De niño escuché la palabra; la usaban mis padres y tíos para cualquier ocasión. La pronunciaban mis abuelos, los vecinos y los pasajeros del autobús.

La palabra se decía en voz alta y de pronto era como evocar un hechizo de magia para resolver un problema. Era como decir “Expecto patronum”, y se hacía la luz.

Si se rompía el televisor, se oía la palabra. Si se atoraba la cerradura de la puerta, también. Desde luego, la palabra era de uso local y sólo la entendían los que habitaban en la comunidad. Un extranjero entendería otra cosa.

Un día no encendió la radio que la maestra usaba en la escuela; y dijo la palabra. Así la radio comenzó a funcionar.

En las casas, con la palabra, se arreglaba las fallas de un ventilador, de una grabadora o una licuadora. Era la palabra lo que solucionaba todo.  O casi todo.

Un día, así nomás, la energía eléctrica dejó de llegar. Entonces un anciano dijo la palabra y todo quedó resuelto. Con la misma palabra el viejo logró reparar una bicicleta, un juguete y una cacerola.

La palabra, Negocéale, es de uso común en estos caminos del sur para referirse a tócale, húrgale, muévele, empújale, golpéale. Es el todo y la nada para reparar, arreglar, echar andar, hacer funcionar cualquier objeto descompuesto. El negocéale es componer lo roto con empleo del sentido común. Con un golpe, o un negocéale, un televisor enciende, una lavadora acelera, un auto arranca, una radio canta, un teléfono se activa, una cerradura gira. Incluso, se puede negocear un hueso fracturado y éste regresa a su sitio.

Un balón roto vuelve a rodar negoceándole con algo; ese algo es un pedazo de plástico que cubre la pinchadura.

Un extranjero pensaría en que estos hombres del sur son inversionistas o negociantes porque siempre hablan de negociar, pero el negocear aquí es la mecánica que se usa para darle otra oportunidad a los objetos y que éstos vuelvan a la vida.

—Mamá, ya no sirve el videojuego —grita Pablo desde su habitación

—¡Negocéale! —le responde ella con otro grito.

Y entonces sucede lo extraordinario. Se hace el milagro: Plop, plop, plop

—¡Ya sirve! —dice en voz alta el niño

Sin embargo, cuando y después de haber tocado, hurgado, movido, empujado y golpeado el objeto, simplemente éste no regresó a la vida, alguien suele decir dos cosas: no sirve o ni modo hay que hablar al técnico para que lo repare.

 

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Kristian Antonio Cerino (Jalpa de Méndez, Tabasco, 1980) Es licenciado en Comunicación y maestro en Docencia por la UJAT. Ha publicado artículos, crónicas, ensayos, entrevistas prólogos y reseñas en libros y revistas arbitradas. Es premio nacional y estatal de Periodismo en el género de Crónica. Ha publicado crónicas periodísticas, perfiles y entrevistas de semblanzas en revistas como Eme Equis, Liberación, y en sitios web como Animal Político, Lado B, Diez 4, entre otros. Fue finalista del premio Nuevas Plumas que organizó la Universidad de Guadalajara y la Escuela de Periodismo Portátil, 2011. Fue becario en el programa Prensa y Democracia en la Universidad Iberoamericana y en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano que fundó Gabriel García Márquez.