Ernesto había arribado a la ciudad de México por la central camionera del norte. Su llegada fue amaneciendo, como tantas otras veces, cuando estudiaba en la UNAM: para aprovechar bien toda la jornada.

Se sentía nervioso, pues al día siguiente, defendería su tesis ante los sinodales. El examen había sido programado a las ocho treinta de la mañana del jueves 19 de septiembre. Durante el viaje de seis horas, casi no durmió, ya que aprovechó la travesía para repasar los puntos donde se sentía más vulnerable. Y aunque dominaba el tema, conforme se acercaba el momento del examen, premoniciones descabelladas le taladraban el cerebro. El aire frío de la madrugada le pegó de lleno en el rostro. Extrajo de su maleta la bufanda de estambre café y se cubrió la cara. Empezaba a amanecer. Salió de la terminal y tomó la ruta 5 del metro. Transbordó en dirección de la Línea 3 en la estación La Raza. A pesar de la hora, los vagones pasaban atestados. Caminó por el andén hasta el final, esperando que en esa zona los trenes vinieran más desocupados. No fue así. Dejó pasar uno, dos, y decidió finalmente subirse en el tercero. Sólo llevaba su vieja maleta negra colgando del hombro y en las manos su tesis y una pequeña libreta de apuntes. El jueves por la noche regresaría a su pueblo.

Pasando la estación Balderas, la muchedumbre disminuyó notablemente de tal suerte que por fin se pudo sentar. Aprovechó para anotar en su libreta los pendientes que tenía que realizar ese día: pagar en la biblioteca; que firmen los sinodales; buscar al fotógrafo; entregar el recibo de no adeudo; hablarle a Juan. Miró su reloj al tiempo que llegaban a la estación Coyoacán. Eran las seis cincuenta y dos. Ahí se demoró el metro, al menos 10 minutos.

No importa, ¡que se tarde una hora si quiere! Traigo bastante buen tiempo. Salió de la estación Copilco, justo a las siete y veinte. Atravesó la avenida que separa la terminal del metro de la Universidad. Todavía se dio tiempo para detenerse un momento frente al número 62 de la calle de Medicina. En esa casa vivió los cuatro meses más difíciles de su vida, pues soportó la partida de su madre y el abandono casi total de su padre. Se distanció por completo de sus pocos amigos y se refugió totalmente en el alcohol. Ese invierno asesinaron a John Lennon. Continuó su marcha hacia la Facultad de Economía.

Como en los viejos tiempos, prefirió desayunar en los puestos frente a Odontología y no en su propia facultad: se comió tres quesadillas recién hechas que acompañó con jugo de naranja. Quería andar ligero y desquitarse opíparamente por la tarde cuando se encontrara con Juan. Poco a poco los pasillos se fueron llenando de alumnos presurosos. Le dieron las ocho contemplando a dos futuras dentistas que pasaron junto a él, sin mirarlo; el uniforme blanco resaltaba aún más la natural belleza. Rememoró vagamente a Teresa, su novia de la época universitaria, que conoció en esta misma calle durante una marcha contra el dictador Somoza.

Cogió sus cosas y se dirigió tranquilamente a la facultad vecina. Iniciaría con los pendientes conforme los anotó en su libreta, así que se enfilo hacía la biblioteca “Enrique González Aparicio”. Desahogó el total de los asuntos indispensables para presentar el examen con la última firma necesaria a la una de la tarde. Finalmente, aquel miércoles llamó a Juan y convinieron en verse a las cinco de la tarde frente a la torre de Rectoría en Ciudad Universitaria.

Contaba con cuatro horas para hacer lo que le viniera en gana. En los pasillos de la Facultad de Derecho compró “Todos los fuegos el fuego”, de Cortázar. Sentado en una banca, viendo de reojo el ir y venir de estudiantes, leyó el cuento “La autopista del sur”. Observó el andar de una pareja de enamorados dirigirse hacia la Facultad de Ingeniería, atravesando el enorme campo verde que llamaban “Las islas”, refugio de ocios y encuentros fortuitos. Al fondo, del lado derecho, como protegiendo el estadio universitario, dos guardianes: la torre de Rectoría y la Biblioteca Central. Temperatura agradable aunque a la sombra se sentía algo de viento helado, obsequio del Iztaccíhuatl y el Popocatépetl.

