No sé si venga al caso pero quiero empezar, bueno, no quiero, empiezo con el recuerdo de dos versos de Cuatro cuartetos de T. S. Eliot:

                        al año pasado pertenecen las palabras del año pasado

                        y las de próximo su nueva voz esperan

Y ahora sí, empieza la cantaleta.

0.

            La literatura cubana no pudo escapar a esa especie de karma polémico que ha vivido y vive la isla desde que asumió, en los inicios del siglo 19, su cubanidad y un poco más tarde su afrocubanidad sin el vergonzante menosprecio racista que los criollos y blanquiñosos mestizos mantuvieron y uno que otro se empeña en mantener a estas alturas de la historia aún sin concluir. Es sabido y reconocido que la música y la literatura son, si uno se deja arropar por los estereotipos, con la caña de azúcar y el tabaco, íconos de la cultura afrocubana, sobre todo la música popular bailable que según el musicólogo Leonardo Acosta es el único imperialismo impuesto al mundo, urbi et orbi, por un pueblo subdesarrollado. Por su parte, la literatura desde sus trincheras explayó el imago de una exuberante y voluptuosa afrocubanía pocas veces desmentida.

            Los avatares literarios no siempre fueron placenteros si se toma en cuenta que incluso antes de ser país independiente Cuba ya tuvo conciencia de su identidad. La azarosa lucha por la independencia no rindió los frutos esperados al desligarse de la corona española por la intromisión, cuándo no, del tío Sam que desde mediado el siglo 19 inició su imperial cruzada para apropiarse del planeta y si se descuidaban, de sus alrededores. José María Heredia, el cubano-mexicano-toluqueño no el cubano-francés, Julian Casal, Cirilo Villaverde, extendieron el acta de nacimiento de lo que hoy conocemos como literatura cubana, luego vinieron  José Martí y algo después en fragoroso tropel Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, José Lezama Lima con toda su pandilla de la revista Orígenes, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Fayad Jamís, Luis Suardiaz, Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante, Luis Rogelio Nogueira sin menospreciar las voces siempre expresivas de mujeres como Georgette  Herrera, Maira Montero, Zoé Valdez, Marilin Boves, para mencionar algunas escritoras surgidas en los últimos cuarenta años, hasta llegar al momento actual que sigue entregando escritores que mantienen, pese a todas las crisis, un nivel cualitativo que no desmerece de sus antecesores.

            Sirva toda esta apretada introducción para, decían los tatarabuelos, entrar al grano y nombrar de una vez por todas a Leonardo Padura quien, desde mi punto de vista, es el escritor cubano más representativo de los últimos treinta años, punto de vista que coincide con más de un especialista y experimentado crítico de esta vorágine existencial que es la literatura. De todas maneras, si no hubiese dicha coincidencia, pienso que Padura si no es el más brillante de los narradores cubanos ahora en circulación sí es quien mejor resume el ser y estar de la narrativa cubana de estos últimos treinta años, con todas sus virtudes y también con todas sus inevitables imperfecciones.

Fernando Nieto Cadena, foto de Juan de Jesús López presentada en la exposición fotográfica "Conversando", en el marco del 5to Festival Internacional de Poesía, celebrado en mayo del 2011 en el Café-galería El Refugio de la luna
Fernando Nieto Cadena, foto de Juan de Jesús López presentada en la exposición fotográfica “Conversando”, en el marco del 5to Festival Internacional de Poesía, celebrado en mayo del 2011 en el Café-galería El Refugio de la luna

1.

            ¿Quién es Leonardo Padura? En mayo de 2011 escribió para la agencia Interpress Service, hay días en que yo quisiera ser Paul Auster. En una de sus primeras novelas, Adiós Hemingway, a la vez que hace un homenaje al autor de Por quién doblan las campanas consolida su personalidad literaria al distanciarse del maestro para ensimismarse en la búsqueda de otros senderos que le permitan bifurcar su oficio narrativo, al que llegó por la vía del se va  o se queda del periodismo. Lo del se va o se queda no es gratuito ya que Padura es un fanático de la pelota y en sus textos mantiene al lector como si estuviera en el cierre de la novena entrada en dos y tres, dos outs en contra, las bases llenas y cero carreras para todos.

