Fernando Nieto Cadena platica a la distancia Fernando Itúrburu

Tu poesía empieza a ser conocida durante los años 70, alrededor del trabajo del grupo Sicoseo. Pero eso, en cierta medida, es el resultado de un proceso que se venía dando desde los años 60. En tu caso, cuáles son las fuentes personales, artísticas, ideológicas e intelectuales que estructuran ese proceso que desemboca en Sicoseo.

De golpe, sin anestesia, caer otra vez en los recovecos de una nostalgia prehistórica, me convierte en el animal memorioso y sentimental de siempre, porque contestar la pregunta casi me obliga a realizar un inesperado ajuste de cuentas (y cuentos) con algún olor a testamento pre-rigoris mortis o como se diga en la jerga de los anticuarios con el latinajo a flor de labios. Sea.

 Se supone que debo ponerle orden a la saudade.

  1. a) Sobre las fuentes personales. Una mujer, Doris, bailarina por entonces (el entonces se refiere a los años 60 o 61, en mis años de adolescente con ojos boquiabiertos) estrella del Candy Boite Club (simple y llano cabaret de puerto con una que otra influencia escenográfica de película mexicana a lo Juan Orol) me dijo que yo tenía cara de poeta. Ofendido en mi más insidiosa pubertad le contesté con el machismo ya atesorado a mi destierna edad que a mi nadie me decía marica (todo esto al amparo de los amigos de la neivi nativa que para evitar me haga cura –decían- por estudiar en el colegio San José, La Salle, me llevaban a esos centros culturales nocturnos para que las féminas me iniciaran en los embelesos de la cumbia horizontal. Después, romance más o menos febril, ella me prestó libros de poesía porque curiosamente leía poemas que por supuesto iban del medroso Bécquer al edípico Acuña por aquello de ‘en medio de nosotros mi madre como un dios’. Entre esos libros me prestó uno que me perdió para siempre, Los heraldos negros. Doris me explicó, teoría y práctica, la vida de los poetas y que las costumbres hormonales nada tienen que ver con este oficio que sí me gusta, matantirun tirulán.
  1. b) De las fuentes artísticas que por lo mismo son ideológicas e intelectuales. Por la edad risueña antes mencionada ya era un lector más o menos voraz de todo cuanto pudiera ser susceptible de leerse, desde los clásicos ilustrados de Novaro Editores, Barrabases, Life, Okey, Ecrán, El llanero solitario, Tarzán, Superman y todos las historietas posibles que llegaban a un puesto de revistas a cinco metros del hogar dulce hogar. Para entonces ya me había leído todo el acerbo –que por lo visto no era mucho- de una librería infantil que el municipio puso por la esquina noroeste del parque Centenario. También por esa época había leído y me había atormentado sin saber por qué con las Poesías escogidas de Medardo Ángel Silva en la edición francesa con prólogo de Gonzalo Zaldumbide (lo de Medardo, marcó más que mi poesía mi visión de la vida por ese pesimismo que dicen quienes saben que se parapeta en mis textos. También leí Motke, el ladrón de cuyo autor nunca he logrado saber ni recordar su nombre. Mi tío paterno me regaló El muro de Jean Paul Sartre que contribuyó a incrementar mi confusión general y mi incipiente pero ya creciente desdén por el mundo establecido que para entonces se resumía en la autoridad civil, militar y religiosa. Después cayó en mis manos un libro de un francés de quien tampoco recuerdo su nombre pero si el título de su libro, Corrientes filosóficas contemporáneas, un estudio sobre el marxismo, el existencialismo y el personalismo cristiano. Al rato leí Sobre la educación de Nina Kroskaia –o algo así, luego supe que fue la esposa de Lenin. Paralelamente un amigo militante de urje (unión revolucionaria de la juventud ecuatoriana) me invitaba a su casa por las noches para escuchar los discursos maratónicos de Fidel Castro que Radio Habana transmitía tras el triunfo guerrillero. Todo esto mientras devoraba los cuadernillos de poesía de Simón Latino que me puso en contacto con los principales poetas latinoamericanos, donde el inefable Neruda incluido junto a Porfirio Barba-Jacob o José Asunción Silva me entusiasmaban mientras iba descubriendo a Euler Granda, Jorge Carrera Andrade, Alfredo Gangotena y en un suplemento, creo de El Universo, Un hombre muerto a puntapiés de Pablo Palacio, y en Vistazo sale un reportaje sobre los Tzántzicos a pretexto del Café 77. Justo terminó mis estudios secundarios y me trepó a Quito para estudiar literatura en la Universidad Católica, donde me encuentro con Raúl Pérez Reyes, Gustavo Cabrera y Julio Pazos. Los dos primeros tuvieron prisa en fugarse de la vida, sobre todo Gustavo que se fue a comienzos de los setenta. En la universidad conocí a Francisco Tobar García, con quien tuve alguna desavenencia política y a quien nunca pude agradecerle por todo lo que aprendí más que en sus clases en su poesía. A él le debo mi acercamiento a Rilke, Novalis, Hölderlin, Stefan George, Takl, Michaux (Gangotena de por medio),Ezra Pound, Eliot, Oscar de Lubicz Milozs, Ungareti, Seferis y el Ulises de Joyce y Contrapunto de Aldous Huxley y la Feria de vanidades de Thackeray y, dicho en términos mexicanos, un rechingo de obras como Cien años de Soledad y Paradiso, a pocos meses de haber salido de las editoriales y a escritores como Borges, Cabrera Infante, Juan Lizcano, Leopoldo Marechal, Vargas Llosa, Rulfo y valga el lugar común, muchos más. Rayuela la leí en el 66 por culpa de un amigo de Gustavo Cabrera que fue a México donde vivía un pintor ambateño amigo suyo y regresó entre otras cosas con ese libro y la revista El corno emplumado. Por culpa de esta revista supe de la generación beat, leí fragmentos de Aullido, disfruté ya por mi cuenta de En el camino de Kerouac, de los nadaístas colombianos (de ellos supe por una maestra de Estilística que provocó mi primera lectura pública como poeta ante mis compañeros). Y así, en abril de 1970, regresé a Guayaquil, para iniciar el primer cierre de mi turno al bate que dio lugar a Sicoseo de breve pero enjundiosa memoria, sobre todo por lo que no hicimos (o no fuimos capaces de hacer) aunque eso sí nos sicoseamos y sicoseamos sabroso el mate entre cerveza y cerveza para descomponer el mundo que ni siquiera se dio por aludido. Fin de la primera llamada.
El eco de un tambor
El eco de un tambor

