30 de junio  Para concluir estas postales decidí hacerlo con una obra de una mujer indispensable en la narrativa tabasqueña, Alicia Delaval (María del Pilar del Espíritu Santo Torruco), quien publicó por vez primera esta novela en 1969. La historia incomodo a cierto sector de la época, por su forma tan clara, aunque metafórica, de hablar de “Bellaisla”, que pudiera ser Villahermosa, y los usos y costumbres de las damas de sociedad.

Las vírgenes terrestres
(Fragmento)
 Alicia Delaval

Capítulo  I

Bellaisla, brillando bajo el despiadado sol de junio, semejaba una de esas ciudades de juguete que construyen los niños con los diversos objetos que encuentran a su alcance. El abigarrado conjunto de colores que lucían sus casas y edificios, y el trazo inverosímil de sus calles que subían, bajaban, se ensanchaban y estrechaban, dando vueltas y revueltas y desafiando, de esa manera, todas las reglas urbanísticas, ofrecían a los desacostumbrados ojos de los visitantes, una visión no sólo completamente ilógica sino extraña y obsesionante.

La topografía del terreno en la que estaba ubicada, no justificaba de ninguna manera su absurdo trazo, ya que la ciudad se encontraba situada sobre una amplia planicie. Tal vez la explicación de esta falta completa de urbanismo era la de que, como nunca había existido un Plano Regulador, cada quien había edificado su casa o edificio robándole al municipio parte del terreno destinado a las banquetas, a costa del predio vecino, o bien, haciendo esquina en el lugar menos propicio, o cerrando una calle arbitrariamente.

Sin embargo, a sus habitantes aquello les parecía lo más natural del mundo. Conocían cada recodo, cada rincón, cada escondrijo de su ciudad mejor que las líneas de su propia mano.

Si uno se atenía a las crónicas, Bellaisla databa de la época de la Colonia, aunque no poseía un solo edificio que hubiese podido ser considerado como monumento colonial. La historia había pasado por ella casi sin tropezarla, y los héroes nativos, cuyos nombres enseñaban a los niños en las escuelas, pertenecían por igual a la crónica que a la leyenda.

Hasta el nombre era incongruente. Mirándola sin pasión tenía uno que aceptar que como ciudad, carecía de belleza y tampoco se la podría calificar como una isla. Se encontraba, eso sí, en el centro de un vasto territorio al que atravesaba un caudaloso río, que como gigantesco pulpo, se dividía y subdividía en numerosos afluentes; y a nadie se le hubiese ocurrido contar los arroyos, lagos, lagunas y pantanos que lo hacían parecer, visto desde un avión en vuelo, como un gigantesco espejo quebrado en mil pedazos, sobre el verde tapiz de la intrincada y lujuriosa selva.

La ciudad estaba limitada a lo que parecía ser la pieza mayor de aquel inexplicable rompecabezas, y el resto estaba ocupado por ricas haciendas o bien por diminutas rancherías y pequeños poblados que no lograban ni siquiera la denominación de cabeceras municipales.

El conjunto daba la impresión de una inmensa postal turística en la que se hubiese abusado de azules y verdes; pues tenía todas las gamas: desde el azul más verde y más acuático, hasta el verdinegro característico de los lugares selváticos.

Su clima, terriblemente insalubre, explicaba su falta de tradición. Los sacerdotes y misiones, que en otras partes dejaron iglesias y conventos, cuyas sólidas estructuras aún desafían al tiempo con el poder de su belleza, habían sido enviados en el pasado a Bellaisla, por la comisión de algún delito, o morían pronto aniquilados por los tricocéfalos, las fiebres palúdicas y otras enfermedades infecciosas o la esperanza de retornar a la civilización a la mayor brevedad posible, les había impedido acometer el esfuerzo de dejar tras de sí una obra perdurable.

Había iglesias, sí, pero de construcción sencilla y sin pretensiones. El carácter liberal y abierto de los bellaisleños no se prestaba precisamente al misticismo; sin embargo, cada domingos los templos se llenaban, no tanto por devoción, sino porque era una buena forma de distraer el ocio dominical, ya que la ciudad no contaba con muchos sitios a donde se pudiese concurrir para olvidar las preocupaciones de toda la semana.

Los hombres se reunían en los cafés y en las cantinas, las mujeres lo hacían en las iglesias.

Naturalmente, existían sus excepciones; personas sinceramente devotas, casi siempre mujeres que habiendo dejado atrás la juventud y con ella las ilusiones, se acogían en el regazo de la religión, esperando encontrar en la eternidad lo que la existencia temporal se empeña ávidamente en negarles.

Pero volviendo a la fisonomía de la ciudad, su exuberante vegetación y la belleza de sus paisajes naturales,  arrancaban exclamaciones de asombro a los turistas que se veían en la necesidad de atravesarla, en sus continuos vagabundeos en busca de las zonas arqueológicas.