            Además de pelotero voyerista es un experto en música popular afrocubana a pesar, dice, de su manifiesta incapacidad para bailar. De hecho, el primer libro que leí de él fue Los rostros de la salsa, con entrevistas a los principales salsómanos entre los años setenta y noventa a la vez  que defiende y promueve la existencia de una salsa cubana que la ortodoxia insular se negaba a aceptar y que finalmente lo hizo bautizándola de timba y a sus intérpretes de timberos.

Pero no vine a hablar de lo que para mí es, junto con el fútbol, mi única religión, la divina salsa. Se supone que estoy aquí por otra de mis versiones religiosas, la literatura. De paso, recuérdese la etimología de religión: re + ligare = reunión. O sea, ahora estamos reunidos en un acto religioso. Y sigue la cantaleta.

La pregunta sigue en pie ¿quién es Leonardo Padura? Para algunos es una especie de niño terrible, melindroso diría alguien en despiste telúrico matriarcal, de la literatura cubana quien pese a su presunta y más de una vez comprobada disidencia de la ortodoxia burocrática políticamente correcta es respetado y admirado en la isla aunque no coincida con todos los planteamientos del régimen cubano. Sus discrepancias las ha planteado sin necesidad de buscar el amparo del exilio y, si ha debido aplaudir los aciertos del gobierno lo ha hecho con la misma dignidad y autenticidad que sus cuestionamientos. Después de todo, su obra lo respalda y da autoridad intelectual y moral. Dignidad y autoridad que como en todo ser humano siempre será una aspiración o búsqueda de coherencia consigo mismo y con la sociedad donde nació y desarrolla su experimentación lúdica del lenguaje con pretensión estética que dicen, entre otras cosas, eso es la literatura.

2.

            Pero es en su obra, verdad del sabio doctor Perogrullo, donde uno puede encontrar realmente al escritor, al ser humano que nos opone su texto para dialogar y seducirnos si nos dejamos sorprender por el sortilegio de la fabulación y confabulación de la imaginación, trasgresoramente metamorfoseadora de las realidades más o menos cotidianas que nos ponen en situación, sartreanamente dicho, ante el mundo como escritores y/o lectores. Recuérdese que en último término, la escritura es sólo una consecuencia de nuestra voracidad lectora.

            Para tener una mejor percepción de quién es Leonardo Padura escudriñaré uno de sus libros, tal vez uno de los menos favorecidos por la mercadotecnia como es su volumen Aquello estaba deseando ocurrir que Tusquets Editores puso en circulación en el 2015. Son trece cuentos con diversos acercamientos a la  real realidad que se exhibe sin el maquillaje de las buenas intenciones ni el bien o mal empedrado atajo de los buenos propósitos. Simplemente, parece que nos confidencia Padura, mi realidad cubana es así. Así somos y no siempre estamos satisfechos ni contentos con ser como somos.

            Inicialmente lo que gatilló mi voluntad de hablar sobre Padura fue acercarme y acercar a posibles futuros lectores del narrador cubano a una de sus obras más aplaudidas por eso que la gente de bien llama crítica internacional que casi siempre algo y mucho tiene que ver con la mercadotecnia conpulsiva y convulsiva de las grandes editoriales que, cada cierto tiempo, imponen modas y nos recetan qué debemos leer para seguir el zangoloteo del mundillo literario. El Hombre que amaba los perros junto con Herejes me parece es una de sus novelas emblemáticas que testimonia lo que podría resumirse como la importancia de llamarse Leonardo Padura o el discreto encanto de un narrador en gozosa disidencia con su cotidianidad. Novelas que se apartan de los textos que le dieran resonacia dentro y fuera de su país al desenrollar sus argumentos bajo el techado de una narrativa policiaca, en el mejor estilo de la novela negra a lo Raymond Chander, para seguir los avatares de Mario Conde, escritor frustrado quien no tiene más remedio que ser un acucioso oficial de policía que debe resolver  los inevitables conflictos dentro de una sociedad que se resiste a ser todo lo socialista que quisiera que sean sus gobernantes.

