A los alumnos del CCH, Plantel Oriente,  

UNAM. Invierno del 2013.

 

—No esperarás que me olvide otra noche de ellos, ¿verdad? —Había dicho E, momentos antes de mirarse al espejo, y ver tras de sí aquel escenario confuso y agrio agigantándose como un oscuro y babeante hocico de lobo.

       Han pasado ya tantos meses, y esta memoria que se aleja cada día más y a cada momento. Ya me dirás tú qué tan ingrato soy. ¿Los ves? Quietecitos, infinitamente quietecitos en este movimiento eterno de silencio. No piden mucho, aunque siendo honesto debería decir: no piden nada, ¡y cuánto saben de mí!,  ¡y cuánto saben de ti! Pero nunca lo dirán, su virtud, es no dejarte solo; no lo hacen ni siquiera en los peores momentos. Cuando los necesitamos y corremos a pedirles un poquito de orientación. Míralos allí, siempre con esas bondades para nosotros, para no andar ciegos, ni sordos, ni mudos. Y aunque no te imagino sin ellos, déjame preguntarte: ¿andarías sin su consejo? Yo te diré esto: no importa cuánto insistas en ignorarlos, no te queda nada bien caminar como si el viento fuera un mal chiste de invierno, como una melodía sin ton ni son, de esas que hoy se escuchan por todos lados, ¿entiendes lo que digo? De eso se trata, de eso precisamente hablo.

       Vamos, acércate, acércarte ahora que aún hay tiempo; no lo olvides, es un acto noble, tú mismo lo dijiste, y a mí, cuántas veces no me lo repetiste, cuántas no me hiciste acompañarme de ellos, cuando entonces llevaba la terquedad hasta el extremo de pensar que podían ser sacudidos y olvidados como solitarios árboles en el páramo más alejado y oscuro de la noche.

       Bien sabes de lo que hablo.

       No pensarás que dejándolos de lado, tu alma quedará a salvo de todo rasguño, ¿verdad? Te recuerdo que fuiste tú quien dijo: “…esto no pasaría jamás”, entonces los mirabas con esa inocencia salvaje que se tiene momentos antes de la pasión, y de la que por cierto nunca debemos olvidarnos; me pregunto ahora ¿Dónde quedaron las tardes?, ¿dónde?, ¿qué hiciste de aquellos viajes?, y ¿los amores?, ¿dónde?

Luego de pronunciar la palabra: amores, E, cayó en un estado casi de inconsciencia, los ojos se le aperlaron y los labios parecían encarnados a los dientes, a grado tal de desaparecer la comisura; los pómulos, antes afibrados, no sólo ya no eran los mismos, ajenos a él, parecían una especie de ficha de rompecabeza sacada de un rincón empolvada y maltrecha; y su pelo, más alborotado que de costumbre, arremolinado en los dedos de su mano derecha, me hizo pensar por primera vez en aquel personaje que él tanto admiraba, y del que, por cierto, nunca se imaginó representar. Sin embargo, allí estaba. Asombrado contemplaba aquel escenario, cuando su voz, que no era precisamente su voz, o ya no era la misma, oculta tras aquella pila de libros, husmeaba aquel módulo visitando con intermitencia los lomos como si nunca antes lo hubiera hecho, parecía un sabueso en busca del entendimiento, explorando la ruta de regreso en la más agitada calma de la noche, de donde, por cierto, él acostumbraba decir: —se inicia el viaje—. Eso hacía en aquel momento, un viaje, mas, no lo sabía. Pero yo sí, que en esos instantes lo vi todo; como lo cuento ahora. Un hundimiento de ojos como dos hormigas deslizándose al fondo del hormiguero, seguidas de tormentosos puños de arena que chispean la sordidez más extraña que nunca jamás he visto o sentido. Me quedé contemplando la ausencia sin remedio, como lo habría hecho cualquiera en sus cinco sentidos. Vi que no deseaban salir más.

          —Anda, ya párate —le insistí a E, luego de limpiar las últimas columnas de libros que hacía rato esperaban sobre le mesa y que él miraba como el acto más fiel y amoroso. —¿Has visto semejante ingratitud? —Le pregunté de súbito. —¡Qué es esto! Mira lo que hemos hecho, mira nada más. Anda párate de una buena vez y cierra esa maldita ventana, hazlo de una buena vez, hazlo por favor que me va a matar el frío —rematé diciendo al mismo tiempo que sacudía las manos por encima de la cabeza, para luego dejar caer grávido el puño derecho sobre la desvencijada mesa estremecida en aquellos momentos en sus patas delanteras—. Mira lo que hace el aire, ¿no te conmueve? Sé lo que estás pensando, pero si no lo haces ahora al rato no habrá quien te ayude. Lo sé, dirás que esto es algo que tengo que hacer yo mismo, además, tienes razón, es sólo una preocupación mía. Aunque te diré algo, más que una preocupación, es una tristeza, una orfandad dolida en mi costado.

