Doris, bailarina estrella que en uno de esos boleros de cachetito ardiente me dijo que yo tenía cara de poeta (…), me invitó a su departamento para contarme lo que sabía de los poetas. Un día puso en mis manos el libro Los heraldos negros de César Vallejo. A partir de esa tarde mi vida ya no fue la misma.

Desde mi más desconfiada adolescencia nunca creí en los prejuicios disfrazados de sabiduría popular que cifraban su juicio en la apariencia física, sobre todo en el llamado rostro del alma que dicen es el rostro humano. Siempre dudé de esas proyecciones lombrossianas que estipulan que la cara es un indicio criminológico por el que se puede saber si un individuo es un ladrón, un criminal, un santo, un pederasta, un banquero, un atracador de noctámbulos dipsómanos, una virgen, una cortesana, una madre abadesa. Caras vemos corazones no conocemos, me dijeron que solía decir la tatarabuela de mis bisabuelas. Tal vez por eso nunca acepté eso de que parece buena gente sólo porque su faz es una mala copia ultramaquillada de inocente palomita a punto de ser mártir rostizada. El filósofo Cocada alguna vez, a orillas do manso lame el caudaloso Guayas, sentenció con copernizadamente Galileo estilo de pochitoque aluzado: Y sin embargo siempre hay una excepción. Y sí. Modestia aparte, puedo y lo he hecho muchas veces, puedo testimoniar una de esas excepciones. Y viene la cantaleta.

Una vez, en pleno abandono de la niñez y en la vorágine de una adolescencia de ojos boquiabiertos, por culpa de unos marinos de la armada ecuatoriana visité los primeros centros culturales nocturnos de mi vida. Me llevaban, decían los ‘neivis’ nativos, para evitar que me hiciera cura por estudiar en un colegio religioso. En uno de esos sitios conocí, en el Candy Night Club, a Doris, bailarina estrella que en uno de esos boleros de cachetito ardiente me dijo que yo tenía cara de poeta. No, le dije, a mí nadie me dice marica. Por favor entiendan, yo sólo era un afiebrado púber machista de sólo trece, entrado (así se decía por esos tiempos) en mis primeros catorce años. Ella me dijo que los poetas no necesariamente tienen heterodoxas costumbres hormonales y me invitó a su departamento para contarme lo que sabía de los poetas y prestarme los libros leídos por ella. Mi candor de entonces no me hizo pensar lo raro que debía ser que una mujer de la vida (las que uno encuentra en lugares de ‘mala’ vida pero siempre mezcladas con la vida) tuviese la costumbre de leer. Bien portado que era fui a visitarla y me dio a leer libros de Manuel Acuña, Juan de Dios Peza, Amado Nervo, Julio Flórez al tiempo que al corto rato me enseñaba con su ternura de mujer los misterios de esa insaciable pasión de un hombre y una mujer en procura de un catre.

Un día puso en mis manos el libro Los heraldos negros de César Vallejo. A partir de esa tarde mi vida ya no fue la misma. Ya no me dio vergüenza escribir esos poemas que clandestinamente escribía y no se los confiaba a nadie para su lectura. Se los mostré a ella y ella me estimuló para que no me detuviera, para que llegara a ser el poeta, el hombre que ahora soy. Por eso ahora en todos mis libros siempre hago un recordatorio de esas mujeres que la hipocresía de la sociedad condena como malas pero que para mí son las verdaderas heroínas de la cotidianidad social porque deben sacrificar su dignidad de mujeres para lograr lo que una sociedad puritana, injusta y corrupta niega a la mayoría de sus habitantes: la posibilidad de llevar una vida mínimamente humana. En esa mujer, Doris, aprendí a respetar a las mujeres, a diluir algo esta lacra machista que nos impone la misoginia social sin que nos percatemos.