Era además, la capital de un estado potencialmente rico, y los fuereños hacían en ella pingües negocios; casi siempre a costa de los nativos, quienes indolentes por naturaleza o por razones climatéricas, los veían enriquecerse mientras ellos se conformaban con “irla pasando”; echándole a su mala suerte la culpa de su poca prosperidad en los negocios.

Los viajantes de comercio, cuando después de algunas visitas lograban acostumbrarse al calor incesante y a la cotidiana tortura de los piquetes de moscos, la dejaban con tristeza, asegurando que era el paraíso.

Y en efecto, lo era. Su gente, como toda la del trópico, siempre se mostraba cordial y agradable, muy especialmente con los forasteros, y el Supremo Hacedor, en un gesto de humorismo, parecía haber concentrado en ella a todas las vírgenes del calendario católico; si alguien lo hubiese puesto en duda no tenía más que darse una vuelta por las calles o asistir al jardín, en una noche de retreta.

Las había para todos los gustos, desde el más simple hasta el más exótico: rubias, descendientes de franceses o alemanes; morenas claras, apiñonadas y oscuras, según el porcentaje indígena aportado en la mezcla; o perfectamente blancas, de cabellos endrinos y ojos profundamente negros, que revelaban su directa ascendencia ibérica, y hasta auténticas pelirrojas, que lucían sus cabelleras como un llamarada encendida por la furia de un sol inexorable.

Algunas eran altas, de porte altivo y talle cimbreante, como cañas mecidas por el viento; otras de estatura mediana, bien formado los cuerpos y ondulosos los andares; o bien pequeñitas, esbeltas y finas como ponys de raza pura.

Las había lánguidas, como gatas melosas dispuestas siempre a la caricia; altaneras y distantes, soberbias, como vaquillas de lidia; pero la mayoría eran alegres, vivaces, parlanchinas; en conjunto. En fin, que no dejaba nada que desear y en donde hasta el más exigente hubiese encontrado una hecha a su medida.

Pero el problema principal de las bellaisleñas era precisamente la escasez de hombres. La guerra por “colocarse” se desarrollaba en forma feroz, despiadada, inmisericorde; en ese terreno nadie tenía compasión de nadie. Como en la lucha de las especies, sólo las más fuertes subsistían.

Empezaban a moverse en sociedad desde los catorce años, algunas antes, y pasados los cuarenta, aún seguían frecuentando los lugares de “caza y pesca”, como ellas mismas denominaban maliciosamente a los sitios concurridos por el sexo fuerte, que era la razón y meta de sus existencias.

A las veteranas las animaba el ejemplo de dos solteronas que pescaron marido habiendo pasado los cincuenta. Una, un viudo medio achacoso pero aún en uso, y la otra, que durante toda una vida de trabajo había logrado reunir una pequeña fortuna, que atesoraba para una vejez triste y solitaria, había atrapado a un vividor joven y simpático, en cuya compañía gastaba alegremente sus ahorros. Algunas las criticaban, tal vez porque no encontraban con quién hacer lo mismo, pero la mayoría había aplaudido su decisión, viendo en su conducta un ejemplo a seguir y una esperanza.

El forastero que visitaba por primera vez el lugar, después de contemplar azorado el delicioso e interminable muestrario femenino que se ofrecía a su vista a la hora de entrada o salida del trabajo, o por la noche, dando infatigables vueltas en el jardín o adornando las mesas de neverías y restaurantes, se arrepentía de haber comprometido su libertad en otra parte; pero ante lo irremediable, trataba de ocultar el hecho y aprovechar cuantas oportunidades se le presentasen de gozar del edén que se le brindaba.

Hasta los hombres serios y fieles por antonomasia, acababan por caer en la tentación. La primera noche de su estancia en la ciudad por lo general la pasaban escribiéndole a su esposa una larga carta en la que se quejaban del calor y de los moscos, a los cuales de ninguna manera hubiesen osado exponerla, ni a ella ni a los niños; la noche siguiente el calor les hacía insoportable el cuarto de alojamiento y optaban por salirse a la calle o asistir al jardín en busca de aire fresco; una vez allí…

Tomado de Las vírgenes terrestres. Gobierno del Estado de Tabasco. 1969

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Luis Acopa. Nació vivo en Villahermosa, Tabasco. Estudió la Licenciatura en Historia y la Maestría en Ciencias Sociales en la UJAT. Presentador, moderador y encarretador de almas para proyectos literarios de investigación ortodoxa y experimental. Compilador y autor de Érase una vez un cuento. Compendio general del cuento en Tabasco, tomo I y II, trabajo que reúne por vez primera el acervo narrativo en el Estado. Desde 2005, labora para el Fondo Editorial Universitario, adscrito a la Dirección de Difusión Cultural, donde ha editado más de 100 libros académicos, literarios y de arte. Actualmente es Jefe del Departamento Editorial Cultural y Profesor del Centro de Desarrollo de las de la UJAT.