            Después pensé que sobre el asesinato del señor Trotski se ha escrito y se sigue discutiendo mucho desde las trincheras donde busquen amparo y, como los cínicos tatarabuelos desde antes del diluvio lo han dicho, desde el momento que se inicia una discusión con las anteojeras del fanatismo los discutidores no tienen razón. Preferí detenerme en el conjunto de cuentos ya mencionado precisamente por ser poco conocidos y porque ofrecen un percepción de la cotidianidad cubana experimentada luego del colapso del supuesto socialismo que naufragó a fines de los ochenta en el siglo pasado cuando la madre patria de la revolución en el siglo 20, la Unión Soviética, sucumbió ante el imperioso imperio del capitalismo en su nueva fase neocolonizadora globalizante.

  1. Breve digresión para enturbiar más el optimismo.

No hace mucho, tras la avalancha de exiliados llegados en un sálvese quien pueda de las dicturas militares conosureñas, la presunta egolatría bonarense hizo que se creara una imagen poco favorable de los argentinos. No faltó en un juego analógico quien dijera que los cubanos eran los argentinos del Caribe, ante la supuesta autosuficiencia de quienes intentaban construir el socialismo en las barbas del tío  Sam. Esto hizo pensar a muchos que la revolución afrolatinoamericana estaba a la vuelta de la esquina y que en este proceso Cuba sería una especie de faro o o luz que orientaría nuestros pasos hacia ese nuevo edén por construir. Los cubanos se lo creyeron y más de una vez asumieron una presunta condición de hermanos mayores que hizo pensar, a más de un mal pensado como yo, que los cubanos eran los argentinos del Caribe, según la estereotipada conseja que se descarriló por ciertas actitudes poco amables de unos cuantos exiliados por las dictaduras militares sudamericanas que endosó todas las culpas a los bonarenses como paradigmas de sencillez inexpulgable. La década de los noventa hizo que Cuba regresara a la realidad del subdesarrollo al perder el respaldo económico de la urss, situación crítica de lo que aún no sale, situación –por otra parte- que los países de América Latina tampoco podemos presumir ya hemos resuelto. Los cubanos desde una aspiración para rozar un cierto aroma socialista, los demás países latinoamericanos bajo el rancio hedor de ser eternas economías emergentes dependientes del imperio. Para Cuba la crisis fue demoledora. Removió la idealización romántica de la satisfacción moral como satisfacción ante las carencias materiales.

4.

            En cierto sentido, la obra de Padura no sólo es testimonio de este conflicto del abandono del heroísmo épico moral por un un apetecible bienestar material, es también un vernos, todos los latinoamericanos, reflejados en el espejo trizado de nuestro subdesarrollo con las mismas lacras y las mismas carencias de una a otra orilla ideológica.

Los relatos cortos de Aquello estaba deseando ocurrir son un testimonio, una fotocopia de una realidad excesivamente conocida por la descomposición y desintegración del bienestar social y personal. Los matices no sirven de consuelo para decir que después de todo no estamos tan mal, que hay otros que la están pasando mucho peor. El subdesarrollo es implacable y no perdona, sin exagerar puede pensarse que no deja títere con cabeza.