Dentro de ese proceso, qué importancia tuvo y tendrá (luego ya, en Sicoseo, en el FADI –Frente Amplio de Izquierda-, el Frente Cultural) la política, el marxismo, las dictaduras militares y el rol de lo que Gramsci llamaba el intelectual orgánico? ¿Y de qué manera tus poemas se ven afectados por esas coyunturas?

Bueno, creo que nuestro comportamiento era más de intelectuales orgásmicos que orgánicos, con un venturoso ingenuo romanticismo presuntamente de intelectual comprometido, a la manera de un siempre mal asimilado Sartre, en espera de tropezarnos con la revolución a la vuelta de la esquina estando muchos de nosotros (ah, los de entonces que ya no bebemos ni escribimos la mismo) de regreso de donde nunca estuvimos. El candor juvenil dirían los abuelos.

De pronto me vuelvo a encontrar sicoseándome el mate para descubrir a balón pasado cómo la cuestión política se empiernó con mi trabajo literario.

Desde hace mucho, desde que asumí mi elemental  y primitiva condición de pobrecito poeta (a la manera del fraterno Roque Dalton), algo así como un desescritor de cotidianidades, mi consigna existencial ha sido que todo tiempo pasado siempre fue peor. Trato de recordar y me encuentro que en realidad quiero saber si existió algo que de manera tan solemne, grave y almidonada respondió al membrete de fadi, como casi todo, imitación servil de lo que se hacía en otros territorios, Uruguay concretamente. Lo del Frente Cultural fue una vaina de la gente abrigada por La bufanda del sol, a la que Sicoseo correspondió por aquello de que también los guayacos nos vestimos con las modas de la culta izquierda que oraculizaban el advenimiento triunfal de esos tiempos que el delirante/hilarante (hoy lo sabemos) Bob Dylan proclamó que estaban cambiando. Y ya hemos visto cómo cambiaron. Eran los tiempos gozosos cuando el Che todavía no era una camiseta de consumo de post adolescente clasemierdero y hasta nos creímos que la palabra, la poesía era un arma de combate sin percatarnos de la admonición anticipativa de lo dicho por Alberti a través de Serrat, se equivocó la paloma. No porque haya sido un error abrazar el marxismo y abrasarnos con sus enseñanzas que no pudimos, no quisimos o no supimos vivirlas más allá de la pose a lo pensador de Rodin que tanto disfrutó mostrar como el mejor perfil de nuestra infantil (Lenin al bate) militancia de intelectuales con pretensiones de bocineros de los desheredados, ay, de la fortuna, uf.

Eduardo Galeano alguna vez dijo que los asumidos como intelectuales de izquierda por nuestra propia cuenta y vanidad nos convencimos que el pueblo (esa entelequia que nunca comprendimos bien qué denotaba el vocablo) no sólo era mudo (por aquello de prestarle la voz) sino también sordo ya que nunca escuchó nuestras iluminadas palabras y siguió votando por sus explotadores de ayer, hoy y siempre. Sólo que ese indescifrable pueblo ni era mudo ni era sordo. Sucedió que no servimos para ser la conciencia crítica de nadie porque ni siquiera supimos ser conciencia crítica de nosotros mismos.

 Esto resume, supongo, y explica por que escribí lo que escribí y cómo lo escribí y por qué ahora escribo lo que escribo y por qué escribo cómo escribo. Tal vez esto me salvó de caer en el panfleto y me evitó la vergüenza de escribir loas y advenimientos de insurrecciones triunfantes a punta de versos bien intencionados para conmover a los comisarios de turno.

 Cada vez que puedo repito lo que el enfebrecido Hölderlin mascullaba en sus repentinos saltos a la cordura, para qué poetas en tiempos de miseria. Todo mi trabajo literario pretende ser más que una respuesta a esa pregunta, una constante indagación para descubrir para qué la poesía en un país como el nuestro, dolarizadamente corrupto, derrotado por la mediocridad cobarde de los cobardes mediocres. Lo de dolarizado no significa que sólo a partir de la dolarización la clase gobernante-dominante (para usar un viejo memorable estribillo de aquellos edénicos tiempos cuando aspirábamos a ser algo así como los animales puros entre los políticos animales del aforismo aristotélico) sea corrupta. Siempre lo fue, desde mucho antes de inventarse a nuestro paisito de bolsillo.

 Aunque siga siendo cierto eso de que nosotros los de entonces ya no somos los mismos (reprise nerudiano), lo que alguna vez dijo Willington Paredes sobre mi poesía es justo recordarlo, es como hacer un hueco en la cotidianidad para mirar hacia dentro de la cotidianidad (más o menos sic). Si mi trabajo siempre ha rondado las esquinas de la cotidianidad es inevitable que eso que de algún modo reconocemos como realidad exterior ha dictado, determinado, impuesto, sugerido mi escritura. En los años setenta cuando padecimos las ridículas dictaduras de pacotilla, mi poesía respondió a ese avatar (para usar la palabrita que tanto onanizan los felizmente filosófica-política-poéticamente correctos).