       Y de lo que antes decías, te acuerdas: “A ellos les debo tanto o más que a mis padres”, lo repetías hasta el cansancio; sobre todo cuando tu mal humor era el colmo de la soledad atizado por el deseo de no mirarte encolumnado como muchos que andan pendiente abajo. Y el día que gritaste aquí en la sala: “¡desde siempre la vida para el hombre es liberarse!” Se escuchó rimbombante, pero nadie dijo una palabra; y del mutismo con que te miraron, además de la incomprensión en los ojos, se notaba la falta de entendimiento. Y tú, ¿qué hiciste? Nada, te saliste pensando que nada debías hacer. Y te equivocaste, yo sé que te equivocaste. El arrepentimiento te alcanzó más tarde, quizá demasiado tarde. No lo sé.

       Mas, apegado estrictamente a lo que dijiste esa noche poco antes de irte, debo comentar que sólo mencionaste el nombre de tu madre. Y te diré algo, nunca te lo creí, en el fondo era de tu padre de quien llenabas tu ausencia, nunca aceptaste que no tuviera un gramo de lo que tú eras, y, honestamente, ¿qué eras tú?, lo pregunto porque yo sigo sin saber lo que soy. Medianamente me he asomado, pero al fondo, lo que se dice al fondo, tal vez nunca llegue. Y, siendo honesto, no sé si tenga tiempo para eso. Mis achaques se multiplican y son cada vez más intensos. En los últimos meses la columna se ha puesto de un humor, que no vieras. Anda —volví a mascullar—, por favor, termina por cerrar la ventana, qué no ves lo enmuinado del viento; terminará por enturbiarlo todo, pronto lo verás; ya entumió mis rodillas y falta poco para que haga lo mismo con los pies. Bien sabes que padezco de dolor de huesos. A mi abuela la mataron los dolores, ¿lo has olvidado? Pobre abuela, no estuve allí para decirte adiós. No me despedí de ti, ya tendrás tiempo para reclamarme. Si no cierras la ventana, no podré dar un paso más, y ¿quién terminará esta tarea? Me duele dejarlos así, lo sabes, ¿verdad?

     Mi caso es parecido al tuyo. No sé explicarme, sin ellos no sé explicarme. No sé tú, pero yo volvería a elegir andar de su brazo. Sin embargo, mira nada más cómo les pago. ¿Recuerdas éste?, debes recordarlo, con frecuencia mencionabas: “es uno de mis preferidos”. Tanto te enorgullecía abrazarlo, como si de ese acto dependiera todo cuanto eras y nos recordabas: “esta edición de 1932, la leyó Giovanni Papini, para ayudarse a escribir su libro Retratos”. Acaso, ¿lo has olvidado? —murmuré, recogiéndome en una frazada, en aquella vieja tela roída y descolorida que mi madre me regalara aquella mañana de domingo poco antes de quedarse dormida. Allí estaba E, deslizando conmigo la yema de los dedos sobre las tapas de aquel libro, acartonadas y cubiertas de vieja piel, que me hicieron pensar en el niño aquel de la tina de zinc, pobre como un terrón de tierra, pero feliz de mirada; y aunque éste pensamiento ocupó el mayor tiempo de la madrugada, en algún momento rememoré la tersura de la joven que me hizo en grado mayor ser otro, y aunque tiempo después se lo dije y ella no me creyó, no dejé de imaginarla mientras rozaba los detalles dorados que lucían en la portada y el lomo del libro. Fue aquella una mañana de ciertas incertidumbres, sin embargo, el té de azar que mi padre me compartió, fue suficiente para salir por la tarde y leerle a ella la historia. Ahora, tarde ya es, como aquel día, la lluvia se me encarama y el alma se me inunda. Se me viene encima como hojear de páginas, como atisbo de socorrida sonrisa, oscura, cierto, pero una sonrisa al fin que colorea mis mejillas para la eternidad.

       Más tarde…

       Toc toc, toc toc.

       —Señor, señor. ¿Está despierto? ¿Puedo pasar?

       Toc toc, toc toc.

       —Señor, ¿puedo pasar?, dejó encendida la luz de la biblioteca, y la ventana se quedó abierta. Ya apague la luz.    Voy a pasar, ¡mire qué desorden! Qué sucedió aquí, si tembló ayer, yo no lo sentí. ¡Miré sus libros!, están por todas partes, pero no se preocupe, yo enseguidita levanto esto. Hay muchos deshojados, sí que se va a enojar. Pero, ¡mire nada más, cuántas hojas en la calle!, hasta parecen palomas, como si alguien ésta mañana las hubiera dejado libres…

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Esteban Ascencio (Escritor y editor). Nació el 6 de diciembre de 1965 en la Ciudad de México. Estudió Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Desde muy joven decidió dedicarse a la escritura y de manera paralela a la entrevista, teniendo como resultado los libros: Me lo dijo Elena Poniatowska (1997); 1968 Más allá del mito (1998); Cuahutémoc Cárdenas, el hombre, el político, el líder (2000), Memorias de un poeta. Diálogo con Gonzalo Rojas (2002); Poesía y tango. Fragmentos de una vida. Encuentros con el poeta Horacio Salas (2003); Los cantaros de la noche (2005) y Los misterios de la pasión. Cuaderno de espiral azul (2015). Actualmente dirige Laberito Ediciones e imparte talleres de promoción a la lectura y la creación literaria por todo el país.