La voz robada

Le salió al paso en la encrucijada de una callejuela nocturna cuando satisfecho con la vida regresaba de un concierto. Como siempre, el cantante había avanzado sereno después de descender del tren para caminar 15 minutos a la morada. Subrepticio, cuchillo en mano el hombre lo apresó. Lo recargó contra un muro cogiéndolo violento del cuello y apretándole el pescuezo hasta hacerle abrir la boca, sacar la lengua, botar la laringe y producir, de aquella voz tan educada de que era dueño, nada más que un sonido agudo; el chillido salido como del órgano de una bestia incierta.

Héctor Palacio, foto de Juan de Jesús López
Héctor Palacio, foto de Juan de Jesús López

El ladrón introdujo el cuchillo y creyó extirpar las cuerdas de la voz. Y lo hizo así porque no confió, como había escuchado por allí, en el cuento de proponer a la víctima un negocio: solicitarle su voz, apropiarse de ella a cambio de algo, acaso de su vida. “Ni que fuera el diablo”, masculló. Prefirió entonces actuar vertiginoso, fugaz y efectivo, y salir corriendo dando vuelta en la próxima esquina. Cayó al pie de un árbol el cantante enmudecido a perpetuidad; ¿y qué podría hacer sin voz sino morir?

Pocos días después, cuando amanecía y los pajarillos cantaban al día, el ladrón quiso poner en práctica su instrumento, probar la dulzura de su canto. Se preparó como creyó que hacía su víctima, de cuya voz, de tanto oírla, se había enamorado. Infló los pulmones y abrió la boca. Pero en vez de voz angelical prorrumpió un gruñido como de cochino. Ni siquiera la tolerable eufonía de un barroquista o falsetista.

Creyó en la desgracia de haber procedido de manera violenta en el robo. Creyó en la necesidad de reposar la garganta, beber agua o infusión de gordolobo, ingerir miel con limón, hacer gárgaras de sal marina y probar toda suerte de recetas sugeridas. Y volvería a tratar otra mañana, como escuchara hacer a su víctima cada amanecer a la primera luz del día. Pero un sonido todavía más horripilante se produjo.

Se maldijo el malhechor, maldijo al cantante y a la bella voz. Maldijo el momento en que escuchara, deseara y decidiera arrebatar aquel órgano para sí convencido de que al hacerlo suyo feliz sería en el usufructo de su canto. La tenía, poseía la voz más hermosa de tenor que se hubiera conocido o escuchado jamás (“jamás, jamás de verdad”, clamó al límite del sollozo). Sin embargo, una y otra vez, no supo ni sabría cómo usarla. Deseó tener paciencia. Pero pasaron los días y el ladrón se fue consumiendo de fatiga, odio, amargura y desesperación. Ahora ni siquiera podía escuchar aquel sonido admirable, aquel canto soberbio en la voz del hombre que, aun dentro del martirio de la envidia, durante tanto tiempo fuera ocasión de regocijo.

Entonces, una mañana clara, tras un postrer fallido esfuerzo, cuando su garganta más que un canto produjera algo cercano al estruendo agudo y angustiado de un marrano –porque si bien como el oso y en tiempos de paz el cerdo formalmente gruñe, es al momento crucial de su sacrifico, hocico amarrado y maniatado, cuando le caracteriza un chillido en extremo agudo y penetrante, no hilarante o histérico como el del mono, sino uno inequívocamente hórrido que registra, en el estremecimiento del sistema nervioso perturbado y los ojos enrojecidos, el terror de la muerte violenta que ya ha llegado-, entonces, el hombre cogió firme de nuevo la empuñadura del viejo cuchillo.

El cuento La voz robada se reproduce aquí con autorización de su autor, texto que se encuentra en el libro En busca de Nils Runeberg y otros ejercicios, copublicado por Editorial: Praxis/SDPnoticias.com. Año: 2016, México.