En torno a su antología Duro con ella

 

Lo reconozco, empiezo a decir adiós a todo

lo que pude amar en esta isla (…)

Hago inventario de todo lo que hice y amé.

Fernando Nieto Cadena

Si algo caracteriza a la poesía contemporánea es no sólo la diversidad de voces sino la diversidad de tonos, graduaciones, que les dan los autores para “cantar” o “contar”, para inventar y reinventar el mundo o los mundos, tanto exteriores como interiores, esos mundos posibles que, en relación con Dios –y posteriormente con el arte, retomado por ciertos teóricos– plantea Leibniz.

Hay así, tantos mundos posibles, e incompatibles entre sí (pensemos en la realidad y la ficción, por ejemplo), que el poeta, los poetas, escogen entre los ya hechos para reinventarlos o bien inventar otros nuevos. Digo esto porque, precisamente, hay en la obra de Fernando Nieto Cadena (Guayaquil, Ecuador, 1947), a la manera de la tradición coloquialista de los setenta y ochenta, un mundo que se va enriqueciendo de ambientes, temas, vivencias ficcionadas, que tienen que ver, de una u otra manera, con esa voz poética autónoma, de un ser ficticio, que deambula por distintos lares, y va creando los ríos, los mares, las tierras, las islas, desde donde canta el personaje poético.

Me ha dado especial gusto leer esta antología de la poesía nietocadeniana porque, de tal modo, podemos transitar ese mundo creado por el pequeño-dios-poeta del que habló Nietzche. Así, puede uno, lector, conocer desde los primeros golpes a la realidad que asienta el poeta, los más enérgicos o bien los amorosos, hasta los más recientes, nostálgicos, aunque no por ello melosos. No es gratuito que uno de los epígrafes nos remita al cantante Joaquín Sabina, en un afán de defenderse de los años y la muerte, cito: Así que de momento, nada de adiós muchachos,/ me duermo en los entierros de mi generación/cada noche me invento, todavía me emborracho; tan joven y tan viejo, like a Rolling Stone.

Y es que no es tan simple, rememorar 25 años de poesía mediante la propia poesía. Duro con ella es el poemario de Nieto donde reúne material desde Los des(en)tierros del caminante hasta Exilios; no en vano las voces que suenan en este libro tienen un tono nostálgico, del desterrado de la patria real, hasta del desterrado de la patria de la intimidad humana.

Esa nostalgia es la que se nos muestra cuando Nieto escribe: Lo reconozco, empiezo a decir adiós a todo lo que pude amar en esta isla (…) Hago inventario de todo lo que hice y amé.

Destacar la coloquialidad, la vivencialidad, sería un cliché cuando sabemos, de antemano, que estamos hablando de uno de aquellos poetas que marcaron estilo, hicieron cierta escuela, en los ochenta, construyendo o deconstruyendo. Hay, además de eso, una coherencia rítmica (mas no monotonía), un fluir constante de poemas río, a veces poemas arroyo, que le exigen al lector tomar aire, hacerse de un pulmón literario que le permita disfrutar esa especie de música guapachosa, donde habla Centroamérica pero también Sudamérica, el sur y sureste de México, donde hablan extraños personajes inventados por el poeta.

Hay a lo largo de este inventario de ficciones, una variedad de sentencias, de ironías, pero también de melodías guapachosas, de piropos pero también de desprecios, de esas sanas contraposiciones al interior de una obra completa (o casi), que le permite a la voz poética: …Aunque suene fuera de lugar, debo decir que prefiero a las mujeres de malas costumbres en la mesa y buenas costumbres en la cama.

Estamos ante un inventario de 25 años (muy joven pues, este man “mexicanoecuatoriano”), inventario más que en términos contables, en términos de creación, como he venido sugiriendo desde el inicio; en cuanto a lo que significa la capacidad de invención y reinvención de sí mismo y de los mundos posibles creados por el artista-dios, reinvenciones que, considero, son necesarias para sobrevivir al riesgo de convertirse en un manufacturador en grandes tirajes, de sí mismo, de su propia obra, idéntica como aquello producido en serie; el caso de nuestro poeta es contrario a lo que, lamentablemente, viene sucediéndole a otro coloquialista, Mario Benedetti.

