Quizá el más guayaquileño de nuestros poetas, aunque se defina como ecua-mex. Mejor deberíamos decir que Fernando Nieto (Quito/Guayaquil, 1947) es un guayaco de cepa, con todo lo que la palabra implica. Ha ocurrido un quiebre debido a su dilatada permanencia en México. Mi relación con Nieto se inició con la lectura de sus libros por los ochentas y un atento seguimiento a su carrera, aun cuando desde 1978 reside en tierras aztecas, primero en el DF, luego en Ciudad del Carmen (Campeche, en la Riviera Maya) y finalmente en Villahermosa (Tabasco). 

 

¿Cómo se hallaba el panorama de las letras cuando Fernando Nieto se iniciaba? ¿Cómo era el ambiente literario?

                El panorama, siguiendo el cliché, era municipal y espeso, aldeano. Mis inicios coincidieron con lo que se hacía en Colombia, el nadaísmo. En Quito los tzántzicos iniciaban sus rituales. Del ambiente literario poco recuerdo porque estuve en Quito donde fui a estudiar Letras, y caí en la especialización de Literatura del Instituto Superior de Pedagogía de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, amén. César Dávila Andrade, ninguneado en Ecuador se suicida en Caracas y da lugar al complejo de culpa de sus contemporáneos que lo endiosan tras descubrir su grandeza. En el terruño dominaban Hugo Salazar Tamariz, Carlos Eduardo Jaramillo, Francisco Tobar García, Efraín Jara Idrovo, Antonio Preciado, Rubén Astudillo, Euler Granda y Ana María Iza, para nombrar sólo los poetas que considero los más representativos de los sesenta. Jorge Enrique Adoum estaba fuera, pero por sus Cuadernos de la tierra era ya uno de los pilares de la nueva poesía ecuatoriana, para mí el mayor sobre todo por sus libros posteriores. A esto agrego las reuniones para discutir y canibalizarnos bajo la maldición gitana del ‘te leo si me lees’ que perpetrábamos amigos de la universidad como Julio Pazos, Raúl Pérez Reyes y César Cabrera. Mis años de formación cómo escritor corresponden a los de mis estudios universitarios. Leía mucho y de todo mientras conformaba mi particular lista de bateo de escritores, urbi et orbi, en la que irrumpieron de golpe y porrazo los poetas de la Generación Beat a través de la revista El corno emplumado. Mi percepción del ambiente literario estaba marcada por las clases y las discusiones en la PUCE donde el centro intelectual era Paco Tobar. Regreso a Guayaquil en 1970 y me integro a la fauna de eso que el buen Bourdieu llamó la reina de los mares, digo, campo literario, que no es otra vaina que el quítate tú para ponerme yo en ritmo de guarachita sandunguera.

¿Qué es lo mínimo básico que se requiere para que un poema pueda ser llamado tal?

Lo mínimo, la complicidad del ‘hipócrita lector’ que lee un texto que se le propone como poema y que por su eficacia comunicativa estética se le impone a su sensibilidad como texto literario. Lo menos que le pido a un texto es que tenga ritmo y me redescubra el mundo, la vida en cada uno de sus versos o párrafos, que me suene a es la primera vez que leo algo parecido y que al mismo tiempo me induzca o me provoque para pensar yo también puedo hacerlo. Por lo demás y como siempre la última palabra nunca sabremos quién la tiene así como nunca sabremos quién será el que apague la luz galáctica después de irnos.

Latía por entonces la esperanza de un gran partido que aglutinara los movimientos de izquierda. ¿Cómo sortear los peligros en que se puede caer al recorrer las temáticas amorosa y/o política?

Hasta 1978 nunca supe de la esperanza de contar con un gran partido de izquierda. Se vivía de prestado, de lo que sucede fuera: la mítica revolución cubana, la experiencia chilena frustrada por el pinochetazo, los heroicos combatientes siempre muertos (tal vez por eso siempre me pareció y me parece más admirable la figura de Fidel Castro –con todos sus errores y a lo mejor, gracias a ellos también paras desmitificar la sacralidad de los héroes– que la del Che, hoy pasto de playeras transnacionales. El peor enemigo de un militante de izquierda era el militante de izquierda de una secta distinta.