Lo que soy como hombre, digo, como escritor, se lo debo a varias mujeres en diversos niveles y en diversas circunstancias. Con Doris aprendí a no tener vergüenza de ser poeta. Por ella puedo hoy como ayer y como mañana, mostrar lo que escribo porque es mi oficio, es mi manera de ser hombre. Para mí, desde esos lejanos años de adolescente insobornable, la mayor condición, el más alto nivel que puede alcanzar un hombre es el ser aceptado como poeta. Tengo la sospecha de haberlo conseguido aunque me sigo considerando un aprendiz de brujo, alguien que aún aspira llegar a la condición de escritor, esto es, ser un hombre sin horarios y casi sin honorarios.

¿Cómo descubrió Doris que yo escribía en la clandestinidad de los insumisos laberintos de mi intimidatoria intimidad de púber tímido por el vicio casi inconfesable de leer a tambor batiente? Nunca se lo pregunté y tampoco quiero hoy preguntarme qué le hizo verme cara de poeta. En ese momento, además, debo haber pensado que me estaba diciendo sin decírmelo que tenía cara de pendejo. Y a lo mejor era cierto, para pendejo no se estudia y no hay peor pendejez que la de pensar que uno nunca ha sido pendejo alguna vez. Pero no es de esta condición natural del ser humano que quiero escribir. Lo que todavía gatilla mis neuronas y también mis hormonas es pensar el cómo, cuándo y por qué asumí mi condición de escritor.

Mi sospecha se dirige hacia mi más absoluta, irresponsable niñez, cuando no bien aprendí a decir mamá y papá también aprendí a decir puta, hijueputa, tanto que durante mucho tiempo pensé que muchos de los vecinos y gente que transitaba por las calles de ese Guayaquil, pórtico de oro puerto limpio clase A, eran parientes, miembros de una misma familia ya que su saludo cariñoso siempre era ¿cómo estás hijueputa? Después supe que la hijueputez sí es una familia, la de los políticos, empresarios, clérigos, intelectualoides (y cuanto se acumule) corruptos.

Decía. En mi remota infancia encuentro el motivo para ser ahora el desescritor de cotidianidades que procuro llegar a ser. Ese motivo es la lectura. Ya sé que en tiempos como los que padecemos ser lector es una mala y fea costumbre, que la lectura es una mala palabra y que estar lo más lejos y distanciado y peleado con los libros es uno de los requisitos para llegar a ser presidente. Pero desde muy pequeño soy lector. Decir esto no es ninguna novedad en el sagrado gremio del canibalismo de los literatos (¿litelagartos?) en flor, en ciernes, en su madurez (en sus dos acepciones) y en su decadencia.

Mis primeras lecturas se dieron por culpa de mi hermano mayor, quien debía ir a la biblioteca municipal de Guayaquil para hacer unas tareas de consulta que les mandaban en el colegio. Mi hermano se desafanaba de mí poniéndome de patitas en la sala infantil de la biblioteca, en manos de dos inmortales señoras (lo de inmortales porque quien ya pintaba canas y no mostraba achaques de enfermedad alguna significaba para mí que ya no se moriría).

Una tarde estas buenas señoras me dijeron que ya no tenían libro que darme para leer porque supuestamente ya me había leído todo el acervo infantil. Ahora que lo pienso, el dicho acervo no debió ser muy grande. Para evitar que fuera a molestar a mi hermano y sus compañeros me dieron un pequeño libro con cubiertas de piel bajo el título de Poesías Escogidas de Medardo Ángel Silva. Era una edición francesa en formato de cuarto de carta, con papel cebolla que lo leí respetuosamente porque como estaba impreso con el mismo papel que hacían las biblias creí que debía tratar con mayor cuidado ese libro.

No sé si cuando lo leí entendí sus poemas que unos años después volvería a leer para dejarme con una marca, indeleble adjetivan hasta los periodistas deportivos, en el alma que para entonces yo ya suponía era una patraña metafísica, el alma, digo. Lo leí esa primera vez y lo que sí recuerdo es que me dejó una impresión sombría que se ha mantenido a lo largo de mi azarosa existencia. Tal vez por eso no olvido estos versos escritos cuando Medardo Ángel Silva cumplió veinte años: Hoy cumpliré veinte años amargura sin nombre/ de dejar de ser niño y empezar a ser hombre/ de razonar con lógica y proceder según/ los Sanchos profesores de Sentido Común.// Me son duros los años y apenas si son veinte/ ahora se envejece tan prematuramente/ se vive tan de prisa, pronto se va tan lejos/ que repentinamente nos encontramos viejos/ enfrente de las sombras de espaldas a la Aurora/ y solos con la Esfinge siempre interrogadora. El verso que más y mejor retuve del poema Aniversario fue donde decía Iba a la escuela por el más largo camino.

