Pedro Páramo, la espléndida joya literaria que surgió de la parca pluma de Juan Rulfo (16 de mayo de 1917 – 7 de enero de 1986), es un espejo literario de la historia mexicana. En sus páginas el autor nos muestra (sin explicar ni justificar) los rasgos esenciales del mexicano, forjados a lo largo de su historia, y las circunstancias sociales que han venido cambiando para empeorar, sin esperanza alguna de reivindicación.

Publicada en 1955 por el Fondo de Cultura Económica, después de cinco meses arduos de creación sonámbula, esta maravillosa novela es un juego de espejos en donde predomina la técnica del racconto o flash back para contar las dos historias que desarrolla: la de Juan Preciado, que va en busca de su padre, Pedro Páramo, y la historia de Comala, que puede ser la de México, desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX.

Juan Rulfo logró literalizar el habla cotidiana de Jalisco en una joya literaria que trasciende cualquier rasgo vulgar que pueda encontrarse en el lenguaje de la gente común, foto tomada de internet.
Juan Rulfo logró literalizar el habla cotidiana de Jalisco en una joya literaria que trasciende cualquier rasgo vulgar que pueda encontrarse en el lenguaje de la gente común, foto tomada de internet.

Poniendo el tiempo de los hechos al revés, como vistos desde un espejo retrovisor para contar la historia hacia atrás, como Diego Velázquez en Las Meninas, donde el pintor está incluido en la escena, Juan Rulfo nos muestra personajes que cuentan sus vidas desde las tumbas, mediante un recurso literario sorprendente, usado antes por grandes escritores como Luciano de Samósata, en Diálogos de muertos, Dante Alighieri, en La divina comedia, y Fedor Dostoievski, en su cuento Bobok.

En Pedro Páramo, todas las historias comienzan a relatarse en un punto futuro en el tiempo, que se oculta para dar mayor dramatismo al relato. Así, Juan Preciado, ya muerto y en brazos de Dorotea, que yace en su misma tumba, le dice a su interlocutora al inicio de la novela:

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de otro modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.”

Con este breve párrafo introductorio, Rulfo nos muestra la técnica narrativa que utilizará en el resto de la novela: un juego de racconto o flash back continuo, para contarnos hechos pasados desde un futuro que se vuelve un presente histórico. Dolores Preciado ya está muerta, nos lo dice Juan, su hijo, pero él vuelve a revivirla con otro recuerdo anterior al de su agonía.

“Todavía antes me había dicho:

-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.

-Así lo haré, madre.”

El resto de las escenas que cuenta Juan Preciado también muestran la misma técnica narrativa del flash back, pero por su proximidad a la muerte, se vuelven cada vez más sonámbulas, como en sueño, y en ellas se van alternando las sensaciones de calor seco, agua, lluvia y humedad.

La otra historia que Juan Rulfo refiere en su novela nos muestra las circunstancias de los Páramo, similar a la de muchas familias mexicanas en el siglo XIX. Aunque viven en una relativa pobreza, Comala todavía es una tierra promisoria. Los niños vuelan papalotes en la loma, ajenos a la miseria y la muerte. Dolores Preciado transmite a su hijo algunos recuerdos de su tierra.

“Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver: «Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche». Y su voz era secreta, casi apagada, como si hablara consigo misma… Mi madre.”

El mismo Juan Preciado nos pinta una escena pastoril de Comala cuando dice más adelante: “Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aún las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol.”

Sin embargo, nada de eso encuentra en Comala cuando llega tiempo después. Pero Rulfo encadena esa expectativa de Juan Preciado con el relato de Pedro Páramo niño, cuando juega con Susana San Juan, la única mujer que realmente amó, y a quien logró tener como esposa 30 años después de su partida, cuando él llegó a ser el amo y señor de Comala, ampliando cada vez más lo que fue la primitiva Media Luna, propiedad de su padre, don Lucas Páramo, a base de amenazas, chantajes, extorciones y asesinatos. Así fue realmente como surgieron muchos latifundios en México durante el siglo XIX.

