El día que me enteré de su muerte, salí a caminar por el centro histórico de Puebla. Entré a una pequeña cantina y pedí dos cervezas, sólo me tomé una y luego salí a caminar nuevamente por las viejas calles. Brindar por los muertos fue una costumbre que adquirí hace varios años de Juan de Jesús López, en el desaparecido Bruno´s. A veces caminar hace menos la tristeza, así que muchos fueron mis pasos esa tarde. “Ha muerto un amigo” le dije a alguien y tuve que caminar mucho para no llegar llorando a mi casa.

Cuando me fui de Tabasco en 2001, perdí mucho, la cercanía con mi familia, fui perdiendo poco a poco casi a todos mis amigos y como un efecto inversamente proporcional, me fueron saliendo enemigos, a muchos de ellos ni quisiera los he visto nunca, otros me saludan hipócritamente cuando me encuentran en las pocas veces en las que viajo a Villahermosa. Fernando-Nieto fue de los pocos amigos que conservé. Lo conocí hace muchos años, en 1999, cuando yo estudiaba en el CEIBA y él me daba clases de literatura para la prepa abierta. A mis compañeros de aquella época y a mí siempre nos agradó su ánimo cumbianchero, le encantaba bailar en todas las reuniones que organizábamos. Yo no sabía que era escritor, eso lo supe después, cuando me lo presentó como escritor Maximino García Jácome, junto con Teodosio García Ruiz, otro de nuestros entrañables a quien también echamos tanto de menos. Desde entonces varias veces platicamos la cerveza, desde entonces siempre fue generoso en sus lecturas. Debo confesar que algo en él me recordó siempre a mi padre, no sé si algo físico o ese su afán de desacralizarlo todo. Recuerdo alguna vez haber encontrado una antología en una biblioteca de Tlaxcala, allí estaba incluido junto a  poetas que ya eran grandes nombres en ese entonces, como Antonio Cisneros, a quien alguna vez le entregué sus saludos: “El gordo”, me dijo, “¿cómo está?”, “ese gordo es tremendo, ese gordo es mi hermano. Dale un abrazo”. Muchas veces Fernando-Nieto fue mi carta de presentación, como cuando estuve en la Fundación para las Letras Mexicanas, el Maestro Eduardo Langagne siempre me preguntaba por él. Bernardo Ruiz, también se emocionó cuando le dije que era mi amigo. De esa cercanía surgió la posibilidad de un libro  de Fernando en la UAM, el cual no sé si al final llegó a concretarse. También Fernando Balseca me preguntó por él ya no recuerdo dónde, pero sé que él dirigió una tesis de maestría titulada Fernando Nieto Cadena, le épica de lo cotidiano, escrita por Luis Carlos Mussó Mujica. ¿Quién es Fernando Nieto?, me pregunté muchas veces. ¿Por qué todos lo conocían? ¿Por qué se queda en Tabasco, para qué?

            Cuando comencé a publicar, siempre me pidió, generoso como era, mis libros. Todos se los di y nunca recibí de él comentario adverso. “Qué bueno que te fuiste, hijueputa”, me dijo alguna vez, en el bar El Malecón. Siempre me llamó la atención saber que él había sido maestro de varios de mis maestros de poesía en Tabasco, como por ejemplo de Teodosio. Y siempre lamenté nunca haber sido su alumno en ese sentido. Alguna vez le pregunté por qué no volvía a Ecuador: “Me han invitado varias veces, pero nunca me mandaron un boleto, hijuesuputamadre”, me dijo. Me daba la impresión de que huía de algo, que huía de sí mismo. Transterrado en el trópico encontró segunda patria, esa ciudad que ahora ya no es la misma sin él.

Ahora en febrero lo vi por última vez, la enfermedad no le perdonaba ni una, cada vez su cuerpo más deteriorado, cada vez más en los huesos, pero su alma intacta, con ánimo de fiesta, de que la noche fuera larga y etílica. Cuando supe de su muerte de inmediato reconocí su legado, su amor por las letras y su poco o ningún interés por la vida literaria que siempre pareció serle injusta. Ambos se desdeñaban y sin embargo, su legado existe, es prístino, legítimo y honesto, porque supo ser un maestro en toda la extensión de la palabra su legado deambula todavía por las calles en donde supo vivir su soledad de casa vacía, de noche sola, de íntima venganza contra quién sabe qué. Siempre sentí que su poesía era un río incontenible, harta de imágenes, una detrás de otra, el chicharrón, junto a la longaniza del taco, junto a la calle que nos echa a perder la tarde, un solo verso era su poesía llena de referencias cotidianas, casi el fluir del inconsciente, una cámara imparable que desde Guayaquil hasta los ríos de Villahermosa dejaba escapar su inocuo veneno. Su poesía nunca se cansó de mirar y nombrar el mundo sin pedestales, la mierda a un lado de la muchacha de caderas prodigiosas,  la cumbia junto al atardecer que a todos nos mata, poco a poco nos mata en silencio y sin sentido. Poeta de todas sus ciudades, su galope de interminable nostalgia, de ese huir de algo que nunca nos dijiste y ahora que tu huida fue perfecta y sin retorno, ahora que te moriste tan solo que dan ganas de llorar otra vez, brindo contigo, viejo amigo, pero ahora me tomo ambas cervezas, la mía desde esta vida que también cansa, y la tuya porque ni la muerte es motivo suficiente para desperdiciar un trago. Brindo contigo viejo amigo y ya ni sé si allá en la muerte podrás contestarme, pero te saludo desde esta ciudad en la que nunca coincidimos, te saludo con tus propias palabras:

Esta ciudad donde recalan mis huesos de diabético

mi cuerpo con una insuficiencia renal poco recomendable

esta ciudad es  así

                                y yo también

                                                      soy así…

 

 

 

 

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Álvaro Solís, Villahermosa, Tabasco, 1974. Poeta y profesor. Ha publicado libros de poesía en México, Costa Rica, España y Argentina. Poemas suyos se han traducido al francés, al italiano, al portugués, al inglés, al rumano, al macedonio y al árabe. Fue becario de la FLM y del FONCA como jóven creador. Ha recibido los siguientes reconocimientos: Premio Tabasco de Poesía "José Carlos Becerra" 2003, Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2006, Premio Clemencia Isaura 2007, Premio Nacional de Poesía Joven Gutiérrez de Cetina 2007 y el Premio Alhambra de Poesía Americana 2013 para obra publicada. Actualmente cursa el doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.