Y hablando de naufragios, quién pensaría que se iba a desbordar el río Grijalva varios años más tarde, la madrugada del dos de noviembre del 2007, y arrasaría con medio Villahermosa, menos con mis recuerdos, y allí anduve, entre el agua, a bordo de una lancha, en busca de mis muertos, de mis propios fantasmas, no como andan diciendo, para narrar lo que vi por medio de una crónica.

Mientras cruzaba el centro de la ciudad en una lancha, yo imaginaba el hundimiento de mi propia vida, cuatro años atrás; aquella noche se inundaron mis ojos con un líquido amargo por los siglos de los siglos.

Parecía que me iba a desmayar con el recuerdo, por lo que el tripulante de la embarcación me preguntaba:

-¿Vivía usted por aquí?

-No, ¿por qué me lo pregunta?

-Es que lo veo llorar como si le doliera.

-Es que me duele de verdad.

-¿Perdió usted algo de valor?

-No sé.

En ese momento, sobrevolaban la ciudad los helicópteros. Villahermosa se encontraba en el caos, sumergida, como mi propia existencia y era la hora de escapar hacia las partes más altas. Para algunos había llegado la hora de buscar culpables del desastre. Para mí también, porque una y otra vez le preguntaba a Eugenia por aquella tarde en la feria y ella insistía en que no pasó nada.

Y lo mismo decían mañana, tarde y noche por los medios electrónicos. Que esta no era la hora de buscar culpables. Que los ríos se desbordaron porque la luna llena – la misma que me subí a retratar en la azotea a la hora que dijo López Dóriga en el noticiero: asómense, porque no van a ver una luna así en mucho tiempo-, atrajo el mar en la desembocadura del Río Grijalva, en el puerto de Frontera, y eso formó un tapón hidráulico que hizo que el agua saliera de su cause y se metiera a las calles, sin avisar, y a las casas, las oficinas de gobierno, las escuelas, los hoteles, los antros, los manicomios, los consultorios, incluyendo el del doctor Galtieri, y ahora ni modo de preguntarle cuándo me va atender, si nadie sabe lo qué va a ocurrir, si es que las aguas van a bajar de nivel o van a seguir creciendo, porque empiezan a correr los rumores de que reventaron las presas y hay evidencias de que en el aeropuerto los familiares de gente en el gobierno han empezado a salir, pero lo cierto, lo único cierto es que nadie sabe decir el día ni la hora en que esto va a pasar, como predican los pastores de la iglesia renacentista en los embarcaderos que hay por todas las calles.

  • Es cuestión de semanas- dijo el gobernador por la televisión-, para que bajen las aguas.
  • Será un proceso largo y doloroso-, pronunció el presidente de la República, al referirse a la reconstrucción del Estado.

El fin se acerca, me dijo un misionero de la iglesia evangélica, con el agua a la cintura, y yo le dije, “ojalá”, porque ya no soporto vivir así, ahogándome.  

 

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Ariel Lemarroy Valenzuela (Cárdenas, Tab, 1955) Narrador. Ha publicado un libro de cuentos Así es la guerra (1984) y está incluido en la siguientes antologías: La dama de la noche (1989), Si te vienen a contar (1992) y Primero la voz (1994). Ha obtenido el Premio Estatal de Periodismo en la modalidad de Crónica (2001 y 2002) y el Premio Estatal de Cuento (1989 y 1993), en Tabasco. En 1987, obtuvo el Premio de Cuento de la Universidad de Monterrey (UDEM). En el año 2004, publica su primera novela en Ediciones Monte Carmelo, La vida por delante. En 2008, No me preguntes nada... Obtuvo el Premio Regional de Novela breve Josefina Vicens, convocado por el IEC De Tabasco. Fue reportero y cronista del diario Tabasco hoy. Su último libro de entrevistas se titula Finísimas Personas, edición de autor. Vive en Cárdenas, Tab.