La vista era impresionante. El lugar podría ser llamado el ombligo de Ciudad Universitaria. Desde este sitio, con sólo dar unos cuantos pasos, se podía llegar fácilmente a cualquier parte del campus. Por estos fríos jardines, Ernesto caminó durante cinco años en su tránsito estudiantil. Bajo la sombra de algunos de estos árboles solía darle los toques finales a algún trabajo de investigación. O también, sin proponérselo, con algún libro sobre la cara durmió plácidamente.

Por eso ahora, en la víspera de su examen final, con la perspectiva de que quizá estos serían sus últimos momentos en la Universidad decidió recorrerla parsimoniosamente, asomarse a sus lugares preferidos y caminar sin prisa por sus pasillos, espiar en algunos salones atiborrados de alumnos y sentarse en alguna butaca del auditorio Ho Chi Min. En fin, despedirse como Dios manda.

Quince minutos antes de la hora fijada se sentó en una banca y se dispuso a esperar a su amigo en el lugar convenido. El plan era comer en un buen restaurante y acostarse temprano para dar una buena batalla en el examen al día siguiente. Intentó escribir algo sobre su tema de tesis en la libreta pero el continuo paso de vehículos no le permitió concentrarse. El cielo empezó a ponerse oscuro, con tonalidades rojizas. Algunos relámpagos se veían hacia el cerro del Ajusco seguidos de lejanos pero amenazadores truenos.

-¡¿Qué onda, Ernesto, disculpa la tardanza!?

-Pensé que no ibas a venir. Ya me estaba impacientando.

-Tuve un contratiempo, pero ya estoy aquí, ¿tienes hambre?

-Hasta la pregunta ofende, Juan. Está bien que lo de mañana me ha ahuyentado el apetito, pero ahora traigo un filo…

-¿Qué tal si vamos a la fondita que está en la glorieta de Miguel Ángel de Quevedo?

-Sale… sale, hermano.

No acababan de traspasar la puerta del local, cuando una fuerte tormenta se desató sobre la zona. Alrededor de la mesa ambos dieron rienda suelta a los recuerdos. Juan era dos años mayor que Ernesto. Y aunque eran vecinos del mismo barrio en su ciudad natal, inauguraron su amistad hasta la adolescencia; sin embargo, sus vínculos se estrecharon más cuando coincidieron en el Distrito Federal como estudiantes de la UNAM y vivieron por un tiempo en la misma pensión. Juan estudiando leyes,  Ernesto economía.

Ya titulado,  Juan fue contratado en un bufete de abogados. Ernesto aún no se colocaba en un trabajo estable. Aunque de personalidades distintas, por alguna extraña razón siempre procuraban verse. Se complementaban. Juan era extrovertido, esmerado en el vestir, buen orador, abstemio y mujeriego. Ernesto se alineaba más hacia la timidez; corto de palabras, desaliñado, trasnochador y sentimental. Por algo Juan había estudiado derecho burgués, como solía decir Ernesto, quien, en cambio, abrigaba tendencias izquierdistas.

Pasaban de las siete de la noche, cuando Ernesto interrumpió la charla:

-Yo creo que mejor nos vamos, Juan. Este aguacero no va a parar y quiero dormirme temprano.

-¿En cuál hotel te vas a hospedar?

– En el de siempre, el Hotel Congreso, que está sobre Isabel la Católica; muy cerca del metro.

-Ah, perfecto. Así, en veinte minutos llegas a la Universidad.

-Para que no haya problema me voy en taxi al hotel, y tú, regresas a tu departamento; al fin que no te queda muy lejos.

-Mañana no quiero que llegues tarde, Juan. Yo desde las ocho en punto voy a estar ahí. Llueva, truene o relampaguee, ahí te espero.

-Ya sabes, hermano, no te puedo fallar. Duerme tranquilo y relájate, que mañana nos veremos en tu examen.

Se despidieron con un fuerte abrazo.

El tránsito estaba desquiciado en toda la ciudad y la lluvia no cedía. Cuando el taxi se desplazaba a vuelta de rueda por la avenida Álvaro Obregón, Ernesto ya iba muy desesperado, pues esto no estaba en sus planes. De pronto, casi sin meditarlo, le indicó al taxista que se detuviera frente al Hotel Bilbao, que en ese instante aparecía a su izquierda.