Con gran economía de palabras, Juan Rulfo nos muestra en forma casi telegráfica los acontecimientos más importantes de nuestra historia. Un diálogo lacónico que refleja el paso del tiempo es el que sostiene Pedro Páramo con el Tilcuate, un criminal sanguinario que utilizó para amedrentar a todos los propietarios de tierras y ampliar sus dominios sobre Comala, y que también patrocinó durante la Revolución.

El diálogo es el siguiente:

“-Ahora somos carrancistas.

-Está bien.

Andamos con mi general Obregón.

-Está bien.

-Allá se ha hecho la paz. Andamos sueltos.

-Espera. No desarmes a tu gente. Esto no puede durar mucho.

-Se ha levantado en armas el padre Rentería. ¿Nos vamos con él, o contra él?

-Eso ni se discute. Ponte al lado del gobierno.

-Pero si somos irregulares. Nos consideran rebeldes.

-Entonces vete a descansar.

-¿Con el vuelo que llevo?

-Haz lo que quieras, entonces.”

En este diálogo, Rulfo sintetiza los años de lucha, desde la revuelta de Madero hasta la guerra cristera, pasando por las principales figuras del movimiento armado. El acontecimiento clave en esta historia es la muerte de Fulgor Sedano, su administrador, que trabajó también para don Lucas Páramo, cuando unos revolucionarios le aplican la ley fuga, dejando vivo a un tartamudo para que le lleve la noticia a Pedro Páramo. Muy quitado de la pena, Pedro recibe a los alzados y los manipula, imponiéndoles como jefe al sanguinario Tilcuate. Para entonces, Pedro Páramo ya está viejo y su fama de mujeriego está en declive, más preocupado por la enfermedad de su mujer, Susana San Juan, a cuyo padre mandó matar por celos, por el estupro cometido con su hija.

A través de una prosa poética, Rulfo nos introduce en un ambiente límbico entre la realidad y la fantasía, la vigilia y el sueño, la vida y la muerte; con una visión de sonámbulo que va cambiando desde la extrema sequedad del páramo desértico hasta la extrema humedad del agua que cae como lluvia, pero que se filtra por los resquicios de la tierra inundando las sepulturas de los muertos parlantes. El agua, a fin de cuentas, es el espejo natural donde podemos ver nuestro rostro y conocer nuestra identidad. Y esta es una de las claves del simbolismo que encierra la novela.

Al parecer, Rulfo recurre al simbolismo de los nombres para comunicarnos un mensaje a través de su novela. Pedro Páramo, por ejemplo, es piedra del desierto, símbolo de los terratenientes que tienen sometido al pueblo. La palabra Comala nos remite a un comal caliente, que representa el infierno, aunque alguna vez fue el paraíso. Fulgor Sedano, su administrador, puede significar fuego de seda, mixtura que representa el fuego como amenaza de una muerte violenta y la seda como la manipulación sutil que maneja en sus negocios. El padre Rentería, apellido que puede ocultar el símbolo del rencor, representa el clero que permite la explotación del pueblo, perdona los crímenes de los Páramo (de Pedro y de su hijo Miguel, que salió una verdadera fichita), pero no perdona el incesto, el estupro y la promiscuidad; pecados por los que muchos muertos andan penando en la tierra, sin poder emprender su camino al infierno o al purgatorio.

La riqueza simbólica y literaria de esta novela la convierten en un paradigma creativo que desborda las estructuras clásicas de la narración. Más allá de las anécdotas que cuenta, Pedro Páramo es una narración lacónica con imágenes poéticas muy sugerentes gracias a un vocabulario bien seleccionado, con palabras que destacan por su sonoridad y colorido, que nos envuelven en una atmósfera cultural propia de México.

Podría decirse que el pueblo mexicano habla como los personajes de Juan Rulfo; pero, la verdad es que Juan Rulfo logró literalizar el habla cotidiana de Jalisco en una joya literaria que trasciende cualquier rasgo vulgar que pueda encontrarse en el lenguaje de la gente común de esta región.

Magarito Palacio Maldonado, foto cortesía del escritor.
Magarito Palacios Maldonado, foto cortesía del escritor.

Margarito Palacios Maldonado es escritor, poeta, editor y maestro de redacción. Autor de tres obras de teatro, dos libros de poesía y participante en varias antologías de poesía, cuento y dramaturgia.