojos volcados

a las simas internas

es ser algo a manera

de ventana cerrada.

Ser triste tiene un poco

de besar a la muerte

entre un silencio piedra

de pájaros sin vuelo,

entre mares de sueño

y esfuminos de olvido.

 

 

La noche y mi madre

 

Estoy en el rincón

más oscuro del tiempo,

fastidiado en la danza

de las voces alternas,

con el matiz opaco

de marfiles ancianos,

en la quietud serena

de recordar historias.

 

Pero mi madre, múltiple

como el pan y los peces,

que tiene una sonrisa

de ángel crucificado

y unos ojos tan tristes

-negra Semana Santa

sin Sábado de Gloria-,

vive una flor de menta

junto al valle de sombras.

 

Frente a la luz cruzada

de la imagen inválida,

con el aire sonoro

que hay en sus oraciones,

y sus dedos tan finos

de hojear viejos misales,

sintoniza los vientos

de un otoño empastado.

 

Desde que tengo el sueño

perforado de angustias,

lleva un ramo en los párpados

de jacintos inmóviles

y aguarda, con las manos

inseguras y avaras,

que caiga la corola

rubia de maravilla.

 

Madre, la noche pronto

guardará silenciosa

sus tocados de viuda;

florecerá el milagro.

Madre, vendrá la niña,

“la de rosados dedos”,

agitando en las manos

la sonaja del día.

 

En voz baja

 

En voz baja te digo

que ha llegado, por fin,

la negra lluvia;

que estamos con las flores

del pantano sobre los hombros,

aplastados por una espesa fetidez

como de vertederos antiguos.

 

Te aseguro que,

en el lácteo rebozo

de la madrugada,

se esconde un frío deleite

de puñales vengativos

y que, junto a la puerta del bar,

nos aguarda una horrible sonrisa

de niño ametrallado

y una mirada, a taladrantes luces,

como de cuchillos nuevos.

 

Estamos cercados por el odio

y la rabia de un ayer mentiroso;

es necesario que los planes surjan

entre voces apagadas

de terciopelos viejos

y frías claridades de menta.

 

Esta será una lucha

de almas en alto

y nieblas desgarradas.

 

Mientras ladran los perros

y la música de jazz

corroe las entrañas

lo mismo que un ácido,

fuerza creer

en el caos inevitable;

necesitamos esperarle

con las mandíbulas apretadas

y las manos violentas,

con la seguridad de la sangre

y el espasmo agónico,

con la oscuridad del gusano

y las frías rutas de la sierpe.

 

Aquí, tú y yo, unidos,

apretados y valientes,

con las pupilas turbias

y los labios rabiosos.

 

 

El Hijo de la Diosa Verde

 

El Hijo de la Diosa Verde

tiene las pupilas de niebla,

las manos amarillas

y los labios morados,

casi negros.

 

Dos puñales de sombra

en el límite superior

de la mirada

y, sobre la espalda,

un tablero de ajedrez

donde pone “jaque mate”

a la vida ordinaria,

con el ingenuo caballito

de madera de sus refinamientos.

 

¿Modelaron su cuerpo

con la arcilla luminosa

de las estrellas?…

 

¿Es una cinta alegre

que se cayó de la luna?

 

Pero la voz fragmentada

-como de acordeón-

galopa sobre el potro

de las imaginaciones febriles

ay, el ferrocarril con alas;

ay, el avión subterráneo

y al fin, el monstruo,

el monstruo que se alimenta

con la sangre de las doncellas

y la carne de magnolia

de los niños recién nacidos.

 

Cuando la madrugada,

El Hijo de la Diosa Verde

camina por los tejados

azules de la luna,

como sobre asfaltado

de algodones.

Sueña cazar estrellas

con un papamoscas.

 

Lleva un hervidero de luciérnagas

en el cerebro

y una sinfonía de grillos

donde los oídos,

por eso las membranas del tímpano

solo percibe los sonidos en Mi.

Ay, pero las calles angostas,

“como escaleras que se hunden”.

Los faroles con sus globos

de vidrio esmerilado,

redondos, blancos,

gigantescos caramelos

para “la navidad del niño pobre”.

 

Ay, el Hijo de la Diosa Verde

tiene de pasta el lirio

de la garganta frágil

y exhaustos los veneros

en el rojo desierto de la boca.

 

La niña de las pupilas en fuga

 

Era la casa,

un ojo pútrido;

la calle,

un río de pus

y algas marinas

en descomposición.

 

Estaba allí,

La Niña de las Pupilas en Fuga,

mirándose las vísceras contaminadas,

la sangre negra,

el arroyo sucio de los cabellos,

el luto redondo en los ojos

y las gaviotas tuberculosas

de sus manos.

 

Estaba allí,

cantándole al recuerdo

con los labios de la desesperación,

con las mandíbulas apretadas

de los perros hambrientos.

 

Estaba allí,

con el vestido astroso,

mirándose entre una nube

de incienso,

repitiendo la inútil canción

de todo lo que no pudo ser.

 

Estaba allí,

La Niña de las Pupilas en Fuga,

con las manos huesudas,

acariciando el Cristo

que le pendía del cuello…

nada más.

 

Estaba allí,

aguardando la lotería cotidiana

que llega cuando las manos

sulfurosas de la madrugada,

entre violentas sacudidas

de acentos escalofriados

y garras epilépticas.

 

 

 

De Solar de soledades (1964)

 

Mejor la sombra

¿Y para qué la luz,

sus tulipanes de gritada feria,

su voz multiplicada en los espejos,

por ecos infinitos reflejada?

¿Y para qué la luz

con su mirada de loca

en la garganta del coyote herido?

 

Yo no quiero la luz,

que la asesinen

de un solo golpe de puñal, tan cierto,

que así tenga la muerte de más muerte.

