Difícil es el escribir una autobiografía. Hoy se me ha pedido que yo escriba la mía. Pasan por mi mente muchos recuerdos, entre ellos, el testimonio de mi vida que hace más de treinta años redacté en Puebla a petición de unos amigos; ahora, me toca hablar de esas mismas remembranzas, porque para cumplir con esta solicitud, me apoyo en lo expresado en aquella ocasión, leamos:

En mi concepto el tiempo es uno, es más importante vivir el presente que tener tal o cual edad, pues sea la edad que tengamos, sólo es vivida en un tiempo: el presente. La división del tiempo fue hecha por el ser humano discrecionalmente para realizar una serie de actividades, algunas veces conforme a los cambios de la naturaleza, y otras en forma arbitraria; pero si nosotros hacemos una reflexión, nos daremos cuenta de que el tiempo es uno, ya que el pasado y el futuro no se viven sino sólo el presente. Yo distingo también la edad en dos tipos: la cronológica y la espiritual; en la cronológica sí es susceptible hablar de la primera, la segunda y la tercera edad, pero la edad espiritual no se rige por el tiempo en sí, sino por las actitudes; de modo que se puede alcanzar una madurez espiritual cuando el ser humano logra ser útil a sí mismo, a su familia y a la sociedad. Nosotros ascendemos con los actos que realizamos en la vida. He visto que muchos piensan que el por ser viejo alguien es ya inservible; sin embargo, el viejo es un cúmulo de experiencias que le han costado a la sociedad, a la familia, y a uno mismo, por lo que es injusto que todo ese bagaje de experiencias, en un momento dado se tire a la basura. Para mí el espíritu es viejo cuando se siente el hombre inútil, se siente que ya la vida no tiene razón de ser, cuando se siente que es una carga social, que es una carga familiar; se deja, se abandona a sí mismo, pudiendo con su experiencia hacer algo, es como una casa en ruinas, lo importante es tener esa disponibilidad de servicio; yo no trabajo por necesidad económica puesto que tengo con qué vivir decorosamente, lo que me impulsa a trabajar es sentirme útil a la sociedad.

Yo no me siento anciano, de ninguna manera, yo me siento joven, soy joven, me siento útil, yo tengo ochenta años cumplidos de edad, y todos los días me levanto, abro los ojos y doy gracias a Dios por estar vivo, sonrío porque veo el amanecer, veo la luz del día, me gusta levantarme para acompañar a la alborada, para hacer cosas positivas, siento que el ser viejo espiritualmente es sinónimo de inútil, pero lo determinante no es la edad sino el carecer de un proyecto de vida, porque cuando se tiene un proyecto de vida no se es viejo, Bertrand Russell no era viejo, era joven espiritual; Sócrates no era viejo, era un hombre con un proyecto de vida, y si analizamos la vida histórica de muchos hombres, podremos advertir que ellos realizaron sus hazañas cuando estaban, en la tercera edad; de hecho, los recordamos y los conocemos siendo viejos, no siendo cronológicamente jóvenes; el viejo infunde respeto, como se le interpreta en la canción “Mi querido viejo”, que denota autoridad; en la antigüedad, en Roma, el Senado (de senecto) constituía el Consejo de los viejos, de los ancianos, a quienes se les reconocía autoridad por la experiencia que tenían; en muchos países, a los viejos se les tiene considerados especiales. Cuando el hombre a la edad que sea, está impulsado por la victoria tiene el derecho a ser feliz, a realizarse como ser humano, a vencer molinos de viento y a trascender en el tiempo.