Nunca hubo problema para recorrer las temáticas que pensaba desarrollar. Como nunca le pedí permiso a nadie para escribir, si necesitaba expresarme a través de un texto de tema amatorio (siempre me deslicé hacia lo erótico rayano en lo porno) lo hacía con la única preocupación de resolver el problema poético de escribir un texto que mediante una exploración lúdica del lenguaje me permitiera comunicar mi percepción/recuperación de una experiencia amatoria, fallida o feliz/orgásmicamente consumada. Lo mismo con lo político: he consumido la política más allá del partidismo que me parece lo más pueril y vergonzoso del parasitismo y corrupción sociales.

¿Qué es Guayaquil? ¿Está esa ciudad diseñada o replanteada con igual fuerza en toda tu escritura?

Como sucede hasta en las mejores familias, Guayaquil es una invención más para alimentar y satisfacer nuestro imaginario colectivo y particular y no sentirnos huérfanos de historia. Lo que alguna vez vivimos y experimentamos como ciudad, en lo que a mí respecta, a fuerza de nostalgizarla se fue diluyendo entre saudades y recuerdos. En algún momento la ciudad de México me asfixió precisamente por mi añoranza de muelles y puertos, por lo que a la primera oportunidad fui a dar a una isla, ciudad y puerto y después a esta ciudad Villahermosa, donde resido. La semejanza de esa isla y esta ciudad con Guayaquil tienen que ver con el mar, el calor y una cultura que no puede disimular su influencia caribe. Creo que esto hizo que poco a poco el recuerdo de Guayaquil se diluyera sobre todo al saber que ha cambiado, que ya no la reconoceré. Esto explica el porqué el habla guayaquileña aparece en mis textos actuales más como referencia anecdótica que como vivencia. Escribo de mi cotidianidad, mi patria es la literatura, el lenguaje, y de Guayaquil cada vez me quedan sólo escombros y fantasmas lingüísticos además de unos amigos a los que todavía extraño.

Sé que muchas veces habrá salido el tema, pero ¿qué implicó el grupo Sicoseo, la publicación de su revista, las jornadas de charlas literarias y políticas?

Recordar Sicoseo me ha significado dos experiencias dolorosas de distinta naturaleza. La primera, leer la entrevista en El Telégrafo, de Fernando Artieda. Me dolió la atmósfera necrológica, la certeza de la muerte. La otra experiencia, leer el texto de un integrante de Sicoseo donde elogia a uno de los más nefastos empresarios políticos que la corrupción y la putrefacción sociopolítica pudo parir en la ultraderecha ‘orgullosamente’ guayaquileña. Me pregunto, y ahora con vergüenza, si la utopía que quiso ser Sicoseo se justificó cuando ahora se asiste al espectáculo de comprobar que el verso nerudiano es procazmente cierto, nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Es inevitable envejecer pero debemos luchar por envejecer con dignidad y no se diga lo que decíamos de otros: incendiario en la juventud bombero en la vejez.

