Admiro a la gente que maduró rápido.

Yo voy por la calle y todavía juego

disimuladamente a no pisar las rayas del piso.

Amanece con la típica niebla y chipi chipi de Xalapam, y el espectáculo en la montaña húmeda es tan imponente como una franca invitación a no salir de casa, a tomar café y ver una buena película, a leer un buen libro o a regocijarse con algo de música, pero ya llevamos varios días dentro de casa y los efectos de esto en niños del trópico húmedo empiezan a ser evidentes, no obstante, en cada uno de los días del asueto se procuran actividades propias para distender los efectos de la vida interior que se suele practicar por aquellas tierras, aunque con frío y lluvia tampoco a ellos conscientemente se les antoje mucho. Ya han leído sus cuentos, ya han visto sus programas de TV e incluso me he descargado unos ejercicios de A. Baldor para aplacar el jaguar pero extrañan mucho sus tablets, artefacto del demonio a cuyo acceso se les limita el tiempo porque cuando uno se descuida ya han pasado más de ocho horas maltratando sus ojos y perdiendo el tiempo.

Finalmente recuerdo que estamos en período de asueto y accedo a que hagan uso del artilugio infernal mientras reviso algunos textos sobre la educación emotiva del mexicano editados por la UAM. El tiempo se va y a la hora de dormir los pequeños me relatan sus andanzas; han descargado un app de nombre Pokémon Go y las tripas se me revuelven al recordar una manada de extraños seres provenientes del mundo del manga japonés donde se da la existencia de algunos que al mojarse cambian de sexo como si tal cosa. Me da la impresión de que no puedo ocultar mi animadversión cuando el mayor de los dos arrecia el ritmo de sus argumentos para justificar las bondades del juego. Me muestra unas cosas a las que llama bolas pokemon y que sirven para atrapar fantasiosas especies y también discurre acerca de un montón de tópicos ante los cuales voy perdiendo atención. El sueño y el cansancio se juntan y nos damos las buenas noches. Mañana será otro día, les digo, animándolos con poco éxito a descansar y dormir.

Poco después de despuntar el nuevo día desayunamos y ya hemos conversado más acerca de los pokémones. Están realmente excitados, sobre todo el mayor. Así que, suelto la pregunta, con cierta maldad porque ya cae el típico el chipi chipi: ¿y si nos vamos a dar una caminadita a ver que monstruillos nos salen? Y pues bueno, la respuesta fue la que no esperaba y a coro: siiiiiii. Y pues que nos abrigamos y que nos vamos. El mayor era el guía pues dijo que el app tenía un mapa por donde rastrear a los extraños y coloridos seres, y emocionado me mostraba la pantalla donde aparecía un monigotito posicionado en un mapa como los que me salen en el GPS del automóvil, y nos instruía acerca de por cual calle o camino teníamos que tomar. Pronto llegamos a un ignorado busto por la calle que pasábamos en auto todos los días para salir de la colonia a la aventura, y muy propio me dijo el niño, como si supiera muy bien de lo que estaba hablando: es León Felipe, un reconocido poeta español, a lo que la pequeña, con cierta picardía apenas dibujada en su rostro le inquirió: ¿y tú cómo lo sabes? A lo que contestó el otro con cierta suficiencia: Ah, pues porque aquí en la placa lo dice. Y todos reímos ante lo ridículo de la evidencia, cuando muy contento nuestro guía se embolsaba cinco bolas pokemon.

Y seguimos caminando por donde el guía indicaba, y casi al llegar a la Torre Ánimas de pronto alzó la voz y espetó: esperen, creo que por aquí hay algo…. El radar indica la presencia de un pokemon en los alrededores, y con su Tablet en mano y al frente de sus ojos, como dispositivo revelador, giraba en su propio eje buscando alrededor. Creo que cerca no está, continuó, para proseguir discurriendo que no sabía a qué distancia podría estar pues el aparato solo indicaba que estaba cerca sin mayores datos. Continuemos, confirmó al tiempo que ponía sus pasos al camino, y llegamos a la Torre y que se arma el festín: tomó un Charmander, especie como de dinosaurio bebé que le hizo mucha gracia a la pequeña, y después un pequeño murciélago denominado Zubat, y después un gusanito Weedle, y más bolas y algunos dulces. Estaban que no cabían de contentos. Y… me descubrí feliz de verlos sonriendo y disfrutando.

Al continuar días después por otros caminos descubrimos una bella Capilla inmersa en una selva citadina rodeada de hermosas orquídeas y muchas flores, un mural monocromático que describía la antigua vida cafetalera de la ciudad, alguna fuente como de los deseos y una cruz de piedra con doble travesaño que despertó la curiosidad de la más pequeña de los caza pokémones. Reímos mucho suponiendo posibilidades para este doble travesaño: inventábamos que servía para crucificar a los delincuentes con las piernas abiertas y así también poder quemarles los testículos, o que, acaso, servía para crucificar monstruos de cuatro brazos, hasta que un policía se acercó para indagar acerca de nuestras actividades y nuestra festividad. Les preguntó directamente a los niños que quién era yo, a lo que sin dudas respondieron que “pues mi papá, quien más” y hubo necesidad de identificarse y no contento nos llevó a nuestra casa, para cerciorarse de la veracidad de lo dicho, lo que sin duda motivó risas y risas todas la semana, pues ensayaron ya en territorio seguro otras respuestas más hilarantes, como decir que yo era un pokemon que habían atrapado y que se llevaban a casa, o que era el tío de una amiga, o que era secretario general de Javier Duarte -mandatario de aquel estado, lo que en sí ya no me hizo mucha gracia- y así, seguimos el festejo toda la vacación. Agradecido de mi parte que mis chavos encontraran motivación para dejar la comodidad de su cama o adentrarse en el uso de un cierto software que aún a mí todavía me causa ciertas dificultades como el GPS del automóvil.

Puede ser grande mi ignorancia al no saber quién se aventó la frase de entrada, pero grande también es mi agradecimiento para con ella y desde mi perspectiva poco importa quién la dijo; para el caso me la han repetido hasta el cansancio que nunca cansa en esos cursillos que solemos tomar a diestra y siniestra quienes aspiramos a cultivar nuestra creatividad. Me lo dijo Susana Alexander y me lo han repetido Arvo Part y Cirque Du Soleil, cuando aún era original y maravillaba con Quidam, ese gigante que perdió su cabeza y que para rencontrarla tiene que ser nuevamente niño.

Y no me cansa porque la cotidianeidad es realmente siniestra y vil. Ante ella nos apartamos de nuestra esencia y de lo que quisimos alguna vez ser; nos rendimos al cansancio y nos entregamos a la autoconmiseración, nos volvemos endebles y consecuentes precisamente con lo que ya habíamos aprendido que no se puede ser. Aceptamos lo antinatural y tergiversamos todo. O casi.

¿Quién es el que después de una pesada jornada laboral puede llegar sonriendo y contestar con dulzura ante los requerimientos de los infantes? Casi todos los que conozco, en el mejor de los casos contestan con impaciencia cuando no con rabia y enojo y en casi cualquier caso terminan por apartarles de sí. Sobre todo si se es mujer, y dicho sea sin el menor de los deseos de peyorativizar. Ellas tienen sus propias problemáticas, histerias, esquizofrenias y mezquindades. Aunque no todas, dirán, y habrá también algo de cierto. Pero no se trata de eso. Se trata, como dirían en ese cursillo la propia Susana Alexander o Benoit Juthras, del famoso circo canadiense, de poder ver nuevamente las cosas con esa luz e inocencia propias de la niñez.