Pienso y creo que esa biblioteca municipal y supongo espesa, fue el embrión con el que se fortaleció el vil bacilo de la lectura, la única adicción que promuevo debe implementarse desde siempre a pesar de los maestros de escuela y desmadrosos padres de familia que han hecho de la televisión y el facebook su edén onanista. Un libro me distanció totalmente de lo que acostumbraba leer bajo el falaz membrete de literatura infantil, un libro de cuyo autor siempre olvido su nombre, Motke, el ladrón. Trata de la vida de un muchacho ruso-judío en tiempos previos al triunfo de la revolución bolchevique. Es todo cuanto recuerdo de ese libro que me separó por completo de eso que se llama con maternal ensueño, libros para niños. El libro de Medardo Ángel Silva fue un tropiezo que superé por mi cuenta hasta tropezar con el libro del autor judío nacido en la Rusia zarista. Entonces sí, el tierno inocente encanto de la niñez perdió su candidez y entré de golpe sin porrazo en ese limbo de ya no ser completamente niño pero tampoco ser un fanático obsesivo de la adolescencia.

Unos dos años más tarde, por el mismo tiempo de mi hallazgo sin hartazgo de Doris, cayeron en mis manos dos libros que fueron demoledores y me situaron ya sin remilgos en los primeros peldaños sin reposo de la juventud. Por entonces ya había descubierto unos cuadernillos de poesía editados en Buenos Aires por Simón Latino que me acercaron a la poesía latinoamericana sin dejar de seguir buscando libros ‘infantiles’ como Corazón de Edmundo de Amicis, libro que nunca logró hacerme llorar como cuentan que les hizo llorar a otros futuros escritores, mucho menos me hizo llorar al saber que fue un autor aprovechado por las hordas fascistas del mussolinismo.

Esos libros fueron El Muro de Jean Paul Sartre, y Casi el paraíso de Luis Spota. Del primer libro supongo no entendí mucho o nada que es lo mismo, lo único que saqué en claro es que había algo turbio en el ambiente, algo turbio que después otro libro en discordia me aclararía la película. De Casi el paraíso mantengo el recuerdo de un comentario de un compañero del club de ajedrez del colegio que cuando le resumí la novela me dijo, más o menos sic: -Ese cabrón hace mierda a la sociedad mexicana. El comentario me sirvió para entender que la literatura era mucho más que palabras más o menos bonitas para hilvanar textos que los poetas van leyendo por las alamedas de la vida y al encontrar una flor, ay, se desmayan. Todo esto llegó a buen fin con un libro cuyo autor fue un filósofo cristiano muy famoso, no Jacques Maritain, pero tan famoso que ya no recuerdo su nombre. El título del libro sí: Corrientes Filosóficas Contemporáneas donde resume e interpreta el marxismo, el existencialismo y el personalismo cristiano (algunos lo llamaron existencialismo cristiano) que de alguna manera devino en eso podredumbre política que durante mucho tiempo se llamó Partido Demócrata Cristiano (lo de podredumbre tiene que ver con la actitud del PDC en varios países como Alemania, Italia y sobre todo en Chile cuando el pinochetazo). Este libro me marcó de una vez y para siempre junto con el descubrimiento de la poesía de César Vallejo. Tengo la maldita bendita sospecha que después de estos libros dejé de ser el adolescente de ojos boquiabiertos que era.

Mi libresca educación intelectual tuvo otro vértice (nótese que los triángulos mientras más amorosos son mejores) ya en tiempos de mi autodidactismo universitario: el Ulises de James Joyce. Ahí sí parió la madre del borrego, ahí sí ya pude cantar y gritar y blasfemar y bailar como lo sigo haciendo aún. Cochero pare pare cochero.

