A Sofía Gámez, para acortar distancias

 

Fui a buscar un caldaxo de pavo criollo allá por los rumbos de la Av. Mina con el Pavo Pasita, que dicho sea paso si andan crudelios es una buena cura. Pero no era mi caso, vivo por el rumbo y soy cliente asiduo nada más. Regresé a casa y me puse a dialogar con el primoroso consomé, soplándole para que se enfriara tantito; en lo que eso pasaba busqué algo de picante en la alacena y di con una salsa Chimay, de esas que tienen cuatro tipos de picos para que te sude el nervio y llores sin motivo aparente, pero te da la opción según, el color el grado de picadura: negra, la menos picante, verde la poco picante, roja la muy picante y la amarilla la extra picante para que te chifle el chimuelo como olla express. Tomé de la verde y que le pongo unas gotas a mi caldo, y en esa horizontalidad de la botella que leo: poesía al borde, y clarín que me acordé que estos mis paisas cardenenses de la Chimay les gusta eso de la poética. El verso versaba: y es la tierra, mi tierra, el polvo mío,/ el árbol de la noche sollozaba, las puntuales blancuras de la garza,/ las luces de mis ojos el trayecto/de una mirada a otra mirada./El cielo que vuela de mis a los cielos/de unos ojos terrestres y las nubes/ que desbordan el canto. “Estoy todo lo iguana que se puede” (fragmento Carlos Pellicer) a chirrión con pelos exclamé, pero sino me acordaba que aquí estaban unos versos de unos de los poetas mayores de Tabasco. Y recordé cuando andaba yo de periodiquero haciendo de a grapa la página de cultura en La Maldad del Sureste allá por el año 2001. En aquella época yo medio leía poesía sin entenderla (y sigo sin entenderla a veces). Peor me acuerdo que en esa morres de intentos de reportero cultural entrevisté a uno de los tantos amigos de Charly Pelli, me refiero a Gerardo Bravata Pintado, dueño y director en jefe del Colegio Carlos Pellicer Cámara. En la mini entrevista o intento de ésta, Bravata dijo algo ciertísimo: “Pellicer es el poeta más publicitado pero el menos leído en el estado”. Y a dieciséis años de que lo dijo pienso que tiene razón. La poesía pelliceriana tiene mucho que dialogar con la chavisa, el pueblo, la raza de todas las latitudes, el problema está en lo oficioso que vuelven su difusión en Tabasco. Se ha editado prácticamente toda su obra, pero a la hora de la difusión acá en el edén, pues resulta que lo hacen “formal”, los políticos no dejan de mencionarlo para adornarse pero lo único que demuestran es que no conocen su obra más allá del cantaletiado “agua de Tabasco voy…” y los culturereros no dejan de evocarlo con una nostalgia plástica, de ornato. La figura de Pelli anda por todos lados, la figura repito, no su obra: escuelas que llevan su nombre, estatuas, el parque museo, el ya no efectuado “encuentro Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer Cámara” que por grillas culteras se dejó de hacer en Villahermosa, bla, bla, bla, bla.

La última vez que me cayó el veinte sobre la obra de Carlos Pellicer fue el año pasado en las grutas de Coconá. Andaba yo de guía de turista con unos clientes que según vienen a traer el “progreso y la justicia social” a la región de la sierra chiiiiiiale. En este grupo venían ingenieros civiles, constructores, paleontólogos, la figura de un abogado agrario en mi persona (y fierro viejo que vendan); entre el estacionamiento y el acceso a las grutas hay una estatua grandota de poeta, a la cual nadie preguntó de quién se trataba y yo no estaba para decirle “es Pellicer etc. etc.” Ya en la entrada a las grutas nos abordó una adolescente que nos ofreció sus servicios de guía y aceptamos. Mientras íbamos adentrándonos ella  iba con una lámpara explicando las figuras que formaban con las estalactitas y estalagmitas: la viejita costurando, los enamorados,  Salón de los fantasmas, La Catedral sumergida, Boca de León, La Calabaza, Tres Colas de Serpiente, Cenote de los Peces Ciegos, Salón del viento, La Gran Bóveda Celeste y otras figuras más. A cada que chica iba diciendo los nombres de las figuras y los sitios a los vatos que llevé se reían burlonamente, pasándose de lanza con la morra que mecánicamente iba diciéndonos la historia. Hasta que casi al final un curioso paleontólogo le preguntó: oye ¿quién le puso el nombre a las figuras? A lo que la chica respondió de forma natural, (como diciendo pendejo no sabes): el poeta, Carlos Pellicer Cámara. Oooooh dijeron todos al unísono, menos yo, lo juro. Y regresando a mi caldo pienso que estamos lejos de la obra Pelliceriana. Mi caldo casi lo terminaba y tomé la salsa Chimay amarilla, la más picante, me puse una enchilada soyenca, y volteé a ver la sección de libros de poesía en mi librero, ahí tengo La vida en llamas, aquella antología poética de Pellicer que guardo desde la época de estudiante. Y comencé su relectura.

 

 

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Luis Gámez es escritor, abogado y corresponsal de guerra. Nació en Cárdenas, municipio de Tabasco, Méx., 1979. De acuerdo con su autoperfilación es autor de cuentos y novelitas quinestéticas, es corresponsal de guerra [literario-mediática] en el Plan Chontalpa por aquello de los altos índices de violencia en esa zona del sureste mexicano, y completa el gasto de sus apetencias vitales con su chamba de abogado agrario y su changarro de venta de paella y café itinerante.