Cuando hablan de los orígenes de Sicoseo se fantasea y se escamotea la realidad. La necesidad de mitificarlo todo hace que se haya originado en el café Montreal. Nos reuníamos en lo que se llamaba el café de la Casa de la Cultura, donde entre cafés, cervezas y whiskys que el administrador coreano se tomaba la molestia de ir a comprar a una licorera cercana, surgió entre varios amigos la idea de implementar un taller, según el proyecto que Miguel Donoso me dio cuando estuve una semana por primera vez en México en 1974. La primera reunión fue en casa de Carlos Calderón Chico, por el parque de la madre; después en casa de los hermanos Villavicencio (Solón y Gaitán). Esto fue después de largo rato de reunirnos en casa de Hugo Salazar. El grupo inicial fuimos Edwin Ulloa, Héctor Alvarado, Fernando Artieda, Carlos Calderón y yo. Luego se integraron Jorge Velasco y Hugo Salazar; por entonces Carlos Calderón ya no asistía a las reuniones. Cuando empezamos en casa de Solón, ya había salido el único número de la revista, y nos reuníamos ahí ya con Fernando Balseca, Raúl Vallejo, Cecilia Ansaldo y varias alumnas o compañeras de la Católica. Ya estaba integrado (además de los Villavicencio) otro sociólogo, José Luis Ortiz. Los tres buscaron enderezar la nave hacia puertos políticos. De lo demás, lo que hacíamos y deshacíamos, se ha repetido con cierta puntillosa exactitud, lo de puntillosa porque cada uno pretende o quiere ser el masmás de Sicoseo.

Lo del Montreal fue después de salida la revista; yo ya andaba por México. El Montreal era el sitio donde paraba Jorge Velasco y al que llegaban Balseca y Vallejo, luego se unieron Itúrburu (los Fernandos somos una plaga en la poesía guayaquileña). Los demás seguían en el café de la Casa de la Cultura. Lo del Montreal más bien responde al momento de la desaparición de Sicoseo.

¿Cómo eran las reuniones, concretamente en cuanto a las lecturas?

Las lecturas –literarias– eran dispersas e individuales, no hubo sistematización y se discutió poco: no buscamos construir una osamenta teórica para exhibirla sino más bien asumirla cada uno de acuerdo a nuestras particulares necesidades expresivas. Esto nos llevó a revisar textos básicos del pensamiento de ese viejo verde que fue Carlitos Marx. El problema es que para entonces Sicoseo estaba conformado por dos tendencias, la polítizadora (a su vez con varios polos) y la creadora. Uno de los imperialismos académicos ideologizantes de la época era el sociologismo como visión, percepción y explicación de la vida, la sociedad. Nos reunimos queriendo compaginar lo interpretación sociologista con la elaboración de textos literarios. Había algunos que no aceptaban del todo esa invasión extra-literaria y deseaban que en las reuniones haya menos política y más literatura. Las verdaderas discusiones e intercambio de lecturas se daban fuera de las sesiones cuando nos encontrábamos en el café o al amparo de unas libidinosas costillas en un local sindical frente al parque Centenario en su esquina noroeste (al margen, me acabo de enterar que ese lugar subsiste y siguen consumiéndose esas costillas, lo que me alegra ya que eso sí me entristecería si llegaran a desaparecer porque es una parte de mi ritual el ir en peregrinación a ese templo de la gastronomía ‘popular’ en caso de ir a Guayaquil). Cada vez me convenzo más que lo de Sicoseo fue más una aspiración de utopizar el presente porque el futuro siempre estaba a la vuelta de la esquina. Pienso que es en estos años cuando estamos viendo la verdadera obra de Sicoseo en novelas como la de Jorge Velasco, la de Raúl Vallejo sobre Medardo Ángel Silva y que de alguna manera esa pretensión, algo de esa pretensión, la están rescatando alguna de las promociones poéticas de los últimos años; pienso también que mi obra actual no ha roto del todo con esa pretensión, porque no he dejado de ser un obsesivo aprendiz de cotidianidades.

El bar Montreal cerró definitivamente. Y la última novela de Jorge Velasco, Tatuaje de náufragos, aborda esos personajes, espacios y tiempos de Guayaquil ¿En qué se ha convertido ese ambiente evocado (no sólo por dicho espacio, sino lo que implicaba)? ¿Se cierran metas de esa manera?

En lo que a mí me concierne la desaparición del Montreal no es la pérdida de nada. Como se dijo alguna vez cuando murió algún personaje barrial del lumpen de la Marimba, nada ha perdido la patria con la muerte de ese negro hijueputa. Así, nada se ha perdido que no sea la carencia para el devoto trasiego de cervezas en que se convirtió para algunos jóvenes y no tan jóvenes escritores ese lugar. Esta parte bebestible no la viví. Fueron otros quienes la vivieron y ellos podrán asumir el réquiem por el Montreal.