Tras un tempestuoso final universitario, reinstalado en Guayaquil vino la consolidación de una actitud que iba entremezclada con un fervor, no de Buenos Aires, entre iconoclasta y acentuado asentimiento de una cada vez más entusiasta consolidación identitaria con las expresiones culturales afrocaribes que en el solar poco aburrido de la costa ecuatoriana sopla a pesar de estar situada en la oceánica mar Pacífica. Esto hizo que con otros cómplices y encubridores se prendiera el fogón efímero que nos hizo formar el grupo-taller Sicoseo que pese a su brevísima existencia ha dejado huella con cierta intensidad por ese afán de integrar al discurso literario el coloquialismo propio de los guayaquileños que es una sabrosa mezcla de hablas afrocaribes, rioplatenses y una que otra de vergonzante estirpe andina, todo esto aderezado y sincopado con el rumboso meneíto de ese estilo de interpretación de la tradicional música popular bailable afrocubana que un judío italiano, Jerry Masucci y el dominicano Johnny Pacheco promovieron como salsa, vaina que más de un descerebrado sigue creyendo que es un nuevo ritmo bailable.

Y como sucede hasta en los mejores y por ende aburridísimos matrimonios, sucedió lo que suele suceder porque todo tiene su final, sonea Héctor Lavoe, nada dura para siempre. Sicoseo llegó a su fin. Dicen las buenas malas lenguas que por mi culpa, por haberme autoexiliado a México, donde recalé un 26 de abril de 1978.

Aquí empieza la parte filosófica del son huasteco y no precisamente en el rincón de una cantina sino en las amplias pistas del California Dancing Club, templo de cumbiamba, mambo y danzón que me dictó el primer poema que escribí en las territorialidades de lo que alguna vez dicen fue, a mí no me consta, la región más transparente. Una mañana todavía invernal, febrero 1979, me avisaron en la Dirección de Literatura de la Coordinación Nacional del Instituto Nacional de Bellas Artes que iba a coordinar el taller literario en Villahermosa, Tabasco, por un convenio con la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Por entonces de Tabasco yo tenía pocos referentes. El primero, la novela de Graham Greene, El Poder y la Gloria; el segundo, el siempre insufrible Carlos Pellicer ¡Cámara!; el tercero, José Carlos Becerra, y finalmente, inocente de mí, la salsa tabasco que en Ecuador sólo los más aguerridos consumían porque el ají no era muy picoso. Ni siquiera el ají rocoto, tosco pues.

[A don Carlos Pellicer medio escuché en una sesión lírica que ofreció en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Matriz, en Quito. Sabidor que un poeta ‘mejicano’ daría un recital fui con mi noviecita de aquel feliz ayer a escuchar al bardo. Sin decirnos una palabra nos pusimos de acuerdo y en menos de quince minutos abandonamos el local del poético evento porque esa poesía declamatoria ya desde entonces (entre 1967 a 1969) no formaba parte de mis querencias. Está visto, diosito santo castiga a los sarracenos en tierra de cristianos.]

Las vicisitudes de ese taller merecen otro deshilvanado texto, sólo mencionaré que de ese taller salió un poeta excepcional, Teodosio García Ruiz, quién llegó de quince años y se formó al amparo del taller que la ujat sostuvo durante tres años y un poco más. No fue su poesía ningún descubrimiento en 1987 de ningún funcionario del Instituto de Cultura de Tabasco como dice un despistado antologador. Para 1987 Teodosio ya había aparecido en Tarea Poética, antología de los talleres literarios en los que el inba tenía injerencia, lo mismo en una antología semejante que publicó Punto de Partida de la unam, ganado el premio nacional de poesía convocado por el Instituto de la Juventud de aquella época y publicado en Zacatecas por la revista Dosfilos su plaqueta, Textos de un falso curandero ¿cuál descubrimiento padrecito Nabor? A buen entendedor aunque resentido antologador…