            Uno de los temas que Padura roza sin llegar al detallismo maniqueo ni la desgarradura de entrañas es el de la presencia militar cubana en Angola como apoyo a la revolución en ese país africano (Los límites del amor). Sin patetismo muestra uno de los aspectos provocados por esa solidaridad combativa que (las buenas intenciones no siempre toman en cuenta todas las esquinas del círculo vicioso de la condición humana) olvida una cotidianidad más entrañable que se establece bajo el endiablado arponeo de un travieso cupido. El amor que ya ustedes saben es un lugar común que de tan común provoca desconfianza y tedio cuando la literatura intenta apresarlo entre renglones.

            En Mirando al sol la problemática juvenil se refleja con tal intensidad que si uno se descuida llega a pensar que está hablando de nuestras conflictivas realidades causadas por la pobreza, la injusticia, la corrupción político-empresarial que atestiguamos con inocente complicidad cobarde en el día a día de una numeralia de ajusticiamientos, desaparecidos y desfalcos con que la dominante clese gobernante luce trajes de impunidad a toda prueba, chaleco anti balas y coche blindado incluidos.

            Hay un cuento conmovedor, Adelaida y el poeta, en el que una anciana que asiste a un taller literario lleva su texto, in memoriam de un romance juvenil, que es vapuleado por el canibalismo de sus compañeros pero cuyo coordinador, Reinaldo, no se atreve al acompañarla hasta su casa a confirmar lo que le han dicho, al contrario la estimula para que siga escribiendo a pesar de la edad de la señora.

            Cubano al fin, no podía faltar un tema recurrente en la narrativa de la isla como Nueve noches con Violeta del Río, cantante que recuerda al mítico personaje de Guillermo Cabrera Infante, Estrella Rodríguez en Ella cantaba boleros de Tres tristes tigres. La cercanía llega hasta ahí porque Violeta termina con sus huesos en Miami exhibiéndose como su propia caricatura, la de quien alguna vez fue reina de las noches habaneras.

            El cuento que me conmovió hasta la más emputecida envidia es La muerte feliz de Alborada Almanza, quien al despertar siente que algo nuevo va a suceder en su vida, rompiendo la monotonía que la ata a una vejez de privaciones. Cuando se está bañando se le aparece Rafael, uno de los siete arcángeles, para cumplir uno de los ruegos de Alborada, quien lleva años solicitando ser liberada de la vida. El deseo se cumple. El arcángel Rafael está ahí para transportarla al cielo. El presentimiento de Alborada de que algo nuevo va a suceder se está realizando mientras oye los primeros acordes de Almendra, su danzón favorito. Es cuando Alborada descubre que en realidad no despertó porque ya había fallecido y eso es lo nuevo que le hizo recibir al nuevo día con relativa esperanza. La descripción del arcángel es parte de un sincretismo donde los mitos afrocubanos van entrelazados con los cristianos: Al correr la cortina del baño “Vio ante sí un mulato alto, fuerte, luminoso, completamente desnudo, al que le faltaban las alas que debía tener, pero que, entre las piernas, lucía un brillante músculo surcado de venas moradas, coronadas por un glande rojo y pulido,como las manzanas que otros tiempos Alborada ofrendaba a su querida santa Bárbara” (p. 147).

5.

            Como suele suceder y por respeto al auditorio y a mí mismo no me permito la insensatez de entregar conclusiones sobre Leonardo Padura y su obra porque como todo lector insobornable espero conocer sus próximas, obras si la supersobrevivencia me lo permite.

            Quiero sí resaltar algo que se soslaya con mucha facilidad. El hecho de que Leonardo cuestiona al regimen cubano desde el interior de la isla, participando y viviendo las cotidianidades de todos los cubanos que no han hecho del oportunismo arribista ni de la burocratización maniquea una forma de vivir entre el cinismo y la corrupción. Padura en su libro La memoria y el olvido, publicado por la Universidad Veracruzana en el 2015, en una de sus páginas confiesa sentirse defraudado y descreído del socialismo por todo lo vivido y conocido por él desde su inmersión en la vida socio-política y cultural de Cuba. Tal vez mi discrepancia con Padura radique en este punto. Dice que está desengañado ante los fracasos del socialismo. Por mi parte, pienso, a lo mejor soy más fatalista, que no puede haber tal desengaño porque hasta ahora sobre el planeta no hemos conocido la instauración de una verdadera sociedad socialista. Lo que conocemos o son distorsiones o son intentos, muchas veces fallidos, de construir el socialismo. Todavía nos falta mucho para saber cómo podrá ser vivir la plenitud del socialismo. Si de utopías se trata, además de ser escritor sigo pensando que el socialismo es una posibilidad de lograr una vida digna que aún no hemos construido y que por lo visto, mi generación no lo verá.