La novela no la he leído, ya estoy amenazado de que me la van a enviar. Sé que aparezco como personaje y no sé si sólo de manera incidental o más o menos protagónica (alguna vez Jorge me mandó un e mail diciéndome que iba a escribir esa novela donde yo sería personaje y que me iba a mandar unos cuestionarios para documentar mejor mi presencia en la novela, esto nunca sucedió). Sé que más de alguno de los integrantes de Sicoseo salen mal parados en la novela. Supongo es la versión personal de Jorge sobre eso, y por lo que sé su opinión ha sido negativa o despectiva de lo que fue Sicoseo, lo cual me parece respetable, después de todo su participación fue más de casi quinta columnista que de integrado. Lo cual no quita ni resta méritos a la calidad literaria de su obra.

Esos tiempos vividos bajo el aura cada vez más mítica de lo que fue, quiso ser y apresuradamente pudo ser Sicoseo, son pasto hoy de nostalgias donde cada uno a lo mejor busca encontrar sus huellas para empezar la cuenta regresiva rumbo a la nada.

Quienes participamos en Sicoseo, la mayoría, estábamos convencidos e imbuidos de que a través de esas reuniones se estaba haciendo (escribiendo) algo distinto y diferente a lo que se estaba haciendo do manso lame el caudaloso Guayas. Tal vez pecamos de ilusos y de mesiánicos pero creo que actuamos de buena fe. Que no supimos o no quisimos o no pudimos concretar esos ensueños ya es otro bolero que suena desafinado y eso, cada uno deberá responder y asumir las consecuencias.

¿Estás de acuerdo en que tu poesía puede ser leída como una épica de lo cotidiano? Dentro de ésta, ¿cómo se proyecta la música salsa?

Se trata de una épica intimista para describir/testimoniar la especiotemporalidad que vivo. De la exterioridad de mis primeros libros hay un salto no mortal pero sin red hacia la intimidad con una exacerbada y a ratos farragosa obsesión por el yo que en mi caso y no es ninguna novedad, es un yo colectivo y también muy personal, vaina que de tan obvia hasta da vergüenza decirlo.

Lo de la salsa surge de la búsqueda de una identidad más allá de la quejumbre conmiserativa de una historia falsificada con la que nos enmierdaron la existencia. Sin una historia verdadera a la cual asirnos (el cuento de la patria, lo dijo sabiamente Benjamín Carrión) cada uno tiene el derecho a buscar su identidad con las raíces con las cuales, precisamente, se identifica. La música afro caribeña ha sido y es una de mis obsesiones y tiene mucho que ver con ese nudo gordiano que es la guayaquileñidad –si existe algo que pueda y deba llamarse así. Los puertos son emporios de influencias multiculturales y Guayaquil no escapa a eso. La salsa, además, me ayudó a encontrar un ritmo expresivo, una tensión comunicacional donde la forma y el contenido son una realidad evidente más allá de cualquier teoricismo de manual estético. Y tiene que ven con lo popular (aclaro, nunca pretendí ni aspiré ni soñé llegar a ser un poeta popular, conste) y lo popular tiene que ver con lo estético-ideológico propio de todo lenguaje.

¿Cómo llegan a amalgamarse en la poesía (en tu poesía, quiero decir) los distintos elementos de la realidad extralingüística a los que se remite?

