La vulnerabilidad del menor entre el mito y la realidad

El simple hecho de hablar del abuso sexual infantil nos provoca rechazo al tema, es común que se piensa que se trata de un hecho poco frecuente que realizan personas visiblemente enfermas: no es así. Los mitos que encierra este grave delito, lamentablemente, han provocado que se encubra el hecho y que su incidencia aumente considerablemente en nuestro país.

Partiendo de una definición, según el Illusion Theatre, Minneapolis Minn, podemos definir el Abuso Sexual como la “manipulación, imposición o engaño a un menor, para ser tocado, tener contacto sexual o demostraciones de conductas sexuales” (Cole, S.S., 1986). Álvarez-Gayou (1995), consideran el uso del término Abuso Sexual como un eufemismo que encubre el verdadero término descriptivo: Violación Infantil.

El menor carece de desarrollo emocional: cognoscitivo y físico, para tomar una decisión en cuanto a iniciar una relación de tipo erótico. Aunque en aparente consentimiento del infante exista una relación adulto-niño, esta se plantea como una relación de poder desigual ya que es el adulto quien induce el contacto y en quien, por tener la madurez y la experiencia, recae la responsabilidad de los actos y consecuencias.

Con base en las fuentes consultadas, los niños que han sufrido de abuso sexual generalmente viven en ambientes familiares insatisfactorios, donde la relación entre los miembros es deficiente, desadaptativo y con poca comunicación, sin embargo esto no excluye que el abuso sexual se dé también en otros medios sociales. Es necesario señalar que esto no es sinónimo de pobreza pero si denota una amplia fragmentación de los vínculos familiares (apego y comunicación).

Mitos y realidades del abuso infantil, foto de Carmita Díaz Marcial
Mitos y realidades del abuso infantil, foto de Carmita Díaz Marcial

En un estudio publicado en 1992 por Cazorla y colaboradores (Editorial Diana) de casos reportados de abuso sexual por la Procuraduría general de Justicia del Depto. del D.F., entre Junio y Diciembre de 1989 se encontraron los siguientes resultados:

  • Las edades de los menores víctimas de abuso fluctúan entre los 3 y los 13 años, siendo las edades con mayor incidencia reportada de abuso, los 6 y los 12 años (16.32% respectivamente).
  • La incidencia de abuso por género, es mayor en el sexo femenino en un 50%
  • El 63% de las víctimas tenía escolaridad, el 18.41% no la tenía.
  • Las víctimas conocían a su agresor en el 79.56% de los casos.
  • La relación de la víctima con el agresor era de padre, amigo o vecino (20.4% respectivamente), tío (8.16%), primo (6.12%), hermanastro o cuñado (2.04%) respectivamente.

 

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Estos datos aunque ya tienen  más de dos década que se presentaron, pero visualizan con precisión la vulnerabilidad del menor en todas las etapas de su vida. Por otro lado, es necesario señalar que son muy pocos los registros de abuso en menores de 3 años, esto no quiere decir que no se den casos, la realidad es que estos no son denunciados ya que por lo general no son atendidos debido a que el menor carece de la capacidad de expresar con claridad si está viviendo una situación desagradable.

El abuso sexual infantil e intrafamiliar ocurre más frecuentemente de lo que la gente piensa.  Causa tanta repugnancia en la mayoría de las personas que los agresores y las familias envueltas en él tratan de ocultar la verdad.

Son muchos los mitos en torno al abuso sexual intrafamiliar que hacen más difícil la tarea de detectarlo y ayudar a las personas envueltas.  A partir de los más comunes podemos decir que se piensa que “el abuso sexual intrafamiliar es más común entre familias de bajos ingresos” pero en realidad el abuso sexual intrafamiliar ocurre en familias de todos los niveles sociales porque, como ya se mencionó, la fragmentación de las relaciones familiares está presente en todos los estratos sociales, aunque es más fácil detectarlo en familias de bajos ingresos pues ellos no pueden pagar ayuda privada y como consecuencia utilizan agencias públicas.

Otro mito común es el creer “que un adulto usualmente abusa solo a una persona en la familia”, la realidad es que según las estadísticas un adulto que se encuentra abusando de una menor, a menudo, está abusando de otra niña en la familia también.  El niño (varón) no está excluido de esta mitología aunque la gran mayoría de los casos, han sido de abusos hacia niñas.

