Aquel rumor de cántigas y risas

ir, venir, vocear;

hablar de cosas que pasaron

y otras que pasarán,

aquella, en fin, vitalidad inquieta

juvenil, tanto mal

me hizo, que les dije:

“Idos, no retornad.”

De uno en uno pasaron silenciosos

por aquí, por allá

como cuando las cuentas de un rosario

ruedan por un solar.

Y el rumor de sus pasos al marcharse

de tal modo hasta mí vino a sonar

que no más tristemente

resonarán quizás,

en el hondo sepulcro,

los adioses que un vivo a un muerto da.

Rosalía de Castro, 1880.

Solo en la memoria quedan los vestigios de aquello que alguna vez en el tiempo conformó un cuerpo, eso que dota de existencia y mediatiza nuestra presencia en el mundo, como desde el existencialismo lo indica por vez primera Gabriel Marcel. Sin embargo, nos remite irremediablemente a su carácter finito, muerte segura, esa condición de temporalidad, de desgaste e irremisible labilidad. Es el cuerpo entonces ese objeto de deseo y signo de presencia en este mundo, aquello que nos da la certeza de que el otro está ahí, tangible y vigente, susceptible de dejar huella en los bordes del límite de un cuerpo ajeno. Pero, ante su ausencia se suscita un espanto de dos caras: el amor que prodigamos a su imagen –muchas veces no confeso- y el terror a dilucidar sobre su vida oscura interna en proporción al tiempo de la partida.

De ese cuerpo solo quedan residuos, amenazas cumplidas de un despojo. Buscamos entonces lo que evoca al cuerpo perdido, esa representación encarnada ya en uno nuevo, en una imagen desgastada, un objeto que vuelva a nombrarlo.

Reconstruimos una y otra vez esa imagen a modo de ejercicio de la memoria para no dejarla morir y como continua auto recreación conjurando el riesgo de vernos mutilados. Mudamos, nos transformamos junto con nuestros muertos, ellos que antes y ahora nos rodean porque en su momento nos ayudaron a construirnos como organismo propio, diferente y al mismo tiempo semejante a los demás. Deambulamos pues en un cuerpo urdido por pensamientos evocados con cortes y partes adheridas de sonidos, imágenes, olores, texturas que en algún momento se cruzan, se reconocen e incluso se desconocen. Por eso digo que ese alguien no se ha marchado hasta que dejas de prestar oído a sus pasos. Ante la perplejidad de la pérdida súbita de mi madre, de quien aún perduran en mi memoria gestos, miradas y una manera de ser y vivir que me hacen preguntarme cuánto de ella me construye ahora, en esta serie de fotografías la hago presente y tangible a través de mi cuerpo en lo que fueran sus ropas y que materialmente es lo único que me queda de ella: una “mañanita”, un vestido de flores y una frazada. Esta selección es el inicio de un rescate de las imágenes de mis seres queridos, de los que se fueron de forma repentina, sin despedidas ni antesala: mi madre, mi hermana y mi padre. Es pues un intento de desagraviar ese arrebato de sus cuerpos, de entender este intrincado tema de la presencia y la ausencia, la separación y el vínculo, buscando reunir todo lo que de ellos pervive en mí para entonces remediar este vacío.

Miraldelly Marín Amézquita

Villahermosa, Tabasco, 19 de Septiembre de 2016

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Miraldelly Marín Amézquita. Originaria de Frontera, Centla, Tabasco. Tiene la licenciatura en Ciencias de la Educación por la UJAT y el Master en Educación por la ENS de Tamaulipas, Actualmente es docente en el Sistema de Telesecundaria en el Estado desde 1994. Cómo fotógrafa se forma en el diplomado de la UJAT y en el 2011 participó en el Seminario de Fotografía Contemporánea en la ciudad de Oaxaca y Distrito Federal organizado por el Centro de la Imagen y el INBA, ganó el Concurso Estatal de Fotografía Jaime Tirado en el 2006, ha presentado su trabajo de manera individual en dos ocasiones y es coautora del catálogo La Mirada de la luz publicado por UJAT la en 2012.