No estoy seguro haya elementos de la realidad extralingüística ya que para mí y no sólo para mí, lo única manera de vivir es a través del lenguaje por la necesidad gregaria de comunicarnos. En última instancia todo se reduce a una necesidad de expresión que debemos verbalizar so pena de enmudecer sin que la historia nos absuelva. Hablo de la responsabilidad y compromiso esencial de quien se asume como escritor. Supongo que pude realizar eso que llamas amalgamar haciendo lo que hace todo narrador y aquí entro en una de las posibles características de mi trabajo poético, eso que antes mencionamos como épica de la cotidianidad. Mi poesía tiene una fuerte atmósfera narrativa, lo cual no es nada nuevo decirlo. Esto supongo me permite hacer los diversos frankeinsticitos que son mis textos donde selecciono y a veces disecciono múltiples fragmentos de nuestras cotidianidades para que deliberada o inconscientemente se asuman y aparezcan como estancias de una sola realidad, la que interioricé y regreso exteriorizada a través de un lenguaje que trata de mantenerse en un constante y necio monólogo interior. Lo narrativo tiene su parte anecdótica que a lo mejor sólo para mí es significativa. En mis inicios, Paco Tobar insistía en que yo era narrador por excelencia; no sé si para desgracia o fortuna mía mis pasos me llevaron a la terquedad de querer demostrarle –en lo más hondo de mi enfebrecido inconsciente- que también era poeta, y encarnizadamente entablé una guerra a muerte (Ricardo Maruri alguna vez me escribió que la vida es a muerte, y estoy de acuerdo) con las palabras para que me acompañaran en este oficio de pesadumbres que Huidobro dijo es la poesía.

¿Qué cambios se dieron en el paso a México? En esta faceta mexicana también ha habido traslaciones ¿qué surcos dejaron estas últimas?

Los cambios, sospecho, son especialmente formales. Asumo como mi vehículo de expresión el verso largo que ya lo había empezado a utilizar poco antes de venirme a México. En este sentido, mi libro Somos asunto de muchísimas personas es la suma de lo que estaba escribiendo luego de De buenas a primeras y lo que empecé a escribir ya radicado en la ciudad de México que mostraba, pienso yo, los andariveles por donde iba discurrir en lo futuro. En este sentido Los des(en)tierros del caminante es un libro como ajuste de cuentas con la nostalgia, como si me hubiera dicho ya estuvo suave con la puta nostalgia, ahora estás aquí y no en Guayaquil, y por más que la nombres y añores no pasearás por las anchas alamedas, es decir, por los malecones, bulevares ni te perderás en la Villa Nati, Carlos V o en Casa de las Muñecas ni frecuentarás la cantina de Tiburón ni la del capitán Pedro. Fue decirme, a la mierda los recuerdos no hay más saudade. Ese fue mi aullido del cisne (esto es un homenaje a Mario Santiago). Después vino un texto largo, Contra las difamaciones de la carne, donde asumo de una vez por todas que mi lugar de residencia es México y que Guayaquil sólo era ya el escombro de ese amor de lejos. Por supuesto no he asumido todo el habla mexicano pero despacio e irremediablemente va apareciendo cada vez con más frecuencia con unas cuantas regresiones al habla guayaquileña de hace treinta años, no sé cuánto haya cambiado ni cuánto se haya enriquecido esa habla ente lapso. Y estas son, considero, mis traslaciones, las trastocaciones diría el reviejo filósofo Cocada.

Y sin embargo, dicen, sigo siendo el mismo aunque los referentes de allá los haya trasmutado por los referentes de acá, proceso que se intensificó cuando viví en la isla, ciudad y puerto del Carmen (esto del pomposo nombre no es vaina mía sino que los ‘carmelitas’ de pronto así la denominan cuando hablan o escriben sobre ella). El trópico, enseña el sabio docto doctor Perogrullo, es el trópico aquí o en la China. Es decir, busqué vivir en un lugar que se pareciera a ese terruño aunque sea para desmentir al romance aquel siempre tengo que escaparme y abandonar lo que quiero (citado de memoria, obviamente).

¿Qué actividades relacionadas con la literatura mantienes en México?

