Me contacté por vez primera (y última) con Fernando Nieto Cadena (Quito, 1947- Villahermosa, 2017) en el año 2006. Le pedí por la vía electrónica un texto para El escote de lo oculto, antología del relato prohibido (Báez Editores/ Libresa, 2006). Cuando le inquirí sobre el origen de su texto (que ahora adjunto como parte de este homenaje), me comentó que era parte de una novela inédita titulada Bulevar Manigua, que iniciaba una trilogía que continuaba con Mar de fondo y El adiós de Lupo Repetto.

Bulevar Manigua (subtitulado “Texto con y sin personajes”) presenta todas las preocupaciones temáticas de Nieto Cadena: la música salsa, los cabarets de buena vida y mala muerte, la errancia, la soledad y el exilio. Su personaje principal, Antón Sierra Brown, es un escritor que llega a la Isla (Ciudad del Carmen, Campeche) en busca de empleo como profesor universitario. La voz narrativa que dice lúdicamente ser Fernando Nieto pasa revista a las andanzas del catedrático por los bajos mundos de la Isla, como le llama al espacio citadino que busca recrear. Desde la introducción nos queda claro el juego metatextual:

Lo sé. Hay un tipo por ahí que se la pasa escribiendo sobre desamores y soledades bajo mi nombre. Debe ser un caso de homonimia o una poco y nada feliz coincidencia. Mucho de lo que escribe me ha pasado a la misma hora, en el mismo lugar y con la misma gente. Él, viviéndolas en su triste condición humana; yo, en lo que siempre he sido, personaje de mi única y propia novela, la que estoy ¿escribiendo? ¿viviendo? Que quede claro, nada tengo que ver con ese tal Fernando Nieto. Yo, al contrario, soy Fernando Nieto.

Este juego de descreimiento (¿soy o no soy?) está a lo largo de las casi trescientas páginas de esta obra construida a partir de una estructura episódica lineal.  Casi al final de la novela se hace necesaria una aclaración en la que se revela el juego pirandelliano de Fernando Nieto en busca de su autor.

Me veo en la imperiosa necesidad de apartarme de las historias que debo relatar cuando ninguno de los personajes por timidez o exceso de trabajo no puede continuar con la narración. Soy, ya lo adivinó, el narrador que entremezclo lo personal con lo omnisciente por la poca pericia del escritor, Fernando Nieto, al seguir las peripecias de uno de sus personajes, Fernando Nieto, quien sin disimulo ni pudor por momentos se abroga el papel, los colonizados dirían rol, de narrador autobiográfico.

Ese narrador que gusta de la autoficción se permite muchos momentos irónicos, sobre todo cuando se pone a repartir hostias a siniestra y a diestra como podemos apreciar en la siguiente cita:

Ah, y las florcitas de invernadero, qué tiernas y dulces al hablar de Kundera, Paz y Cioran; hacen muecas si hablan de Efraín Huerta o Juan Gelman. Confieso que he leído sólo a Huerta y eso porque en la prepa un maestro de los del 68 quiso –decía– desarrollar nuestra creatividad y nos obligó a leer un chingo de poetisos y poetitas de los que sólo me acuerdo algunos nombres y ningún verso.

El gran aporte de Nieto como narrador se da, sobre todo, en la expansión de los universos que ansía captar. El texto de largo aliento da espacio suficiente para sus obsesiones de lector erudito. Abundan los juegos librescos, las referencias a escritores y músicos en un relato que funciona como una cámara de incesantes ecos intertextuales.

No estamos ante una novela en el sentido tradicional del término. Si ni siquiera en su lírica Nieto Cadena siguió la normativa mucho menos en el género novelesco. Bulevar Manigua conversa con Entre Marx y una mujer desnuda (texto con personajes) del ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, publicado por vez primera en México, cortesía de Siglo XXI Editores, en 1976. El subítulo de Bulevar Manigua es, obviamente, un guiño al título de Adoum. Constituye también la constatación de un escritor que jamás se ciñó a los convencionalismos. Siempre estuvo experimentando, sea cual sea el género en el que incursionaba, inclusive estaba prescindiendo de la puntuación en su veta ensayística más reciente.