¡Que asesinen la luz

o la encadenen para siempre!

 

¡Que apaguen las ventanas,

que amordacen las puertas

para tener el hondo regazo de la sombra!

 

Mejor en la tiniebla fértil de la semilla

abriéndose un costado para instalar el árbol;

mejor el más negro agujero

buscándole el abrazo al signo en que nacimos,

seguros del barro natural y opaco;

mejor allí donde las lentejuelas olvidaron

sus agudas trompetas para aturdir al mundo.

 

 

Elegía por la muerte de los pájaros

 

De improviso, los pájaros,

todos los pájaros se ahogaron.

Dañaba frío vidrio de ausencias

ver sus cadáveres

-de flor nostálgica-

discurriendo, flotando

sobre un río largo y fosforescente.

 

Yo me decía con ajena voz,

como salida  del rincón más oscuro

de la bohardilla más sórdida:

no puede ser,

mientras el viento, grave y redondo,

húmedo y gris

-contacto de una mano sudorosa-

latía los asfixiantes

minutos del drama.

 

No puede ser,

me decía con una voz

sofocada, subterránea

y titubeante,

sacudida de calosfríos.

No podía ser

y era, sin embargo, cierto,

con una certeza brutal

y tajante

de espada vengadora:

sucedió que de improviso

los pájaros,

todos los pájaros se ahogaron.

 

 

Andanzas del nocturno viento

 

Toda la noche el viento

buscó, por los aleros,

huellas de algún crimen horrendo;

se esforzaba por encontrar

ese indicio clave

tan caro a las investigaciones policíacas;

introducía el ávido olfato de sabueso

hasta en las minúsculas cicatrices

de las puertas y de los muros.

 

A lo largo de la calzada

-amarillenta y rígida como un cadáver-

iba, con meticulosa curiosidad,

investigando la procedencia

de los papeles transeúntes;

palpaba, con sistemático interés,

cada desgaste, cada prominencia

en las aceras y en el pavimento.

 

Parecía detenerse en el umbral

de cada esquina, para tomar aliento,

y, poco después, introducía

sus infantiles bálsamos

-en los ojos vaciados de las ventanas abiertas-

arrastrando su lengua de listón desintegrado

por entre los pliegues de las cortinas.

 

Hundió los elásticos dedos

al través de la alfombra,

palpando cada arruga,

cada irregularidad del tejido;

revoloteó en el cesto de las palabras inútiles

-las cartas y los poemas desechados-

y se detuvo, frente a la rosa de papel de china,

asaeteado de sospechas.

 

Toda la noche el viento

anduvo tras la pista

de algún crimen horrendo;

lo sentí lleno de preocupada indagación,

resbalando sus agujas

de suspirada menta

sobre mi piel, debajo de las ropas,

en repetidos escarceos,

como obedeciendo alternas

marejadas de duda.

 

Le oí murmurar, en tono grave

de reflexiones recónditas,

junto al árbol seco,

torturado por un mal

interno y progresivo;

junto al árbol donde se toca el ardiente

caos de la savia desorientada,

culpable de ineficacia.

 

Estuvo danzando, confusamente,

sobre mi cabeza,

igual que sobre la superficie

de un espejo empañado

y alzó sus espirales de algodón mojado

más allá de las nubes.

 

Toda la noche

-bajo un cielo de violáceas putrefacciones,

contaminado por una luna de almanaque,

de barata litografía-

el viento anduvo la ciudad

tras las huellas de algún crimen horrendo.

 

 

Cuando la madrugada

los pájaros le vieron

tomar la fácil ruta de los campos,

iba fatigado, mohino,

repitiéndose a sí mismo: nada, nada.

 


 

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Ramón Galguera Noverola nació en San Juan Bautista, hoy Villahermosa, el 28 de junio de 1914. Sus estudios de primaria y secundaria los realizó en su ciudad natal. Fue hijo único del matrimonio formado por don Hermenegildo Galguera y su señora esposa, doña Esther Noverola de Galguera. En 1934, cuando sólo contaba con 20 años de edad, publica en el periódico La Voz del Estudiante, editado por la Sociedad de Estudiantes Libres del Instituto Juárez, el poema “Son dos gotas iguales”, en el que se nota el influjo que sobre el novel poeta ejercía la lectura de Gustavo Adolfo Bécquer, al que sigue el intitulado “Sitio”, incluido por el maestro Francisco J. Santamaría en su libro La poesía tabasqueña. Ramón Galguera Noverola seguiría publicando sus poemas en periódicos y revistas locales de la época, como el semanario El Censor, que dirigía el periodista peota José María Bastar Sasso, y la revista Alborada bajo la dirección de Ramón López. Algunas de estos textos serían incluidos en su libro “Examen de primer grado” publicado en 1951. En los poemas de este libro, Galguera ya es dueño de su propia y muy personal voz. Más de diez años después, en 1964, cuando el poeta rondaba los treinta y siete años, da a conocer su segundo y último poemario: “Solar de Soledades”. Galguera Noverola fue hijo único. Entre sus amigos están dos políticos tan dispares como Tomás Garrido Canabal y Manuel R. Mora. En el ámbito social villahermosino era muy estimado como locutor y declamador pero sus retozos homosexuales le ocasionaron rechazos. Él mismo no se aceptaba. Fallece el 6 de octubre de 1979 –cierra la década trágica para la poesía en Tabasco- en la Ciudad de México. Tenía 65 años. No volvió a su tierra donde fue consumido por la maledicencia y el alcohol. Los dos libros más los poemas sueltos se volvieron a leer –juntos- hasta el año 2003 bajo el título Nocturnos Horizontes, compilación de poemas, fotos y textos varios realizada por el escritor Jorge Priego Martínez