 Si de algo presumo y conservo de aquellos fundacionales (je je) tiempos sicoseantes es mi capacidad para seguirme indignando ante los desmierdes del mundo, conservo casi intacta mi capacidad para pelearme y buscarme enemigos por el simple hecho de contradecir la estupidez humana cuando osa tropezar conmigo. Como quien dice, desde mi más temprana edad eso que llaman inteligencia emocional la mandé al carajo. Y en esto algo o mucho tuvieron que ver los no muy sacros textos marxistas que me convirtieron en la oveja roja de mi familia.

Esto nos lleva a plantearnos cómo los filtros del mundo exterior se tradujeron en los filtros poéticos de tu trabajo, cómo el mundo circundante fue también el mundo poético. ¿Hasta dónde el cartelismo, hasta dónde la proclama en tu poesía? ¿Cómo la diferencias de poemas declarativos y simples reproductores de lo externo?

Uno de los textos que determinaron mi percepción de la vida para el intento de elaborar mi personal cosmogonía poética, oh la la, fue La feria de Juan José Arreola. Se sumó a lo que percutía en mi sicoseado cerebro a partir de los textos de Joyce, del Trilce vallejiano y los cantares de Ezra Pound. Todo este revoltijo junto a Rilke, Seferis, Aimé Cesaire, algo de Neruda en sus residencias terrestres y la desmesura de los beats, se confabularon para que mi poesía asumiera un cierto exteriorismo, a la manera de primer Ernesto Cardenal, y se ocupara en recuperar viejas adolescentes obsesiones donde el tañer de timbales, congas y bongós -sin haberlo sabido- percutían lo que devendría mi pertenencia y presencia en estos costados del planeta. Por abrazar y abrasarme en las indagaciones afrocaribes, uno de los cuestionamientos que me hicieron fue que siendo un blanquiñoso de mierda cómo podía apropiarme de la tradición musical afrocaribe. En un extremo racista a la inversa, que eso era vaina de negros no de blanquiñosos. Puerilidades aparte, no creo haberme revolcado –literariamente- en el cartelismo, para sufrimiento y desespero de algunos comisarios del manualismo marxiano que vieron y deploraron en Sicoseo, por aquello de la divina salsa, una expresión de colonialismo cultural, vaina que sólo sus anteojeras partidistas de revolucionarios a la vuelta de la esquina les hizo ver. Lo que hubo, supongo, o mejor dicho hay en mi poesía, la de entonces y la de ahora, es una testificación del tiempo vivido con algo, para no desdeñar viejos membretes, de conciencia social atestiguadora del desmadre colectivo que es nuestro narcisista subdesarrollo político, económico, cultural (en su noción vulgar como sinónimo de producción artística) y mental. Los de entonces eran poemas exterioristas (si algo denota esta palabreja, un poco a la manera de Cardenal y Nicanor Parra). Ahora, pienso, son intimistas pero curiosamente su forma es un tanto épica en el sentido de pretender construir una epicidad que rumie las entrañas más íntimas de una intimidatoria cotidianidad no siempre lo suficientemente existencializada. Tal vez por eso se piense que soy reiterativo, porque reincido una y otra vez en hurgar aquello que menos conozco, los múltiples yos que se ensimisman y empecinan en resucitar el cadáver que alguna vez llegaré a ser. No creo necesario insistir en que si es cierta la afirmación ortegagasetiana del ser y su circunstancia, han sido precisamente las circunstancias de una asordinada vida azarosa la que dicta todo mi discurso poético, si no resulta excesivo y agobiante presumir de un discurso personal no intransferible.

Ya en Sicoseo ¿Cómo se redefinió tu trabajo poético, qué cambió en tu persona privada y artística? ¿Qué valor le das al breve lapso que duró el grupo y, no obstante, dejó algunas cosas expuestas en el tapete?

Más que una redefinición de mi trabajo poético, Sicoseo fue un punto de partida para esclarecer el cómo y por qué de un discurso que trastabillaba sin encontrar una tradición que no sea la complacencia perdonavidas de la mediocridad asfixiante. La fugacidad de Sicoseo sirvió para desolemnizarme y mirar con desconfianza la vocinglería retórica, municipal y espesa de esos tiempos que supongo fueron iniciáticos en más de un sentido para quienes intentábamos encontrar una personalidad más allá del provinciano aplauso que se regodeaba con el recuerdo de los tótems nutricios de una ecuatorianidad nunca demostrada su existencia pero autosatisfecha en su lamentación acomplejada. En realidad me ayudó a faltarle el respeto a los nombres y mitos consagrados y definitorios dentro de eso que ahora la moda llama canon y que no ha sido más que una triste procesión de nichos mortuorios bobaliconamente venerados. De pronto descubrí que no tenía un pasado al cual asirme por lo que debí fabular una tradición fuera de la patriótica histeria historiográfica y encontrar apoyos en literaturas que después de todo nunca fueron foráneas si es cierto eso de que la patria de los escritores es el lenguaje. Contradictoriamente tal vez fui excesivamente cartesiano en eso de la duda metódica aunque en realidad para mí la consigna precisa nunca fue el cogito ergo sum sino el coito ego sum. Sospecho que lo más relevante de Sicoseo fue que mantuvimos durante algún tiempo, unos más otros menos, una actitud algo homogénea ante la literatura que por entonces fue también una actitud ante la vida. No duro mucho porque la vida es intransigente y se dedicó a cooptarnos, también a unos más y a otros menos, dentro de ese carnaval de vanidades bien administradas que presuntamente es lo que de alguna manera llamamos carrera literaria, como si fuera una carrera de galgos tras la liebre sinuosa de la elusiva abusiva posteridad, es decir, la fama y sus oropeles grandilocuentes. Por otra parte Sicoseo me ayudó a autoconvencerme que la única manera de escapar al enmohecimiento literario era escapar del solar nativo para desde lejos asistir a la parodia de país donde nacimos, sumido en un país (aquí donde he decidido quedarme) que como bien se sabe tampoco canta mal las rancheras de la mixtificación social.