Bulevar Manigua es también la respuesta (o no respuesta) a la pregunta sobre la ciudad añorada.

Si alguien pregunta a Fernando Nieto qué es Guayaquil para él, con seguridad parafraseará a quién sabe qué poeta ruso diciendo que es como una mujer a la que no me alcanzará toda la vida para amarla.

Y en verdad no le alcanzaron sus setenta años para venerarla. Para él fue fundamental la interrogante sobre el terruño porque llevaba a todos lados su ciudad que aparece en cada uno de sus libros. En él divertía la ambivalencia con respecto de su verdadero lugar de nacimiento. Mientras su cédula de identidad señalaba que la capital de Ecuador era su lugar de nascencia, él vivía para desmentirlo. Las fichas biobliográficas de sus libros llevaron siempre la ciudad de Guayaquil como sitio de nacimiento. La verdad, habría dado igual si el poeta ecuatoriano Nieto se hubiera exiliado en Estados Unidos, España o Argentina. La atracción por la ciudad que dejó atrás no iba a dejar de estar presente, de una manera u otra. Disfrazará a Guayaquil de cualquier ciudad como sucede en Bulevar Manigua con Ciudad del Carmen, pero siempre estará entre líneas el son de Sicoseo, el grupo literario guayaquileño en el cual empezó a ejercer su discurso literario.

El regreso fue algo que siempre estuvo en la oralidad del escritor y fue el leit motiv de sus textos. Lo que hace fascinante este tema es la cantidad de exilios que vivió Nieto Cadena. Se exilió de Guayaquil en el D.F. y luego se exilió del D.F. en Ciudad del Carmen para finalmente terminar sus días en Villahermosa. Exilios dentro de exilios en los que la posibilidad de volver es absurda porque los destierros son circulares y permanentes. Nadie mejor que él para hablar de esto en Bulevar Manigua fechada “1992-1998”:

La posibilidad del regreso se va imponiendo como terapia existencial. Retornar es algo más que volver con maletas saturadas de vivencias. Catorce años. Con seguridad la ciudad que dejé ya no es la misma, los amigos ya no serán los mismos. Casi es como regresar a otra ciudad, a otro país. Tal vez mi familia siga siendo la misma. Lo que me preocupa es ¿a qué regreso? No por qué. Lo sé bien, sé por qué regreso. Mi regreso es una huida hacia el lugar donde un día fui feliz. Es una huida hacia la isla, ya no soy el de antes frente a los descalabros del amor. Prefiero la huida, el escape. Acaso lo mejor sea volver a mi ciudad con el desengaño y el desconsuelo acumulado en espera de lo que definitivamente nunca será. Y antes de que lo cursi se aproveche, mejor regreso y ya, vuelvo a las lanchas, a los ausentes cayucos de mi infancia. Regresar no tiene ningún encanto. Voy como si fuera un intruso que llega para seguir siendo el intruso que fui aquí. Me preocupa que ya no podré dedicarme de tiempo completo al quehacer literario. pensándolo bien ¿cuándo he podido dedicarme de tiempo completo a la literatura? Antes de salir de la isla todos mis trabajos eran secundarios, prescindibles. Lo reconozco, la posibilidad de regresar me seduce. Mi plazo para volver está fijado. Lo haré.

Ese retorno del cual habla el narrador nunca se concreta dentro o fuera del texto. Cuando avanza al siguiente exilio la voz narrativa ya ha dejado una estela mítica en el lugar previo. En su viaje lleva consigo jirones de ese estatus heroico y más temprano que tarde se convierte en un mito en el siguiente exilio. A nosotros también nos seduce la posibilidad de su regreso, sobre todo en sus libros donde siempre lo tendremos de cuerpo presente.

Nota:

El texto-homenaje “Nieto o el son que no cesa” es exclusivo para la revista cultural en línea puntodereunion.com.mx Marzo de 2017.