Uno hace su propia edad espiritual, no en el tiempo; se hace con nuestro comportamiento, con nuestra actitud, con nuestros ideales. Hay muchachos que son viejos por falta de proyectos en su vida, por falta de ideales o por no tener el ímpetu para vencer obstáculos; yo me siento un triunfador en la vida, un triunfador por mis antecedentes de chamaco, ya que no tuve un hogar, no tuve una familia integrada, yo me crié con unos tíos, mi mamá hizo su vida aparte y mi papá también; yo trabajé mucho desde niño, hice las labores más modestas y humildes, como mozo, lavatrastes, lavalatas de una panadería, vendedor de periódicos, bolero, vendedor de dulces, tragafuegos en una esquina; aprendí también el oficio de peluquero, supe lo que es acostarse en una tabla de clavos, en una tabla con vidrios, y no me maleó el ambiente en el que me crié; no me amargué, es algo que me da gusto platicar con orgullo, con satisfacción, entonces me forjé un destino, y lo hice como yo he querido, llevé las riendas, las sigo llevando y voy adelante. No soy determinista, pero pienso que somos campeones; desde el momento en que el esperma fecunda al óvulo, millones de seres se quedaron en el camino, no pudieron llegar primero que los demás, fuimos los elegidos y de nosotros depende por el libre albedrío, que tenemos que ser felices; no depende del tiempo ni de los demás, sino de uno mismo; nosotros no somos robots, no nos han diseñado como robot, nos han dado libre albedrío, para que obremos de la manera que querramos, y hay que obrar no solamente por deber sino por amor al deber, esto lo señala Kant en su ética. Me gusta convivir con los jóvenes, me gusta convivir con la gente que piensa en forma positiva; de la gente que empieza a hablar sólo de penas, que se queja de las cosas, que sólo habla de enfermedades, de esa gente mejor me alejo, porque al hablar con la gente me gusta compartir y que me compartan también su sentir, sus ideas, sus proyectos.

            Tengo muchos proyectos, uno de ellos fue terminar mi maestría en Derecho Constitucional y lo logré; hice maestría en Gobierno y Administración y también lo logré. Y la mayor satisfacción que he tenido es haber realizado el primer Doctorado en Derecho en nuestra Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, de la cual fui el primer egresado al transformarse el Instituto Juárez en Universidad. He publicado varios libros tanto de Derecho como de poesía y  uno de mis principales proyectos sin duda es ver crecer a mis nietos, conservar el afecto de mi esposa que aunque ya por el tiempo hemos trascendido la etapa pasional, seguimos queriéndonos como buenos amigos. Con mis hijos me llevo bien, no he tenido problemas de ninguna índole con ellos, han hecho su vida cada quien por su lado y han sido también positivos.

            Yo creo que la muerte es algo a lo que el ser humano no está acostumbrado a pensar, pero es parte de nuestra propia existencia, la entiendo como un momento de transición, porque muere nuestro cuerpo, pero nuestra alma no, yo no le temo a la muerte, le temo a la vida, a la madre vida porque es en ella en donde actúo, decido y se define mi persona, al morir no podré revertir lo que haya vivido. No tengo preferencia a morir de ninguna manera en especial, de hecho no está en mi agenda morirme mañana o pasado, yo quiero seguir viviendo y hacer muchas cosas, pero no pienso en la muerte, es en lo menos que pienso, y sin embargo he escrito mucho sobre la muerte. Yo tengo defectos y en la vida he tenido acciones también negativas, de las cuales luego me he avergonzado y las he expiado también. Siento que hay un Dios en el mundo, como fuerza cósmica a la cual vamos a regresar porque somos parte integrante de él. Siento que Dios está en todos lados, está con nosotros cuando lo necesitamos, en ocasiones dialogo con él. Cuando me siento angustiado abro la Biblia y encuentro siempre un mensaje que debo interpretar positivamente, su manifestación en mi vida es constante y perdurable.