Has mencionado “timbales, congas y bongós”, luego hecho mención a un “ensimismamientos de yos”. ¿Por qué esos referentes culturales? ¿Por qué la salsa y lo afro (o africano) si, viniendo como vienes, del trópico ecuatoriano, y de Guayaquil más concretamente, en esta ciudad los contribuyentes son también indígenas andinos, montuvios (o montubios), es decir, del campesinado costero, que no es precisamente negro? ¿Qué es lo que te permite asumir lo afro en relación a la indagación interna de esos “yos” que mencionas?

Te decía que de pronto me encontré con que no tenía, literariamente, un pasado al cual asirme por lo que debí inventarme una tradición fuera de la histeria patriotoide. Uno de mis descubrimientos, vía la revisión de ese cuento de la patria, fue el hallazgo de unos recuerdos infantiles donde la música afrocaribe era el armazón de unas noches marcadas por las películas mexicanas de los años cincuenta, cuando Ninón Sevilla y María Antonieta Pons, entre otras rumberas, eran las diosas tormentosas de mi futura búsqueda de una identidad cultural fragmentada. Aquí lo chévere de todo es que fueron películas no vistas sino oídas. En la primera mitad de los cincuenta mi familia vivía en Lorenzo de Garaicoa entre Aguirre y Clemente Ballén (si nos le han cambiado el nombre a esas calles). La pared trasera de la casa colindaba con la parte trasera, justo por ahí debió estar la pantalla, del cine Apolo, sito en la calle 6 de Marzo hasta el incendio punitivo con que el público soberano redujo a cenizas (al cine Apolo, no a mi casa; dicho sea de paso, no sé si todavía a los cines se les sigue diciendo teatro) porque el capitán del ritmo, don Daniel Santos, no pudo cantar gracias a una excesiva dosis de alcohol y marihuana –dixit la voz de dios o sea la voz del pueblo que nunca miente. Bueno, sucede que mi dormitorio quedaba en la parte de atrás de la casa por lo que estuve condenado a escuchar todas las películas que pasaban en ese cine y de paso a los artistas que se presentaban en los intermedios de las dos películas que usualmente se pasaban entonces en las funciones de matiné y noche. Después supe que esa música era música de negros, una música que me cosquilla los pies cuando los tambores reclaman el imperio de una sensualidad aún no descubierta. Por otra parte, dentro de la blanquiñosidad familiar mi mamá era la negra por su piel acanelada que de alguna manera me hizo pensar, conocidas las leyes mendelianas de la herencia, que algún niche berraco en alguna lejana generación de los Cadena Gudiño se empiernó con alguna antepasada mía, o acaso fue un antepasado que pasó por sobre el ardoroso cuerpo de una morena del valle del Chota (la sección materna de quien soy proviene del Imbabura, de Atuntaqui). En fin, nunca me interesó la arqueología familiar ni me preocupé de establecer ningún árbol genealógico. Sospecho que por algún costado de la sección materna de mis apellidos la negritud se coló. Esto lo asumí como explicación de por qué al escuchar esa música me tamborilea el corazón y me arrastran esos tañidos hacia una necesidad de soñar en una edad feliz –que no es la martiana- donde agazapados tótems nutricios tratan de resucitarme una herencia desteñida por el tiempo. A partir de esto la posibilidad de instalarme en la comodidad de un yo único, irreversible e intransferible se perdió para siempre. Así empecé a desarrollar mi propio exilio, existencial y literario, para arroparme con los yos necesario para ir articulando un discurso presuntuosamente personal, como si tal despropósito fuera posible en tiempos como los nuestros, bárbaramente poéticos –dixit Cardenal. En lo que se refiere a Guayaquil. Alguna vez el lexicólogo cubano Juan José Arrom (desde antes del triunfó de la revolución vivió en Nueva York, donde murió hace ya algunos años que cada vez son muchos más) durante una charla en La Habana me confirmó que la zona de influencia cultural del Caribe llegaba por el Pacífico, en América del Sur, hasta Guayaquil. Sigo pensando que llega hasta Moquegua, al sur del Perú, pero si él lo decía quién soy yo para contradecirle. Todo esta vida fuera de Guayaquil me ha ratificado que Guayaquil, a pesar de estar en el Pacífico es un puerto caribe. Como sabes nadie ni nada, en vainas de cultura y razas es químicamente cien por cierto puro. Cierto, hay una presencia andina en lo que podríamos llamar como, doblemente entrecursivado, cultura guayaquileña. Sucede pues que si bien lo de la identidad es inevitable y quiérase o no uno debe asumir su pertenencia a una identidad, yo, en pleno derecho de mis muy personales-egoístas-contradictorios-irracionales derechos que me imagino algo tienen que ver con mi libre albedrío, decidí alguna vez que el rasgo de mi identidad cultural como guayaquileño –ojo. guayaquileño digo, no ecuatoriano- que privilegio como factotum de mi ser y estar sobre este planeta es la parte tangencial o diametral que tiene que ver con la afrocaribeñidad. Si esto no convence, molesta o resulta incomprensible para algunos alguienes embadurnados por el cordón umbilical de la patria equinoccial y su tricolor bandera de oro azul y grana, peor para ellos.