Por su parte, Nieto Cadena advierte tendencias estéticas, su predilección del tratado “directo” de “la cosa” (un tanto como recomendara Poud) aclara: bautizo una vez más a las cosas por su nombre, lo que nos permite recordar a la multicitada Gertrude Stein, para quien una rosa es una rosa es una rosa.

Esta antología, que representa un recuento de los daños, a diferencia de lo que la voz poética se lamenta en uno de los textos de Duro con ella: escribí una lista de buenos propósitos y fue en vano, Fernando Nieto hace un inventario de malos propósitos para con los lugares comunes del mundo.

Por otra parte, me parece, no necesita de análisis comparativos: está clara su apuesta estética, sin temor a los prejuicios. Cito: perdí el temor a los comunes lugares de las frases hechas de la repetitiva cursilería de los enamorados que enmielan la voz para denunciar su amor. Inclusive, advierte: …dirán que mis textos pecan de una insufrible tendencia a la obviedad / los condenarán al cadalso inquisitorial de sus globalizaciones post-ultra-modernistas/ yo me sentiré sensatamente satisfecho si alguien pesquisitorialmente encuentra un rezago exteriorista a lo Ernesto Cardenal en mi discurso poético.

Debo finalizar, y al mismo tiempo, fijar postura en torno a estas confesiones. A diferencia de Cardenal, no hay en esta selección que hoy presentamos de Nieto, los patéticos casos del panfletarismo presente en buena parte de la poesía de Ernesto Cardenal, o de Roque Dalto, o el propio Benedetti, panfletarismo al servicio de asuntos extraestéticos, sino al contrario, su obra presenta una “onda” más íntima; sí, en relación con el mundo, con los mundos, pero los mundos posibles, mas no con la patética realidad, esa siempre superada por la ficción.

Nota:

Este texto fue leído durante la presentación de la antología “Duro con ella” en San Francisco de Campeche. México, 2004. Agradecemos a su autor que nos permita su reproducción en puntodereunion.com.mx

 

 

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José Landa (Campeche, 1976) es autor de 14 libros publicados en México, Guatemala, Canadá, Brasil y España, entre ellos Navegar es un pájaro de bruma (Ecrits Des Forges / Mantis Editores, versión francés-español, Quebec, Canadá 2010), Tribus de polvo nómada (Editorial Renacimiento, Sevilla, 2011) y Ciego murmullo de ciudades portuarias (Editorial Cultura / Fondo de Cultura Económica, Guatemala, 2011) con el cual obtuvo el «Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón 2010». Entre otros premios ha ganado Primera Mención de Honor en el Premio de Poesía Punto de Partida (UNAM, 1993), “José Gorostiza” de Poesía (Tabasco 1994), Premio Hispanoamericano de Poesía de Quetzaltenango (Guatemala, 2007), Internacional de Poesía “Ciudad de Lepe” (Huelva, España 2009), Internacional de Poesía "Caribe-Isla Mujeres" (Quintana Roo, México, 2015). Ha sido finalista en los premios: Internacional de Poesía “Tardor” (Fundación Dávalos Fletcher, Castellón, España 2010), Internacional de Poesía “Paul Beckett” (Almería, España, 2010), Internacional de Poesía "Leonor" (Soria, España, 2011) y accésit del Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza (Pueblo y Arte A.C. / Universidad de Murcia / Ediciones Vitruvio). Entre las antologías que le incluyen cuentan: Poetas de Tierra Adentro II (CNCA, México 1994), El manantial latente (CNCA, México 2002), Un orbe más ancho (UNAM, 2005), Anuario de poesía (Fondo de Cultura Económica, México 2005), Ojos que sí ven (Editorial Corona del Sur, Málaga, España 2010), La alquimia del agua (Universidad de Huelva, España, 2013), Antología general de la poesía mexicana, volumen 2 (Editorial Océano / Sanborns, México, 2014), Alquimia de la sal (Amargord Ediciones, Madrid, 2015), Palabras en la niebla (Editorial Verbum, Madrid, 2016). También ha publicado y obtenido reconocimientos en ensayo, periodismo y narrativa.