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Leyendo Anteparaíso, del poeta chileno Raúl Zurita, el hartazgo llega en cierto momento por tanta desgarradura (aunque el poeta nos dice que, si uno no proviene de un barrio pobre de Santiago es difícil que uno lo entienda… es una vida sin aliento, es la demencia, es hacerse pedazos por apenas un minuto de felicidad) que da ganas dejarlo de leer. Sin embargo ese “Pastoral de Chile” y “Esplendor en el viento” vale bien la esperanza de continuar leyéndolo.arrio pobre de Santiago es difícil que uno lo entienda… es una vida sin aliento, es la demencia, es hacerse pedazos por apenas un minuto de felicidad). Sin embargo ese “Pastoral de Chile” y “Esplendor en el viento” vale bien la esperanza de volver a leerlo.

Zurita y sus tormentos
Zurita y sus tormentos

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Escribir y leer poemas siempre es placentero en medio de tanta mierda social cotidiana; aún si los versos escritos y leídos tienen la forma más sencilla para decir amor: Umbral, conjuro, cuerpo y luz, por ejemplo. Pero cuando uno ha leído otros libros de poesía, cuyo tema universal es Eros, no dejo de acordarme por el parecido que tiene Luz del colibrí, de Alberto Ruy Sánchez con Anatomía Superficial, de Enriqueta Ochoa. Por el tema común de ambos libros: el amor, el erotismo, el cuerpo,  los ojos, la boca o los hombros (aunque la forma del primero está escrito en verso libre y, el segundo es un libro de sonetos). Y expresar la deuda que deja la lectura del primero en contraste con la lectura del segundo. Ante todo por la altura con que Ruy Sánchez escribió Los nombres del aire. Cierto que la sencillez de Luz de colibrí es rescatable, por lo menos en una veintena de poemas; pero poco en el espacio poético, donde el poemario de Anatomía, tiene un lugar primerísimo en la tradición de la poesía mexicana. Por principio de antigüedad, pues este año celebra su primer medio siglo de haber sido publicado.

Luz de colibrí. Título para un libro de poesía. La portada, un poema visual de Tatiana Parcero. La fotografía del cuerpo humano, tatuado de luces de colibríes una llamativa poesía.

Aquí un trazo ínfimo de ambos libros:

De Luz de colibrí:                            De Anatomía Artificial:

Bebo en tu boca                             Para la sed, en tu belleza mojo

el instante,                                      los ojos insolados de alegría

La luz,                                             convencida de mi paganía

El viento.                                         El árbol del asombro te deshojo.

La cofradía del amor
La cofradía del amor

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Los que en algún momento de nuestras vidas no hemos podido conciliar el sueño. Padecido la inquietante incertidumbre de querer dormir y no poder hacerlo, por más que uno lo intente, vive la experiencia; aunque eso sí, de manera placentera (que en la realidad) en los versos insomnes de Elsa Cross. Que a diferencia de Luz de colibrí, los versos son de una altura mayor, independientemente del tema que ambos libros expresan poéticamente. El de la poeta, el insomnio. El del poeta, el amor de la mujer al despertar junto a ella.

Señas de la poesía, foto de Juan de Jesús López, 2017
Señas de la poesía, foto de Juan de Jesús López, 2017

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Hace no mucho, entre amigos poetas, escuché decir a uno de ellos en un café de la ciudad de Villaguacalor, que los poetas se diferencian por la voz. El tono, la tesitura, el color, la musicalidad, el ritmo, el timbre, además de la temática donde postula su visión del mundo; aunque el tema común es el amor. Aquí, por ejemplo, ya mencionado arriba, tenemos una voz desgarradora en Anteparaíso en medio de una atmósfera andina, cuyo hábitat está conformado por las montañas y cordilleras de Chile. Por la voz erótica de luz de colibrí, cuyo pretexto poético, es el cuerpo de la mujer que nos acompaña en el comienzo del día. La “voz fina y sugerente que ha tendido puentes entre la historia, la mitología, las religiones y las cosmovisiones de México, Grecia, la India y muchos extremos de nuestro mundo”, nos comenta la contraportada de Insomnio. O la Voz que elabora trazos, esbozos o fragmentos biográficos, voz poética de narrativas breves y cronista de nuestra realidad, donde además en  Odioso caballo de Francisco Hernández es sugerente la voz del entorno que habita el ser humano: La violencia.

También escuché decirle a otro, que en los libros de poesía no era pertinente, en la actualidad, insertarle imágenes o dibujos. Sin embargo, Odioso caballo (¿O dios o caballo?) es un libro que hace agradable su lectura, porque sus ilustraciones equinas contribuyen a ello. Buen trote que acompaña a versos irónicos y de humor negro.

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El escritor Isidoro Villator nació en Villahermosa, Tabasco, México, el 29 de diciembre de 1959. Es Ingeniero Electricista por la UJAT y Profesor Investigador en esa misma casa de estudios. Inició su carrera literaria con el libro de poemas “La piel de cristal” publicado en 1999 por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT). A la fecha, tras 16 años de trabajo acumula tres poemarios, junto al que ya se mencionó, están: Espiral de polvo humano (2004) y Poemas de hombres cotidianos (2005), además, tres libros de ensayos. De estos, el último se titula “Los senderos del infinito” impreso bajo el sello de la Máxima Casa de Estudios de Tabasco.