Tienes referentes culturales y literarios nacionales e internacionales, locales y clásicos, de la “alta y baja” cultura. ¿Cómo describirías tu trabajo en el contexto de esas influencias? ¿Qué es lo nuevo que tú crees ofrecer a Ecuador, a México, a tus lectores y a ti mismo?

Supongo necesario para ir entrando en calor recapitular un poco y enfatizar algo más sobre uno de los nombres que mencioné antes, el de James Joyce, de quien suelo decir para remarcar lo mucho que le debo literaria y vivencialmente que me copia mucho. Así resumo y presumo una de las más fuertes influencias que he recibido, asumido y espero que asimilado.

La otra es la de César Vallejo. Hay una que ha pasado desapercibida en Ecuador, fuera es lógico que no pudieran detectarla. La de Medardo Ángel Silva, que para muchos podrá resultar contradictoria pero es la que marca esa visión realista que los normales y políticamente correctos llaman pesimismo en mis textos y que no es otra cosa que intentar la vieja enseñanza de Pablo Palacio, el descrédito de la realidad presente o, regresando al reviejo joven Joyce, evidenciar la futilidad y anarquía –yo diría irracionalidad deshumanizada- de la historia contemporánea como dictaminó Eliot al reseñar el Ulises por todos –casi todos- venerado. Supongo que lo novedoso de mi propuesta fue el hecho de pedir prestado ciertas voces y ambientes de los llamados marginales para instaurar un discurso lejano a las complacencias de los hedonistas y estetas por resentimiento y confusión sociales. Por un lado fue la comprensión de exilio –autoexilio sería más preciso- que se me vino de golpe sin carnaval ni comparsa tras el saqueo a mansalva que hice de los textos joyceanos que desde más o menos 1967 cayeron por mis manos, siempre en fragmentos. En el descubrimiento de Joyce, nuevamente la culpa fue de Paco Tobar, quien me prestó la versión argentina de la editorial Rueda del Ulises. Para completar esta zona de agradecimientos debo apuntar que también a Paco Tobar debo la lectura de Bajo el volcán de Malcolm Lowry, por 1968. Después conseguí Dublinenses y el Retrato de un artista adolescente, el texto previo de Stephen Hero, otra versión previa más del Retrato y otra más versión previa del Ulises, todo por vía de la Editorial Rueda. Después leí Exiliados en Seix Barral, Música de Cámara en Visor y las Cartas a Nora, Premiá Editores. De Finegans Wake sólo tenía datos, referencias y la presunta constatación de la imposibilidad de verlo traducido, por lo que en México pude comprarlo en la versión de Penguin Book sin que haya podido avanzar mucho en su lectura pero como soy creyente de los letrados críticos de las bellas letras comulgo con la afirmación de que es la obra catedralicia de don Joyce, a quien pese a sus poemas sigo considerando el escritor más importante de todos los tiempos, todas las épocas y todas las lenguas. Si es una exageración, sí ¿y qué? a lo mucho lo que demostrará es que mi ignorancia sigue siendo la mayor virtud que puedo exhibir. Y eso que no soy socrático. En fin, lo que pude ofrecer de nuevo es cosa que lo digan los críticos. De vez en cuando jóvenes escritores guayaquileños me escriben y me confían que en mis textos encontraron asideros para dedicarse a la literatura. Sigo pensando que el mejor comentario, la mayor crítica que se le puede hacer a un escritor es que otro escritor le diga que se hizo escritor por la lectura de sus textos. o como la crítica que me hizo un anciano en el reclusorio de la ciudad de Celaya, Guanajuato, quien me dijo que si seguía escribiendo como escribía –esto fue por 1984- terminaría por llegar a escribir como Agustín Lara. Esto nos sitúa en la otra vertiente de mis influencias o referentes culturales: la mal llamada cultura popular. Desde hace muchos años por aquello de que veinte años no es nada, dejé de ponerle apellido a la cultura. De todas maneras a mí me influyó mucho eso que el cervecero Carlitos Marx categorizó como lumpem proletariat, que en él fue una categoría descriptiva pero que sus epígonos y adversarios convirtieron en racismo, en discriminación clasista. Todo esto porque tras vivir en la contra espalda del teatro(cine) Apolo nos pasamos a vivir muy cerca, demasiado cerca del parque Victoria, en Pedro Moncayo y 10 de Agosto. El mercado central estaba cerca, frente a la casa se ponía una feria (en México les llaman tianguis) de pescadores que para variar entre aguardiente Traguito, añejado como güisqui, y marihuana vendían lo capturado en la madrugada. Entre ellos el hermano de un entonces ya olvidado delincuente porteño, Noterrías. Susanboy fue otro personajes de los llamados héroes populares. Y por supuesto aquí tiene que ver el mano a mano entre Olimpo Cárdenas y Julio Jaramillo en el teatro (cine pues) Central, debieron sacar altoparlantes a la calle para que el respetable público que no pudo entrar pudiera escucharlos. Todo esto aderezado con el fulbito callejero nuestro de los sábados y oh, prodigio y maravilla clase mediera, unos amagos de béisbol en el abandonado y destartalado Reed Park. Por supuesto que no faltó la sazón de los salones cerveceros donde la rokola era el altar mayor para acercarse a la guarachita sandunguera o al bolero diván psicoanalista para confesar fracasos de amor. Mi trabajo lírico se inserta no en un rescate de lo popular sino en su aprendizaje, por eso se me hace difícil esbozar qué pude ofrecer al Ecuador ya que fue mucho más lo que recibí de eso que presuntuosamente seguimos llamando pueblo. Acá en México creo que si algohe aportado ha sido por mi trabajo como coordinador de talleres literarios (dentro de una perspectiva y metodología implementada por Miguel Donoso Pareja cuando estuvo por estos costillares planetarios)) que podría resumir como ofrecer una percepción distinta del hecho literario, donde la literatura sea una actitud ante la vida, un modo de ser, vivir y actuar, y no un canibalesco torneo de cruzados en pos de un nuevo peldaño más en el escalafón camino a la inmortalidad. Después de todo para mí escribir es un sólo un oficio más para testimoniar la vida cotidiana a partir de una experimentación lúdica del lenguaje sin descuidar los contenidos semántico-ideológico-estéticos de ese lenguaje.