Y ya que empecé con unos versos termino esta cantaleta, no para incrementar el optimismo pesimista, con estos versos de Walt Whitman que bien puede ser una despedida fallida y a destiempo de las irrenunciables utopías que algunos escritores mantenemos obsesivamente, después de todo el escritor a lo largo de su vida sólo desarrolla dos o tres ideas, y por si fuera poco, bien confusas, dixit Juan Andrade Heyman. Escribió don Walter:

                        ¡Adiós mi Fantasía!

                        ¡hasta la vista, querida compañera,

                        amada mía!

                        Me voy, no sé a dónde,

                        o a qué fortuna, o si alguna vez te volveré a ver,

                        así que Adiós mi Fantasía.

Ahora sí ¡ya!

Villahermosa, Tabasco, noviembre 11 de 2016.

Nota:

* Fernando Nieto Cadena leyó el ensayo “Leonardo Padura, una voraz memoria sin futuro” en noviembre de 2016 dentro del programa de actividades de la FUL Tabasco Internacional, la feria editorial que promueve y avala la UJAT. En esa ocasión, me permitió una copia digital de ese texto con el deseo de proponerlo en algún medio que lo comprase y así ayudarse en lo económico.

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Fernando Nieto Cadena, poeta, ensayista y crítico cultural ecuatoriano. Nació el 29 de marzo de 1947 en Quito, Ecuador, aunque él siempre señaló en sus libros como lugar de nacimiento, Guayaquil, incluso sus amigos originarios de aquel país lo señalan como un “Guayaco” de sepa. En Ecuador, estudió literatura, fue profesor de literatura e inició su trayectoria literaria con el grupo Sicoseo donde comparte créditos con autores como Fernando Itúrburu. En 1978 llega a México y se suma al grupo Infrarrealista en el que participan autores como el poeta mexicano Mario Santiago Papasquiaro y el novelista chileno Roberto Bolaños, por otro lado, se integra al sistema de talleres literarios nacionales promovidos por el INBA. En 1979 arriba a Tabasco, lugar donde ha radicó desde mediados de los años 80 hasta su muerte, por lo que muchos le adjudicaron, entre bromas y veras, la ciudadanía “Ecuamex”. Publicó los libros de poesía Tanteos de ciego al mediodía (Guayaquil, 1971), A la muerte a la muerte a la muerte (Casa de la Cultura Ecuatoriana-Núcleo del Guayas, Guayaquil, 1973), De buenas a primeras (Guayaquil, 1976). En México inicia una nueva etapa con su libro Somos asunto de muchísimas personas (Joan Boldó i Climent, 1985), Mirar de lejos la nostalgia (Aguiluchos, Villahermosa, 1997) De última hora (Imaginaria, Guayaquil, 2003), Duro con ella. Antología (1971/1996). 25 años de fatigosa poesía (UJAT, Poetas de Hoy, 2003), A todo nada (IVEC, 2013), y, Sobresaturaciones (UJAT, 2014). Falleció de un paro cardiaco entre el lunes 6 de marzo de 2017 en Villahermosa, ciudad del sureste de mexicano, unos días antes de cumplir 70 años. Sus restos mortales fueron encontrados hasta el miércoles 8, incinerados el sábado 18, su cenizas fueron recibidas por sus alumnos.