29 de junio Esta penúltima postal corresponde a un testimonio vivo de un revolucionario, escritor y político, originario de Yucatán, que constató los usos y abusos del movimiento revolucionario en Tabasco.

La noche de San Juan

(Fragmento)

Bernardino Mena Brito

Bajo el sol flameante, la multitud sudorosa y enronquecida, llegó a la plaza principal. Este era el lugar destinado a la apoteosis. Allí escucharíamos a los oradores que cantarían nuestras acciones heroicas.

Comenzaba la labor de los políticos.

El primero, Santamaría, atildado, fino, sutil, castizo, al grado de intercalar periodos completos del Quijote en su peroración.

Martínez de Escobar, vibrante, fogoso, entusiasta y vivaz, con su manía de citar episodios de la Revolución Francesa.

Ramírez Garrido, con ese “no sé qué” del orador popular que electriza, sacude y hacer estallar en gritos a las multitudes. Era el más radical, el más fogoso y el más anticlerical.

Antonio Hernández Ferrer, como conferencista eclesiástico, opaco pero de gran intención. Su palabra no arrancaba el aplauso, pero sí hacía mover la cabeza, no provocaba gritos de rabia, pero sí contracciones de los músculos faciales en muecas de dolor y de disgusto.

Los oradores que habían hablado mucho y largo, de destrucción, de venganza, de justicia popular, de reivindicación de derechos; exaltaron a las multitudes en grado máximo, despertando odios dormidos para azuzar deseos frenados largamente. Cálido, al rojo blanco el ambiente, las manos nerviosas y agitados los espíritus bajo aquella tempestad desencadenada, vino lo que era irremediable que sucediera: el saqueo, la destrucción, la matanza, el desbordamiento de las pasiones y de los odios, sembrados y cultivados por años de exploración, de injusticia y de horror, por los poderosos…

Y allí estaban ellos; sus mansiones; sus hembras; sus tesoros, sus hijos que heredarían, después, todo el poder que había de continuar exprimiendo la miseria popular…

Y así se desencadenó la tormenta… Primero fue una casa, luego otra y otra…

Mientras las horas pasaban, el tumulto crecía más y más, hasta hacerse incontenible, los mismos que lo habían provocado, tenían miedo de él. Del saqueo no habías más que un paso al incendio y al asesinato. Una mirada rencorosa, una palabra mal interpretada, eran suficientes para que la pistola o el “30-30” dejaran oír su estampido, o el machete rubricara con un relámpago de luz el aire, haciendo brotar en chorro cálido y rojo la sangre enemiga.

El tumulto cobró proporciones. En las calles, los grupos encendidos de odio, embriagados por el aroma bárbaro de la pólvora, asfixiados por el humo de los incendios, las manos y las ropas salpicadas de sangre, vengaban viejos agravios en los amos esclavistas, bárbaros, perversos, asesinos y ladrones.

La memoria, recordaba; volvían de nuevo aquellos hombres a vivir los días y las noches, en que sufrieron azotes, o en que fueron martirizados en las cárceles; en que vieron a sus hermanas y a sus mujeres arrancadas de los hogares para saciar la sensualidad de los amos y cada quien, acompañado del grupo de sus amigos, se dedicó a buscar al que un día los agravió. No se perdonaba a nadie, ni por el tiempo transcurrido, ni por la pena purgada.

Algunos falsos revolucionarios, que al principio fueron respetados, ya entrada la noche, pasaron a ocupar su lugar de víctimas, los que habían engañado a las multitudes en anteriores ocasiones, fueron también perseguidos en las sombras nocturnas y acribillados a tiros. No se salvaba ningún explotador o perverso, por haber entrado con los triunfadores. Todo el que tuvo una deuda -la más pequeña- la pagó. El proletariado saciaba su sed de venganza, sin miramientos humanos.

Quien ha pasado por estas crisis, sabe de las injusticias que comete la ira popular cuando se desborda, y el pavor que infunde la anarquía en la misma masa, que se entrega como un cordero a la primera fuerza organizada que trata de imponer el orden.

La velada que debía efectuarse en el teatro, tuvo que suspenderse porque nadie concurrió a ella. El miedo había alcanzado las angustias del pánico, y el que tuvo una casa en donde resguardarse, no la abandonó.

Serían las diez en aquella noche trágica. Envuelta en el humo espeso de los incendios, resonante de disparos e imprecaciones, la ciudad, continuaba viviendo una pesadilla horrible.

En la casa del coronel Jiménez charlaba con él, cuando se le presentó un ayudante del general Green. Venía a suplicarle, en nombre de su jefe, que lo devolviera a la mujer y a las dos hijas de un su amigo, que acompañaba al oficial.

La sorpresa que nos invadió, no tuvo límites, pues el coronel Jiménez montó en cólera. La ira congestionaba su rostro. Apenas podía creer que alguien tomara su nombre para cometer un atentado de esa naturaleza. Sacando la espada pretendió flagelar a los recién llegados, pero yo intervine calmándolo, al asegurarle que era mejor demostrar con hechos que se trataba de una infamia. Los invité a todos a que pasaran al interior de la casa, para que se convencieran y me convenciera yo mismo, de que no estaban allí las personas a quienes buscaban.

Cuando se despedían, otro correo del general Green, se presentó trayendo la orden, nuevamente, de que Jiménez devolviera a la madre, y a las dos hermanas del mismo personaje.

Ante aquella pretensión que envolvía nueva injusticia propuse a Jiménez salir con una escolta a fin de esclarecer la verdad, e investigar quienes eran los que estaban tomando su nombre para sacar de las casas mujeres que les gustaban; pues ya el matar a quienes consideró enemigos, sino que había inventado el nuevo sistema de venganza, atropellando a las familias donde hubiera una mujer bonita.