Completo la pregunta anterior: ¿Cuáles son las diferencias entonces entre tu trabajo en Ecuador y en México? ¿Cómo ha cambiado tu punto de vista y tu poesía? ¿Cuál ha sido o es el resultado de ese viaje a tu interior que ocupa tu poesía?

 Pienso que la diferencia es más de orden formal más que cualitativo. Mientras estuve en Guayaquil fue una visión exterior ya que estaba inserto en la vorágine de esa esquizofrenia social de la presunta patria, nación, país o lo que fuere. No es, espero, contradictorio que estando en el ojo del huracán histérico-histórico mi expresión haya sido exterior a partir del humor, la ironía sobre todo y un cierto desenfado ante las inclemencias del cruel destino que nos recetó una patria así (los peruanos, creo recordar, dicen que ser peruano no es un sentimiento sino un castigo, y eso vale también para nosotros). En todo caso fueron recursos más bien para la supervivencia emocional e intelectual frente a tanto desmadre de corrupción, hipocresía y oportunismo en todos los órdenes de la vida social, política, económica y cultural. Y conste que nadie estaba libre de culpas para soltar el primer madrazo, dicho en términos mexicanos. Esto quiere decir que el cambio se dio hacia una introyección, un intimismo que no sólo ha servido para intimar y/o intimidad a mis íntimas, sino para hacer una revisión de todo lo vivido, y todo lo vivido va en función de la vida concreta y lo soñado y lo deseado, lo alcanzado y lo fracasado. Es curioso, cuando era exteriorista, con algún tinte cardenaliano –no cardenalicio, mi poesía no era de versos largos pero poco a poco se fue extendiendo, hasta ser lo que ahora es, algo así como una épica intimista sustentada en versículos cada vez más dilatados, anchos antes que extensos. El resultado es lo que ahora perpetro. Para algunos será una repetición de lo ya dicho por esta compulsiva y convulsiva obsesión de regodearme en esta casi necropsia taxidermista de mi vida cotidiana. Ahora que lo digo me convenzo en lo cierto de esa frase con brochazo de sabiduría popular, el pez por su boca muere. Alguna vez dije que la insoportable levedad de la poesía de Mario Benedetti era que se autoplagiaba, se copiaba a sí mismo. Mutatis mutandis lo mismo digo de mi trabajo, sólo que en descargo rezongo que no busco más que testimoniar los múltiples azarosos yos que me acompañan desde mi más intrauterina adolescencia de escritor nacido en un país imaginario con nombre de línea imaginaria.

Tu trabajo aborda la crítica literaria y cultural ¿Qué temas, puntos de vista y autores se vuelven fundamentales para ti? ¿Cuál es el límite de la crítica literaria, sobre todo en relación a la seducción intelectual que representa y que ha hecho que muchos poetas o narradores, finalmente, se concentren más en la crítica y dejen a un lado lo creativo literario?

Comencemos por las obviedades. El tema que predomina en mis escarceos intelectuales es la negritud con casi todas sus consecuencias, desde el afroamericanismo pasando por la afrocaribeñidad y uno que otro tímido (por la carencia documental ya que sé que se está trabajando no sé si poco o mucho pero desconozco todo, bueno, casi todo –este casi no creo pase de un dos por ciento de todo lo que se está haciendo) de lo afroecuatoriano. Los autores fundamentales que continuamente releo son Joyce, César Vallejo, Ezra Pound, Allen Ginsberg, Derek Walcott, Aimé Cesaire, Arthur Rimbaud, Rainer María Rilke, Julio Cortázar -particularmente Rayuela, Pablo Palacio, Jorge Enrique Adoum. He re regresado a mi vieja obsesión por la narrativa policíaca con la obra de James Ellroy. Por ahora me interesa esclarecer hasta qué punto Fernando Vallejo y Roberto Bolaño son los escritores rementados que son hoy por su calidad y no por el exotismo escandaloso de su presunta niñez terrible. Como ves son creadores los que me interesan no los teóricos ni los académicos de quienes cada vez olvido más sus iluminados nombres. Me preocupa el presente que es mucho más que esta vergüenza efímera que nos arrastra la insustanciabilidad del tiempo y por ende del espacio. No me angustia el futuro ni sus grandes cataclismos venideros por el derrumbe ecológico porque no estaré presente. Las futuras generaciones ya sabrán qué hacer. No me siento partícipe ni asumo la culpa colectiva por el deterioro del planeta. Hay otros mierdas que sí son responsables y nada les dicen por su humanicidio, sólo que son presidentes, reyes, primeros ministros o pontífices. Del pasado que siempre fue peor trato de sacar alguna enseñanza para seguir tropezándome en la misma piedra. Los límites de la crítica literaria sospecho son los mismo de cualquier otra actividad humana, social pues. Nada contra el ser humano, todo si es a su favor. mi candor me hace parodiar aquello de todo dentro de la revolución nada contra la revolución. Y vale. Los límites de la crítica deben ser el de no rebasar el pudor de la interpretación para degenerar en una bizantina sobre-interpretación, en los términos que el siempre lúcido Umberto Eco planteó durante unas conferencias en Inglaterra hace quién sabe cuántos años. El hecho de que muchos escritores dejen de producir creativamente para devenir críticos literarios es sólo una coartada para disimular, disfrazar o no reconocer su esterilidad de manera franca, abierta y digna. Espero no me pase algo parecido.