La vejez no siempre es sinónimo de sabiduría, la sabiduría es algo que se adquiere por vocación, por una decisión, por una entrega, por un sacrificio. Mientras mucha gente está durmiendo yo estoy leyendo, y es que a mí me gusta “sangrar” al libro, no que el libro me sangre, busco extraerle el jugo como el extractor lo hace a la naranja; al leer intento extraerle el conocimiento a los libros; yo, por ejemplo, tengo mi biblioteca que la comencé a formar desde joven, tiene como siete mil volúmenes de todo tipo y no necesito ir a la biblioteca pública para hacer mis trabajos de investigación, yo tengo mi propia biblioteca que me ha costado dinero, he dejado de comprarme muchas cosas por un libro. Siento que lo que me ayudó mucho en la vida, más que nada, en primer lugar, los consejos de mi abuela, en segundo lugar, el encuentro con la poesía; para mí la poesía es vital, me atrevo a decir que si todos en el mundo intentásemos leer poesía con frecuencia, otro sería el destino del hombre; la poesía es el mensaje de Dios a través de la palabra, no olvidemos que en el principio fue el Verbo y el Verbo era Dios.

He sentido los problemas propios de la tercera edad, pero estoy consciente de que el ser humano tiene un proceso degenerativo común, lo que actualmente hago es cuidarme, no cometer excesos, puedo hacer de todo, pero sin excesos; en la tercera edad se ven las consecuencias de todos los excesos que cometimos de jóvenes, por ejemplo, el fumar es algo tremendo que acaba con el organismo, no se trata de reprimir nuestros sentimientos sino de controlarlos; el alcohol es algo que también acaba con el organismo, yo tengo una operación a corazón abierto y marcapaso por causa del tabaquismo; a los jóvenes les aconsejo que no fumen, que no conviertan su cuerpo en saco de frustraciones, de amarguras, de odio, de rencor, todo esto es vano, eso se va, hay que llenarlo de optimismo. No pienso. Que la juventud tenga actualmente una marca negativa, yo creo que nosotros tenemos el compromiso con ella de encauzarla, ya que corre el peligro de influencias negativas, de presiones de todo tipo que la quieren conducir a que actué en forma equivocada; por todos esos motivos estoy con la juventud, tengo fe en las nuevas generaciones, ellos son moldeables y tienen el gran valor y a la vez la gran responsabilidad de representarnos a nosotros y a todas la generaciones que nos sucedan. Hay una gran diferencia en las etapas de la vida, yo no puedo ahorita a pesar de ser joven espiritualmente, ponerme a competir físicamente con un muchacho de veinticuatro años; una vez un fulano como de veinticinco años, por una circunstancia tuve un problema, me retó a pelear, yo pensé: ¿Cómo voy a pelear estando operado del corazón?, ¿Cómo voy agarrarme a golpes con este fulano nada más porque él quiere? Como reusé a pelear, el muchacho me dijo que yo era un cobarde, pero no me dejé afectar, pues reaccioné positivamente a mí mismo: no eres un cobarde, eres un hombre que estás imposibilitado por una razón que este muchacho desconoce y no tienes por qué explicárselo, esto no es cobardía sino sabiduría, y lo suyo no es valentía sino ignorancia.

He sentido la soledad, esto puede convertirnos en seres melancólicos, el ser humano no nació para vivir solo y menos el hombre, la mujer cuando menos tiene la compañía del espejo, a nosotros los hombres nos falta la compañía de alguien que nos dé una palmada, que nos haga sentir que existimos, la soledad la sufre más el hombre que la mujer, pero la soledad puede ser creativa si uno se lo propone. No me gusta la soledad, por eso me gusta escuchar música, pasearme por un parque, me gusta la compañía de un buen libro, cuando siento falta de afecto lo que hago es buscar a un amigo o amiga e ir a tomar un café y platicar o bien escuchar música junto a ellos, sentir que hay alguien que te quiere, que te tiene cariño, que está contigo en la necesidad del amor, que es a lo que me debo.