Trabajo y vivo en olor de literaturalidad. Doy clases relacionadas siempre con la escritura; incursiono por el terreno editorial, publico de vez en cuando en diarios o revistas hasta que la censura pretenda coartarme. En este momento coordino un taller de novela corta, imparto tres talleres individuales de poesía y según los calendarios de la Escuela de Escritores local me soportan con los módulos de Teoría literaria, Corrientes literarias contemporáneas y Ensayo en los diversos diplomados de la escuela, donde además coordinó su Centro de Investigaciones Literarias y doy cursos para titulación, en verano, en universidades cercanas a Tabasco.

¿Qué vías adopta la academia mexicana en materia de literatura?

Si bien con alguna frecuencia imparto cursos o participo en seminarios en universidades, no me asumo ni aspiro ni me engolosino con la pretensión de vanagloriarme como académico. Mis clases las comparto desde mi condición de creador, por lo que muchas veces según yo, desdigo a los teóricos con sus infumables malversaciones retórico-teoréticas. Los académicos de oficio y despotricio siguen a pie juntillas las modas intelectuales con embeleco de infante lactador de novedades de último ordeño. Bourdieu aparece en cualquier tesina de universidad aldeana, casi siempre mal digerido o digerido al apuro. El pretencioso retorcimiento de exótico elitismo a lo Harold Bloom también campea, lo mismo cuánto hay de novedad en las librerías o en los rincones de la internet para iniciados. Para que no me miren como a niño despistado cada vez que puedo pregunto a mis amigos que deambulan por los antros académicos qué se está rifando entre la gente bonita de amanecido pensamiento; después veo cómo hacer que esos libros lleguen a mis manos, aunque a veces me olvido y busco con frenesí de novio ensimismado los últimos discos aparecidos con la divina salsa en su interior.

¿Qué hay de las viejas pasiones, aparte de la salsa? ¿Qué del béisbol?

Cuando estaba en el Distrito Federal iba bastante seguido al béisbol, por lo menos una vez cada quince días. Aunque Villahermosa era antes únicamente beisbolera –su majestad el fútbol ya hace roncha por acá- hoy voy muy poco, llevo ya casi dos años sin ir a ningún juego de pelota entre otras cosas porque mis amigos de acá son tan pero tan intelectuales que odian la palabrita deporte, eso sí las visitas a los centros culturales nocturnos son más frecuentes aunque a mí y no es por puritanismo, ya no me hacen ninguna gracia, bueno, mientras no aparezca una mulatita que me haga olvidar mis malos pensamientos de ya no incursionar por estos laberintos de la nocturnidad transfigurados en caderamen y tetamen libidinales. Por desgracia la lucha libre cayó en mano de esa mierda que es Televisa y se jodió todo. Ahora sí debo reconocer que en el pasado y esto se refiere hace veinte años, la lucha libre todavía era el teatro popular más entrañable que he visto. Cuando estaba en el DF iba todos los domingos al Toreo de Cuatro Caminos donde se escenifican las luchas, ahí vi la despedida del Santo entre otros portentos. Y como siempre la vieja obsesión de siempre sigue intacta. Mi única religión son las divinas mujeres ante quienes uno no tiene más remedio, dice el cancionero, que adorarlas, esto, acercarse de rodillas al nalgatorio.

¿Cuán productivos son los encuentros literarios?

No sé si haya cambiado la medida, pero si de un taller literario sale un solo escritor la tarea está cumplida. No sé cuánto tiempo dura el proceso de taller en Ecuador. Aquí, cuando Miguel Donoso era el coordinador nacional de talleres, duraban tres años con sesiones quincenales de doce horas mínimo. Cuando se fue para Ecuador, rebajaron el tiempo a un año, supongo para alimentar las estadísticas y poder informar que –por supuesto- se había incrementado el número de talleres. Las sesiones en provincia ya no son quincenales, son una vez al mes y ocho horas de trabajo. Los talleres que imparto son semanales con un mínimo de tres horas por sesión. Todo esto para decir que sigo creyendo en la bondad de los talleres, incluso si el coordinador ejerce una influencia demoledora. Es cuestión de cada uno romper con ese predominio. Si no hay personalidad literaria no se podrá romper los cordones umbilicales con que algunos viven atados al coordinador. Si uno, como coordinador, se percata que no hay distanciamiento, pues uno mismo debe provocarlo ya que, si no se perpetra el sano parricidio intelectual, se creará una prole lastimosa de talleristas despersonalizados. Además, ya que de influencias se trata, debe dejarse de ver a las influencias como una enfermedad venérea. En literatura como en la vida no hay bastardismo, el hijueputismo no existe, todos tenemos más de una influencia y el taller, entre otras cosas, enseña cómo manejarlas.