Ahora tu experiencia en México: ¿Cómo llegaste? ¿Cómo fuiste recibido? ¿Qué pasó en el DF y qué cambios en Villahermosa e Isla del Carmen? ¿Cómo te ha servido ese cambio del “centro” cultural a lo que podría ser “la periferia”? ¿Vale la dicotomía?

Llegué a México, cesarvallejaniamente hablando, un día del cual tengo ya el recuerdo. Fue el 26 de abril de 1978, abreviemos la anécdota, justo cuando México enfrentaba en Madrid a España en un juego amistoso rumbo al mundial de fútbol en Argentina. Pienso que he sido y sigo siendo bien recibido, que nunca me he sentido extranjero en este país, ni siquiera cuando debo pagar impuestos por el derecho de continuar residiendo aquí. Como siempre, mis fugas dicen una que otra amiga cariñosa, generalmente han tenido que ver con rupturas sentimentales en las que lo que siempre he perdido son libros y discos para volver a comenzar casi de cero esa acumulación primitivo-obsesiva de capital libresco. Mi salida del DF fue, además, porque repentinamente la nostalgia del mar me castigó más de lo soportable. Fue así como salí para Villahermosa que está a una hora del mar, y luego a la isla, ciudad y puerto del Carmen que ya tu ves, isla al fin tiene al mar por todos sus costados, como sentenciaría el docto doctor Perogrullo. El hecho de estar por estas playas de alguna manera es un exilio dentro de un exilio mayor. Frente al exilio de la presunta madrastra patria (lo de madrastra no es queja ni reproche sino simple descripción constativa) busqué un exilio interior en una isla que lo es geográfica pero también lo es existencialmente en dos sentidos: en uno, la isla es metáfora de la mujer-isla que busco, encuentro y finalmente me desampara para que no se cumpla el ritual edípico mariano del no me desampares de noche ni de día; el otro exilio existencial es personal y por lo tanto intransferible, es mi soledad-isla, con toda la tristeza a cuestas –nuevamente el cholo Vallejo- porque en definitiva nunca he estado solo asó como nunca he estado triste. Sucede que soy triste y soy un hombre solo. Lo que de ninguna manera justifica ni garantiza ni avala que se diga que estoy triste o estoy solo. El cambio de aires me ha servido para dedicarme a escribir a diestra y siniestra. Reviso lo escrito y el cidi me dice que entre 1988 y el 2005 he escrito 27 poemas que en realidad cada uno es un libro, entre 60-80 páginas tamaño carta a renglón seguido en 14 puntos Times New Roman y 2.5 cms. de margen por lado, y con el consabido versículo que hoy utilizo. A eso deben sumarse tres novelas (tríada sobre la isla-ciudad), un libro de ensayos y una estrepitosa cantidad de artículos, reseñas, ponencias, conferencias y una que otra carta de recomendación para amigas y algún amigo. Debe añadirse uno que otro zafarrancho seudo intelectual con las glorias municipales y bien espesas locales que no cejan en ejercer su poco discreto encanto de mediocres cobardes esclerotizados en la contemplación de sus neardenthalistas ombligos. En otras palabras, el aldeano provincianismo es el mismo en México que en Ecuador, por lo tanto será el mismo en el resto de América Latina y, como no me chupo el dedo, es lo mismo en Estados Unidos y Europa, sin olvidar África, Asia y Oceanía, para completar el atlas. La dicotomía pues funciona y es válida, con el agravante de que al estar por acá si me invitan a un encuentro o foro en Monterrey, Guadalajara o Cancún, como no tienen mi dirección mandan el oficio a los centros culturales burocráticos de esta isla donde esconden el sobre o se olvidan que existo. De todas maneras mantengo contactos con el mundo exterior y de rato en rato participo en festivales, desencuentros o congresos para el lucimiento intelectual y social de los intelectuales de pro. La dicotomía existe porque el centralismo aunque esta sea una federación si no se vive en México o sus anexos alrededores, uno no está en México. Casi es vivir en el DF o morir.

¿Qué te ofrece como poeta y como hombre el vivir en Isla del Carmen? ¿Cómo te afecta o no la falta de movimiento cultural que se encuentra en las grandes ciudades? ¿Acaso tu futuro literario puede prescindir ahora de ese contexto más dinámico?

Con todas sus limitaciones, propias de una ciudad petrolizada que no se resigna a asumirse como ciudad chica aunque le avergüence seguir siendo pueblo grande, me permite la libertad de hacer lo que quiero hacer con plena dedicación, al servicio de y para vivir en olor de literaturalidad. Lo que no significa refugiarme en presuntos librescos castillos babélicos sino el de participar con todo lo que soy en este riesgo y audacia de pretender ser escritor en sociedades como las nuestras donde uno debe justificarse todos los días por el desacato, la transgresión de escribir ¡en tiempos como estos, padre Nabor! dicen los mexicanos y lo asumo. Vivir por estos playones me permite cultivar la nostalgia de lo que voluntariamente dejé, la ciudad de de México que con todo lo que se pueda decir en contra me parece una ciudad fuera de serie con un solo defecto, estar –en autobús- a seis horas del mar, y eso sí es imperdonable para una ciudad que merezca ser habitable. El escaso, ninguno, movimiento cultural no me afecta porque de todas maneras busco actualizarme y mantenerme con los ojos abiertos para percibir las pulsiones del ‘mundo exterior’. Por lo demás la vida intelectual en esencia es la misma en todos los sitios, pequeñas o mega ciudades, se vive en medio de la vorágine de prejuicios, envidias, hipocresías, malversaciones mentales y muchos etcéteras más que sirven para darle más sabor al mondongo reducido a una lastimosa feria de vanidades. Esto no quiere decir que he logrado arribar a la cumbre del cinismo estoico o estoicismo cínico que mira olímpicamente con desdén dionisiaco las miserias de la antropofagia intelectual. No estoy más allá del bien y del mal, no estoy de regreso de donde nunca estuve ni fui. No puedo, no debo ni quiero prescindir del contexto mucho más dinámico y creativo de las grandes ciudades. Es obvio que me afecta porque no puedo tener al alcance de mis manos los libros que agobiantemente salen a diario pero, consuelo de tontos talvez, me consuela que aunque estuviera en el DF tampoco podría satisfacer mi voracidad de lector pantagruélico (como hace algunos años me describiste cuando salió Los des(en)tierros del caminante), tampoco podría ir a los ‘actos culturales’ que cada vez son más eventos sociales para exhibir los últimos modelos copiados de algún figurín de tercera mano. por supuesto lo que sí lamento es no poder estar en un clásico Chivas-América o en el clásico beisbolero Diablos rojos –Tigres. A cambio, puedo salir en una lancha –cayuco, en términos tabasqueños- a dar una vuelta alrededor de la isla y bajar en el islote de los pájaros ver a los delfines saltar a menos de diez metros. Esto que no tiene nada de bucolismo marino es sólo el ejercicio de mi realismo pesimista para contrarrestar las carencias de la posmodernidad intelectual; sobre todo si tengo a mano el siempre refrescante disfrute de la amiga cariñosa que por hoy es la mujer de mi vida.