Otra creencia es aquella de que la madre ignora la situación de abuso de su pareja hacia su(s) hija(s). No podemos generalizar pero sí es frecuente que la madre está consciente de la relación de abuso. Aquí es necesario visualizar la situación de abuso que existe en la familia, ya que antes de abusar de las(os) hijas(os) existe una historia de abuso y violencia hacia la madre, por lo que  ella se encuentra incapaz de tomar ninguna acción para interrumpir la situación y, en ese sentido, se convierte en una participante pasiva.

Generalmente en aquellas familias donde ocurre el abuso sexual entre padres e hijos o, entre hermanos, se constituyen en sistemas cerrados al mundo exterior, con un alto nivel de aislamiento social.  Por ende, los miembros de la familia desarrollan pocas destrezas para relacionarse con el mundo exterior; así como poco respeto a la individualidad de cada uno de los miembros.

Las personas que han sido victimizadas están por lo regular siempre dispuestas a aceptar toda la culpa y responsabilidad cuando las cosas marchan mal. Es decir, existe una disposición a aceptar la culpa, lo que se traduce en una tendencia a proteger a quien le ha hecho daño sirviendo de escudo a sus abusadores.

Como es típico en las relaciones de víctima-ofensor que los roles sean de subordinado-dominante, las víctimas frecuentemente se sienten obligadas a solicitar indicios de aceptación por parte de sus abusadores, para sentirse menos inferiores como personas. Las víctimas regularmente tienden a rechazar elogios, frecuentemente tienen la tendencia de negarlos, apuntando a algunas de sus debilidades.

Como han sido despersonalizados y objetivizados por el ofensor, la víctima de abuso (particularmente abuso sexual) sale de la experiencia con el sentimiento de que las necesidades de la otra persona son de mayor importancia que las propias.  Son rápidos para satisfacer las necesidades de los demás, muchas veces echando a un lado las suyas. Este comportamiento condena a la víctima a una vida sin júbilo ni alegría.

Mitos y realidades del abuso infantil
Mitos y realidades del abuso infantil

INDICADORES DE ABUSO SEXUAL (Cole, S.S., 1986)

Debemos sospechar inmediatamente de abuso sexual reciente sí:

  • Las ropas del menor aparecen manchadas o ensangrentadas.
  • Hay reporte de daño o negligencia de los padres.
  • El menor (la víctima) es diagnosticado con una enfermedad de transmisión sexual en los ojos, boca, ano o genitales.
  • El menor reporta dolor o comezón, abrasión y sangrado en los genitales.
  • Comportamientos adaptativos a las necesidades de los padres más que a las de él mismo.
  • Temor extremo, justificado o fantasioso
  • El menor muestra comportamientos extremos (pasividad, tremendamente complaciente a rebeldía, y agresividad extrema), robar, esconder cosas, desorden en los hábitos o características neuróticas, hiperactividad, evasión, detención del desarrollo.
  • Hay severos conflictos emocionales en casa.
  • El menor muestra temor a los adultos, a la intervención en el conflicto o a que un adulto tome medidas en el caso.
  • Hay una historia anterior de abuso por el padre o padres.
  • Hay embarazo indeseado.
  • El menor muestra un vestido inadecuado.
  • Hay un comportamiento seductor súbito del menor
  • Pesadillas, alteraciones del sueño.
  • Pensamientos inadecuados, sentimientos de humillación, enojo, pesadillas, disturbios en los patrones de alimentación, temores sexuales, desarrollo de fobias acerca del ataque.
  • Cambios reales en la personalidad y en la actuación del menor.
  • Conocimiento fuera de lo común en cuestiones sexuales.

La traición ocasionada por el abuso durante la niñez, puede dejar a la víctima sin los fundamentos sobre los cuales construir relaciones duraderas en el futuro.

Cerrar los ojos a esta realidad que lastima a nuestros niños y niñas es abrir las puertas para que estos hechos se sigan dando, vulnerabilizando y re-victimizando a quien lo sufre y entretejiendo el camino hacia un circulo de violencia que se puede extender por generaciones.

 

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Carmita Díaz Marcial es Licenciada en Psicología y Maestra en Educación con especialidad en Enseñanza por la Universidad Popular de la Chontalpa, Así mismo, es Maestra en Sexología Educativa con especialidad en Manejo y Sensibilización de Grupos por el Instituto Mexicano de Sexología. Cuenta con más de ocho años de experiencia en el ejercicio clínico, es coordinadora de Salud Mental de la Jurisdicción Sanitaria 06, supervisora de los Programas de Salud Mental, Prevención del Suicidio y adicciones en la Juridiscción Sanitaria de Cunduacán, municipio tabasqueño donde radica, y también, supervisora de los Servicios Especializados de Atención a la Violencia Familiar, Sexual y de Género del Municipio, Cunduacán, desde el 2014.