En 1987 me instalé en Villahermosa, aburrido de sentir que las montañas que rodean a la Ciudad de México se me pudieran venir encima. Pudo más mi nostalgia del mar y aquí me ofrecieron trabajo. A sólo una hora del mar, fue el argumento de Bertha Ferrer para convencerme. Un tiempo estuve en Ciudad del Carmen, Campeche, hasta que cual hijo pródigo hice verdad una parte del valsecito peruano que solloza, todos vuelven al lugar donde nacieron. Bueno, yo no nací pero sí decidí quedarme aquí porque me dio la gana y quiero estas humedades tropicales porque nada me obliga a quererla como la quieren quienes se sienten obligados a quererla porque nacieron aquí y lo asumen como un deber, una maldición gitana o un destino. Yo lo asumo como agradecimiento, por todos los ratos buenos y malos que he pasado. Sobre todo, aquí prácticamente me resucitaron cuando ingresé al hospital Juan Graham con diagnóstico de grave. Ya recuperado sigo sin entender por qué esa fijación de los médicos de hacer de cada paciente un futuro Matusalén. Por eso todavía puedo repetir lo que Elías Canetti respondió a su médico: No es que me desagrade la idea de morir, pero por ahora no tengo tiempo para eso.

Para lo que sí tengo tiempo es para escribir y leer con obsesión pantagruélica y a ratos gargantuesca que no truhanesca. Leo porque es mi responsabilidad como escritor, mejor, dicho, desescritor de cotidianidades. Y escribo por lo mismo. Cuando leo aprendo cómo otros resolvieron los intríngulis de este tinglado más o menos exhibicionista que es la escritura. Y junto con leer y escribir, vivo hasta donde mis posibilidades me permiten de la única manera que un poeta puede vivir, amando el esplendoroso templo de una mujer en la plenitud de su desnudez para cumplir el sagrado ritual ya enunciado, párrafos anteriores, de un hombre y una mujer en procura de un catre. Y ya.

Villahermosa, Tabasco, diciembre 2012

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Fernando Nieto Cadena, poeta, ensayista y crítico cultural ecuatoriano. Nació el 29 de marzo de 1947 en Quito, Ecuador, aunque él siempre señaló en sus libros como lugar de nacimiento, Guayaquil, incluso sus amigos originarios de aquel país lo señalan como un "Guayaco" de sepa. En Ecuador, estudió literatura, fue profesor de literatura e inició su trayectoria literaria con el grupo Sicoseo donde comparte créditos con autores como Fernando Itúrburu. En 1978 llega a México y se suma al grupo Infrarrealista en el que participan autores como el poeta mexicano Mario Santiago Papasquiaro y el novelista chileno Roberto Bolaños, por otro lado, se integra al sistema de talleres literarios nacionales promovidos por el INBA. En 1979 arriba a Tabasco, lugar donde ha radicó desde mediados de los años 80 hasta su muerte, por lo que muchos le adjudicaron, entre bromas y veras, la ciudadanía "Ecuamex". Publicó los libros de poesía Tanteos de ciego al mediodía (Guayaquil, 1971), A la muerte a la muerte a la muerte (Casa de la Cultura Ecuatoriana-Núcleo del Guayas, Guayaquil, 1973), De buenas a primeras (Guayaquil, 1976). En México inicia una nueva etapa con su libro Somos asunto de muchísimas personas (Joan Boldó i Climent, 1985), Mirar de lejos la nostalgia (Aguiluchos, Villahermosa, 1997) De última hora (Imaginaria, Guayaquil, 2003), Duro con ella. Antología (1971/1996). 25 años de fatigosa poesía (UJAT, Poetas de Hoy, 2003), A todo nada (IVEC, 2013), y, Sobresaturaciones (UJAT, 2014). Falleció de un paro cardiaco entre el lunes 6 de marzo de 2017 en Villahermosa, ciudad del sureste de mexicano, unos días antes de cumplir 70 años. Sus restos mortales fueron encontrados hasta el miércoles 8, incinerados el sábado 18, su cenizas fueron recibidas por sus alumnos.