¿A dónde crees que vas en tu vida poética? A más de escribir nuevos poemas, o participar en charlas o talleres y otras actividades ¿Crees necesario un cambio de perspectiva o sientes que “has llegado” o “estás cerca de ser lo que siempre quisiste ser”?

 Desde hace unos años mis amistades de por acá me soportan con una cantaleta que en realidad es un ensalmo. Antes de cumplir los cincuenta años decía que de esa edad no pasaba; luego dije que de los cincuenticinco no pasaba, después que de los sesenta, y ahora digo que de los sesenticinco. Esto suena a plan quinquenal y lo es. Me da margen para desarrollar proyectos de escritura que van acompañados de amores más o menos intensos pero siempre perecederos porque definitivamente no sirvo para soportarme a mí mismo y menos para obligar a una mujer a soportarme. En todo caso mientras viva la necesidad de escribir y amar, mi ensalmo-cantaleta se irá prorrogando quinquenalmente. Esto significa que no he cerrado ninguna posibilidad de conocer y experimentar nuevos conocimientos y medios expresivos, siempre y cuando no me separen de esta isla donde hoy estoy aunque no sea de donde soy –cosa que por otra parte me tiene sin cuidado el ser y no ser donde quiera que esté. No me preocupa saber si llegué o no a alguna parte, literariamente hablando. Hace poco escribí que no me interesa tanto que comprendan lo que escribo sino que sientan el mismo placer que siento cuando escribo. Si lograra esto podría pensar que estoy empezando mi cuesta arriba en la rodada para pretender estar al menos en los inicios de ese oficio de pesadumbres, nuevamente Huidobro, en los primeros pasos para esa larga odisea del espacio que es aspirar a ser escritor, algo que siempre he soñado y he deseado ser. Sospecho que alguna vez moriré en el intento porque, el chiste es reviejo y qué, nadie saldrá vivo de este mundo.

¿Cuál es la pregunta que quisiste responder y no te hice o han hecho?

En alguna oportunidad tuvimos un malentendido por un una expresión tuya en un texto sobre mi poesía que después lo aclaramos. Lo traigo a cuento porque acabo de ver en El pez que fuma una observación más general sobre la ausencia en la poesía ecuatoriana del ámbito familiar y doméstico. En mi caso es evidente y no se requiere ninguna perspicacia comprobarlo. Muy pocas veces menciono a mi familia si no es sólo por alusión en ráfaga, sin profundizar. Hago muy pocas menciones de mis hermanas, de mi hermano o de mis papás. Creo que he hecho más alusiones de mi mamá que de mi papá. Esto posiblemente hizo pensar a más de uno una supuesta ausencia paterna. Al contrario. Uno de los modelos de hombre, por integridad, honestidad y entereza que he tenido es precisamente mi papá. Lo mismo digo de mi mamá respecto a la imagen de la mujer. Los dos, por si fuera poco, fueron un ejemplo de abnegación y compromiso paternos para la formación de sus cuatro hijos. Ya sé que esto ronda la huachafería entusiasta de no hay papás como los míos pero ni modos, dicen los mexicanos. Es la verdad. Tal vez por esto, porque mi vida personal respecto a lo doméstico es todo lo contrario de lo que experimenté familiarmente, hay un poco o mucho de pudor que pienso más bien es respeto para no mencionarlos como se lo merecían. Si no puse en práctica lo que ellos me enseñaron no era muy lógico que escribiera textos con el peligro de terminar en un libro de recortes familiar o en el álbum del nicho del recuerdo. Por eso siempre mis alusiones siempre fueron en abstracto de la familia, ese animal feroz que es la familia (para repetir un verso de una cubana, Georgina Herrera creo). Además el mito o leyenda de mi proclive malafesidad irónica, volviendo a lo del pudor y respeto, me impedía que mencionara ‘seriamente’ a mis padres o a mis hermanos. De todas maneras me parece un tema, el de la ausencia de lo doméstico-familiar en la poesía ecuatoriana contemporánea, muy pero muy importante, tanto que los investigadores literarios podrán entretenerse sabrosamente para documentar todas sus inquinas y proyecciones edípicas. Tema que por otra parte seguirá siendo marginal en mi quehacer poético.

Nota,

La entrevista fue publicada en el libro “El eco de un tambor” y reproducida en el blog del escritor Fernando Itúrburu