Corrió hacia el hotel cubriéndose la cabeza con la maleta. Era un edificio rectangular como de ocho pisos; la fachada se veía moderna de estructura de acero. El restaurante se apreciaba en el primer nivel con enormes ventanales.

Pidió una habitación, dejó su maleta y rápidamente bajó al restaurante semivacío. No ordenó el café que tenía en mente. En su lugar se tomó una cerveza con limón y sal. Dando pequeños sorbos a su bebida estuvo largo rato mirando hacia la avenida. Pensó en hablarle a Juan, o a su hermana Carmen, pero la lluvia lo hizo desistir. Mañana les llamo. Del otro lado de la calle, hacía el lado derecho, se distinguían los famosos bísquets de Obregón. Pidió otra cerveza. Para dormir mejor.

Ya sobre la cama repasó la forma de introducir la exposición y analizó la defensa de su tema y algunos que otros detalles. Antes de meterse a la cama, llamó a la operadora y solicitó el servicio de despertador para las seis de la mañana. Se sentía más tranquilo. El inconveniente del cambio de hotel, no le parecía problema. Además, éste era más confortable. Y sólo estaría una noche.

Apagó la luz e intentó dormirse, sin lograrlo. Por su mente empezaron a desfilar cosas de su pasado. Y lo trascendente que había sido en su vida la amistad de Juan. La mano firme que siempre le tendió en los momentos más grises. Llegaron a su mente los sinsabores que vivió cuando terminó su educación primaria. En lugar de presentarse a recibir su diploma de primer puesto en aprovechamiento, salió como forajido, con su madre y hermanos rumbo a Guadalajara, Jalisco, porque sus padres se andaban divorciando. O cómo cuando, su pareja de baile no se presentó a la graduación de secundaria, y se quedó vestido y alborotado. Lo de la preparatoria fue aún más grotesco. Eso es  mejor no recordarlo.

Por eso, ahora, tenía motivos para sentirse feliz, orgulloso. Sentirse vencedor. Pese a todas las vicisitudes ahí estaba, en la habitación desconocida de un hotel desconocido, pero deseando el gran día. ¡Mañana!. Con esos pensamientos se perdió en el sueño. No obstante, su sueño no fue placentero, pero sí escuchó los timbrazos del teléfono despertador a las seis de la mañana.

Todavía amodorrado se metió a bañar. Salió fresco y animado. Ya vestido corrió las cortinas; afuera aún no amanecía del todo, pero la gente ya se veía trajinar. Practicó un rato más la introducción de su exposición. Instintivamente echó una ojeada a su reloj: las siete y diez. Buscó sus cosas que la noche anterior había guardado en el closet y terminó de vestirse. El traje azul marino, la camisa azul suave, los zapatos negros. Nada era nuevo como hubiera querido su amigo Juan ¡La corbata!. La Avenida Álvaro Obregón era una vía ancha con camellón y árboles en medio. Como todos los días, a esa hora, la escandalera de pájaros era ensordecedora pero Ernesto no reparó en que las aves estaban más inquietas. Algo las perturbaba más de lo común.

Dio el último jalón al indomable nudo de la corbata guinda en dos tonos. Justo a las siete con diecinueve, cuando intentaba acomodarse el saco, una fuerte sacudida lo hizo perder el equilibrio y cayó a un lado de la cama. Quiso levantarse, pero los movimientos oscilatorios del edificio no le permitieron ponerse en pie. Cerró los ojos, al tiempo que escuchaba como se rompían los cristales de la ventana y la televisión se estrellaba contra el piso. La mesa del tocador y un ejemplar de su tesis le cayeron en la cara. !No voy a llegar al examen!. Afuera, frente a lo que fue el Hotel Bilbao, una enorme grieta, que se abría y se cerraba acompasadamente, atravesaba los cuatro carriles y el camellón de la Avenida Álvaro Obregón. Allá, en el sur de la ciudad, en los pasillos de la Facultad de Economía, Juan intentaba comunicarse al hotel Congreso, sin conseguirlo.

A las ocho y treinta, los cuatro sinodales entraron a la sala de exámenes profesionales.