Me agrada tomar un café e ir al parque y disfrutar de ver a una muchacha que pasa; me gusta ir a un baile y ver bailar a la juventud; tomar alguna copa, lo que no hago es fumar, pero una o dos copas sí me las tomo, porque no me hacen daño, pero no más. Tengo un amigo al que voy a ver todos los días porque es muy platicador. No busco tanto poder hacer lo que quiero como querer lo que puedo hacer, puesto que eso es todo lo que tengo. Me gusta recordar lo que he vivido, y es que el recuerdo es la patria del alma, te hace eterno en el pensamiento, y hay momentos en que estoy solo y empiezo a recordar y entonces me revitalizo, es hermoso que en el momento que estoy recordando el pasado, en ese momento el pasado se está haciendo presente en mi conciencia.

Encuentro de diferencia, en esta etapa de mi vida, que tengo mayor reflexión, mayor prudencia, que ya no me aviento a lo loco como antes, y ahora me reservo como diría Horacio Quiroga en un cuento muy hermoso que se llama El Potro Salvaje. Era un potro que llega del campo a la ciudad, de estampa hermosísima y todo mundo lo admira y a éste lo que le encanta es correr y pegar la carrera y todo mundo trata de hacerle zalamería y darle atenciones;  corre por el placer de correr, pero con el transcurso de los años la energía del potro se va minando, entonces llega el momento en que las carreras ya no las realiza con ímpetu de flecha como cuando era joven, sino que se va reservando para llegar a la última etapa, a la etapa final con bríos para intentar ganar; en uno de tantos días, en esas competencias a un viejo se les escurren las lágrimas y dice: “Yo vi a ese potro cuando era joven, cuando se lanzaba como flecha a ganar la carrera, ahora lo veo que se reserva en la última vuelta para intentar lograr el triunfo, bien valen estas lagrimas por el recuerdo de aquel impetuoso potro y por la presencia de éste que hoy estamos observando”. Deduzco que la estrategia para ganar cambia, pero igual hoy, que antes, hay que buscar la victoria.

Nota: El poeta, periodista y jurista tabasqueño escribió este “Testimonio de vida” quizá pensando en una breve autobiografía. No sabemos si la continuó, pero los primerso apuntes del boceto los envió al poeta y amigo Miguel Ángel Ruiz Madónel, quien lo ofrece para el breve homenaje que se le rinde en puntodereunion.com.mx

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El Jurista, Periodista y Poeta Tabasqueño Agenor González Valencia, nació en Villahermosa, Tabasco, el 26 de febrero de 1932. Recibió el primer título de abogado expedido por la entonces Universidad Juárez de Tabasco el 17 de diciembre de 1958, y el primer título de Doctor en Derecho por la actual Máxima Casa de Estudios, la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, donde fue catedrático hasta uno días antes de su fallecimiento. También realizó estudios de Letras Clásicas y de Letras Españolas en la UNAM (1963-1967), de Administración de Empresas en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (1981-1984), y de Derecho Laboral en la Universidad Iberoamericana (1986), entre otros. Como escritor y poeta ganó los juegos Florales del Instituto Juárez el 21 de marzo de 1954 y los premios nacionales de Poesía y Teatro, en Puebla (1983). El primer libro de su obra poética publicada: Cimbra (1962), fue prologada por el poeta Carlos Pellicer y reeditada por Ediciones Monte Carmelo en el 2000, casa de letras que dirige el poeta Francisco Magaña. Otros de sus títulos son Poema Verde (1954), Presencia de Juárez en la Patria publicado por el Ateneo Tabasqueño maestro Alfonso Reyes (abril de 1972), Tríptico Centroamericano (Puebla 1979), La Honda en el Tiempo (coeditado por el IEC/CONCULTA, 2000), y el libro de prosas El Sonido del Tiempo (bajo el sello de la UJAT, en 1995). El año 2013 presentó su libro Fulgores del tiempo, edición de la Casa Maya de la Poesía, cuidada por Brígido Redondo, con el que celebró sus 80 años de vida. Fallece la madrugada del miércoles 12 de abril de 2017, y sus restos mortales fueron incinerados ese mismo día.