Los soldados, en su mayoría, cansados de las últimas jornadas, se encontraban en un estado tal de ánimo poco propicio para estas fecharías; pero el populacho no. Frenético había saciado su codicia, la sed de sangre; pero le faltaba saciar su lascivia.

El trópico volcaba sus oídos. En una hora, quisieron vengar todos los agravios recibidos de los hombres, de la naturaleza, y de ese Dios justiciero que se había olvidado de ellos. Y esa venganza la llevaban a cabo con toda la pasión que habían puesto en su sangre, el sol ecuatorial tabasqueño, la lujuriosa vegetación, los pantanos, la malaria, la esclavitud y la injusticia que se hiperestesian en el trópico.

Recomendé al coronel Jiménez se implacable con los que así estaban procediendo, por el poco conocimiento que tenía de la psicología humana.

Nuestro paso por las calles de San Juan, fue marcado por una hilera interminable de muertos y una liberación de mujeres de todas edades y categorías sociales, pero no lográbamos encontrar a las personas que buscábamos.

Por todas partes, escuchaban el grito:

-¡Ahí viene Jiménez matando…! -a cuyo enunciado cada quien soltaba su presa para correr desolados por las calles, en donde eran cazados sin piedad.

¿Justos? ¿Pecadores?

¡Sabe Dios!

Las balas se repartían por igual; y a Dios se dejaba la tarea de escoger a los muertos.

Dábamos vuelta por una esquina, cuando oímos, estruendosas carcajadas. Nos acercamos al grupo, y nadie corrió. Dos mujeres jóvenes, reían nerviosamente. Nuestro acompañante las reconoció como sus hijas. Su mujer, las acompañaba llorando. Los hombres que habían ultrajado a estas inocentes, permanecían inmóviles. Con arrogancia y valor, se enfrentaron a nosotros, y preguntaron por el coronel Jiménez. Al contestarles él en persona, a gritos y entre carcajadas, le dijeron que habían tomado su nombre para vengarse de aquella familia que, valiéndose del general Green, había matado a un hermano suyo, porque éste años antes, había raptado a una de las doncellas; que ellos habían cumplido con su deber vengando esa muerte; y, por último, que no les importaba morir, porque después habría quien a su vez los vengara.

A culatazos fueron arrimados a la pared. Se les formo el cuadro, rápidamente; y el esposo y su padre agraviados pidieron mandar el pelotón que debía ejecutarlos.

Y aquellos tres hombres cayeron pesadamente al suelo, sin un asomo de arrepentimiento o de dolor mientras las dos jóvenes histéricas continuaban riendo y la madre lloraba la deshonra y desventura de sus hijas.

Más adelante, nos encontramos con otro grupo que se llevaba a la madre y a la hermana del mismo personaje. Los responsables eran dos individuos que no hablaron: espontáneos, se pusieron de espaldas a la pared, y esperaron serenamente la muerte que llegó instantánea con el tronar de los “30-30” de nuestra escolta.

Entre el grupo de mujeres rescatadas, se encontraba una española, por cuya boca, salían las obscenidades más grandes. Antes de ejecutar a los raptores, esta mujer nos pidió permiso para acercarse a sus verdugos, y los abofeteó, los pateó y los injurió, hasta que fue retirada del lugar.

Volvieron a sonar los fusiles.

Tendidas las víctimas en el pavimento, y cuando el oficial que debía darles el tiro de gracia amartillaba la pistola para cumplir ese deber, la española se acercó a uno de los cadáveres, se arremangó las enaguas, y le orinó la cara. Un soldado, con una linterna que daba una tenue luz, alumbraba la escena, entre sonriente y trágico.

El moribundo, en su último estertor, movió la cabeza, rozando con su nariz a la señora. Ésta, con un marcado tono españolísimo, prorrumpió en un: -¡Rediez!; ¡el muerto me ha mordido!…

Quiso correr, pero le faltaron las fuerzas y se desplomó.

Se dio el tiro de gracia a los fusilados, pringando con su masa encefálica a la señora. Al pretender atenderla, se vio que estaba muerta. Allí se quedó haciendo compañía a sus violadores.

Otra mujer secuestrada también dijo, muy quedo:

-La blasfema ha muerto. Dios mío, ten piedad de ella. -Y se hincó a rezar.

Como nuestra misión había terminado, nos dirigimos al cuartel más cercano, que era el de José Preve, y le ordenamos que mandara escolta para recoger a los muertos y tirarlos al río.

La lluvia, que en aquellos momentos caía torrencialmente, se encargara de borrar los últimos vestigios de los crímenes que cometimos aquella noche.

Tomado de Paludismo o la revolución en la selva (novela de tierra caliente de México). UJAT. 2001

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Luis Acopa. Nació vivo en Villahermosa, Tabasco. Estudió la Licenciatura en Historia y la Maestría en Ciencias Sociales en la UJAT. Presentador, moderador y encarretador de almas para proyectos literarios de investigación ortodoxa y experimental. Compilador y autor de Érase una vez un cuento. Compendio general del cuento en Tabasco, tomo I y II, trabajo que reúne por vez primera el acervo narrativo en el Estado. Desde 2005, labora para el Fondo Editorial Universitario, adscrito a la Dirección de Difusión Cultural, donde ha editado más de 100 libros académicos, literarios y de arte. Actualmente es Jefe del Departamento Editorial Cultural y Profesor del Centro de Desarrollo de las de la UJAT.