¿Cómo te mantienes al tanto de lo que sucede en tu país?

Uno de los mejores y mayores inventos de la magia del hombre blanco es la internet; esto me permite acercarme a varios diarios de Ecuador para tener una idea de lo que está sucediendo y de los afortunados que son que no esté allá y viceversa. Además vía email, amigos y amigas me informan de la parte que no sale en los diarios. A partir de la presidencia de Rafael Correa la prensa mexicana se interesa más en Ecuador. Mis naufragios internéticos (no interniéticos) los hago pasando un día o dos.

Se habla cada año del asunto: ¿está en tus planes regresar al Ecuador?

En realidad no sé quiénes hablen de posibles planes para regresar al Ecuador. Una o dos personas tal vez, pero en cualquier caso siempre será un regreso en pisa y corre. Quiero decir que ni siquiera de paseo pienso ir. Si voy será porque me inviten a participar o estar haciendo algo durante un tiempo más breve que largo. En otras condiciones, no, tanto Ecuador como yo hemos podido sobrevivir sin reencontrarnos así que unos años más sin vernos no nos conducirá al martirologio. Con sinceridad no sé qué podría ir a hacer allá. Tengo la impresión que tienen la misma información que se puede tener por acá, el mismo acceso a libros, al margen de que ya existen editoriales privadas que, por lo que veo en las carteleras de libros de los periódicos, tienen un trabajo consistente y permanente.

Mi pregunta es ¿a qué volver? Veo que se mantiene la misma estúpida confrontación costa-sierra o mejor, Guayaquil-Quito, y por si fuera poco, un excremento político humano propugna el autonomismo (con la cobardía de no expresar que se trata de separatismo) de la misma manera como la ultraderecha lo plantea en Bolivia. Suficiente tengo con la ultraderecha mexicana.

¿Qué rumbos toma la poesía latinoamericana contemporánea? ¿Hacia dónde se dirige?

No tengo idea de los rumbos que puede tomar la poesía latinoamericana. No sé si la presencia, post mortem, apabullante y castrante de Octavio Paz siga prevaleciendo mortem como veo que prevalece no sólo en México. De pronto el oficialismo canonizador de vivos y vivillos hace que los muertos resulten a la postre y después de los postres buenos samaritanos. Presiento que todavía durará esa pereza mental que se disfraza de minimalismo para escribir presuntos poemas a cuenta gotas, poemitas que no son más que prosa interrumpida a destiempo para dar la impresión de versitos, todo para que el pobrecito descerebrado poeta no se agote, claro, pensando en el lector, dicen, debe ir a trabajar y le queda poco tiempo para leer.

Espero que el rumbo que tome no sea el marcado por las transnacionales editoriales que se empeñan con denuedo y entusiasmo en vendernos gatos y ratas por liebre. Desde hace mucho dejé de creer en los concursos, sobre todo de las ‘grandes editoriales’ que premian al autor de turno para promover la venta de sus libros. Claro, de vez en cuando premian obras realmente eficaces y eficientes, para taparle el ojo al macho y no vea como atracan a su amada.

Mi confianza es que la poesía siga siendo lo que fue y es. El reino donde las burocracias culturales nunca fueron tomadas en cuenta para dictaminar lo que va a trascender o no, donde los santones se mean de susto cada vez que la poesía incursiona como ángel exterminador por los nichos de la fama lograda a pulso de mercadotecnia y televisión. Cada poeta sabrá escoger su andarivel y treparse a los trenes subterráneos de su discurso para sorprendernos con la restauración del caos original que habita en nosotros. Por lo demás y no soy ningún pronosticador de horóscopos, pienso que la poesía seguirá manteniendo su llama flamígera subversiva y trasgresora como fue escrita antes, como se escribe y como se seguirá escribiendo mañana. Digo.

¿Todo tiempo pasado fue mejor?

Jamás. Al contrario, siempre que me despierto y descubro que sigo vivo sobre este planeta me digo y refuerzo algo que me motiva a continuar esta odisea de vivir, sin existencialismos de melodramática ramplonería, y ese algo es que mi consigna no es otra que la de que todo tiempo pasado fue peor. Así de simple y maniqueamente dicho.

¿En qué nos hallamos embarcados en estos momentos? ¿Qué hay de los proyectos narrativos de Fernando Nieto?

Lo primero es ya que no me preocupa saber si lo que escribo es poesía o es narrativa. Cuando leí Entre Marx y una Mujer Desnuda de mi siempre querido y admirado y ¿por qué no? venerado maestro y amigo Jorge Enrique Adoum (esta expresión de maestro y amigo es una apropiación de un lugar común mexicano), empecé a sospechar que a eso de ‘texto con personajes’ se reduce la escritura con un levísimo aporte que hago de que lo que escribo son textos con y sin personajes. El vehículo cada vez más absorbente es el verso largo, larguísimo que incluso rompe con la dialéctica versicular y coquetea descaradamente con la prosa narrativa. Versículo que conserva la ausencia de puntuación que casi desde mis inicios he perpetrado, precisamente para exigirme la búsqueda y sostenimiento de un ritmo sincopado verso a verso. Esta ausencia de puntuación ya la trasladé a textos pensados como narrativos como un cuento, Sonido Bestial, publicado en un diario de Villahermosa. Ahora estoy explorando escribir mis futuros ensayos también sin puntuación, tal vez como un sinuoso, retorcido y anacrónico homenaje al John Cage de sus conferencias y creo también de sus partituras. Y no descansaré hasta que cuestionarios como este los escriba también sin puntuación.

Escribo mucho y publico poco. Tengo más de treinta libros de lo que vulgarmente se etiquetan de poesía, tres presuntas novelas que por las continuas correcciones y versiones que hago de cada una están condenadas a desaparecer de mi computadora, además ningún editor se ha interesado por publicar esa poesía y esas ¿novelas? Esto me permite decir una preocupación. Alguno de mis amigos me dijo que se estaba preparando una antología de mi poesía para publicarla en Ecuador. Mi preocupación va por lo siguiente, lo que se conoce de mi obra es lo que se publicó en Guayaquil, es decir, algo así como la cuarte parte de todo lo que llevo escrito como poesía; ergo, si es verdad ese buen chisme que me dieron ¿qué clase de antología será? Bueno, si es que es cierto tal proyecto y no alguna despistada broma macabra. Esto último, porque nadie pero nadie me ha escrito formalmente para plantearme esta vaina, digo, para allegarse copias internéticas de todo lo escrito a partir de 1986 (los des(en)tierrros fueron escritos entre 1982 y 1985). Lo último que escribí se llama Rumores de Yatuvés, texto de setenta páginas tamaña carta a renglón seguido en catorce puntos times román, márgenes de 2.5 cms. por cada costado. Lo concluí a mediados de diciembre. Ahora empecé Memorial del Nómada y ya van trece páginas. De paso, escribo mucho y corrijo muchísimo más, cinco páginas las reduzco a una en promedio.

En fin, la dolorosa certeza de Fernando Artieda de que escribirá hasta el día de su muerte quiero compartirla y ampliarla con otra, una más de mis consignas y acaso la más reconfortante, ¡poesía o muerte, escribiremos!

 

                                                                                                   Marzo de 2010