La ciudad, ese Peligro para caminantes. Imagen segunda

 

Un pueblón grande con olor a mierda de puercos y de guajolotes, era la Villahermosa que conocí en 1979. Un conjunto de gentes que camina a tropeles y grita como si no se escuchase a veinte leguas a la redonda. Si uno caminaba esas calles, iba percibiendo las discusiones familiares desde el patrio de la casa hasta la calle; el ruido de la hamaca en los horcones o en las vigas, el cacaraqueo de una gallina después de poner un huevo, el chirriar de la manteca en la sartén, esperando con sigilo y ojos atigrados la espera de una mojarra tilapia o tenguayaca, el sonrosado hueso de una chuleta de puerco, o el iluminado solsticio de un blanquillo (así también le llaman acá a los huevos); era el mes de agosto, porque no iba yo por el fresco de las aceras y de las matas de guayacán y de macuilises (esas espléndidas floraciones amarillas y rosas, respectivamente, que extasían a los espíritus chocarreros del romanticismo, del simbolismo, del bolerismo, del anacronismo, del tradicionalismo, del hedonismo y del pendejismo) sino que iba a media calle, con la intención de comprar el diario del sureste El Presente, que no traía nada de información sustancial, sólo puras ofertas de trabajo, y como mi padre quería comprar el medio motor de un auto decrépito que tenía, pues me lanzó a la aventura de conseguirle un ejemplar. Iba yo caminando al centro y desde algunos camiones de transporte me gritaban leperadas los viajantes, sobre todo algunos vecinos hijos de la chingada que no se llevaban conmigo; a eso respondía yo con piedras traídas de Teapa, con las que se rellenaron muchas de las calles de esta ciudad; sonaban los chingadazos en el capacete de los carros y en los vidrios; la gente utilizaba el transporte para traer su maíz ya molido desde el mercado; su atado de pejelagarto o de hoja de tó o de banano (guineo le dicen los que saben), y en muchas ocasiones tongas de papel periódico Rumbo Nuevo, Presente o Avance, que peleaba la gente para hacer piñatas, muñecos de papel, y para el comercio de abarrotes en general; porque a los sanitarios públicos, los usuarios los aderezaban con papel de estraza.

Pues ese pueblón con su olor a pan de huevo y excremento de puercos llegó hasta donde tenía que llegar, y empezó a desarrollar sus extremidades, a pavimentar sus calles, a entubar sus aguas de popales y pantanos, y despiojar a los críos en las escuelas primarias; a desparasitar vacas y mujeres embarazadas, a ponerle una pizquita de vitamina en polvo a la leche de los recién nacidos, a untarse talco para la erisipela, a quemar las llantas y limpiar los cagaderos (letrinas dicen los que saben). De repente, los trabajadores petroleros hicieron sentir su presencia en los mercados, en los salones de baile, en los juegos de pelota, en las cantinas y algunos muy cínicos, se dejaban ver hasta en las iglesias protestantes (usted sabe que a las católicas llega cualquier gente). En los parques se escuchaban léxicos diferentes a los chocos y leperadas y mentadas de madre que enchinaban al piel de los turcos cultos que iban a pasear y a correr con sus perros, para asuntos del colesterol, de la diabetes y de esos asuntos (valga la repetición) del corazón.

Se sabía que los tabasqueños éramos ricos. Muy ricos, ¡cómo carajos que no! Que de las reservas petroleras del país, Tabasco era una de las más ricas en yacimientos de gas natural y de petróleo. Y que ya no nos íbamos a morir de hambre, ni de sed, ni de ardor, ni de envidia; íbamos a tener trabajo, íbamos a salir de pobres, la vida nos sonreía como si el futuro fuese el culo rozagante de la esperanza. Todo era orgullo y entusiasmo en los semblantes de la gente; los precios de las casas en renta subieron hasta las nubes; cualquier cuchitril costaba tres veces el salario mínimo semanal de un jornalero de comunidades rurales; la ropa empezó a encarecerse, y de repente los centros comerciales tradicionales empezaron a colocar climas o aire acondicionado a sus departamentos de perecederos, a sus peluquerías que se denominaron después estéticas y se poblaron de homosexuales serviciales y estilistas de calidad internacional; se empezaron a acondicionar discotecas en los hoteles y se construyeron las primeras salas de música para jóvenes destrampados que bailaban al compás de Gloria Gaynor, The Bee Gees, Boney M., Donna Summer, Glenn Miller, y todo lo que cayera en manos de los chocos olorosos a Paco Rabanne, vestidos con el Yves Saint Laurent, luciendo sus joyas de oro en ambas manos; las muchachas regordetas y flaquetas también, con sus hocicos apestando a alcohol y cigarrillos Marlboro y Benson E Hedges, las más despistadas usaban Camel y More; en las maltrechadas carreteras (ahora avenidas), las jovencitas y jovencitos pudientes hacían carreras en sus vehículos de ocho cilindros quemando llantas y mentándose la madre como verduleras respetables, a lo largo de la calle Gregorio Méndez, 27 de Febrero y los circuitos de Periférico que ya estaban en construcción y a donde se iban a esconder para esos asuntos subrepticios del amor, ya que los hoteles y moteles, a la chamacada de estos lugares, les resulta, además de demasiado costosos, de pocas emociones fuertes; es preferible hacer el amor con la música bucólica de los campos, batirse de muerda de vaca, y no ser sorprendido por los policías rurales del estado.

El aeropuerto de Villahermosa funcionó enfrente del Hotel Villahermosa Viva (hoy Calinda Viva); atrás de él se empezó a construir la gloria de nuestra ciudad, la entrada a la modernidad, al primer mundo del urbanismo, a una ciudad de altura como debe ser una ciudad petrolera, algo digno para que los turistas lo vean, no para que nosotros disfrutemos. Se empezó a llamar Tabasco 2000, iniciada por el ahora anciano Leandro Rovirosa Wade y en aquel tiempo flamante gobernador de la entidad.

Como en todos los excesos y caprichos que da el poder, este hombrecito le puso así, Tabasco 2000, cuando debería ser Villahermosa 2000, porque no fue un proyecto urbanista de gran envergadura sino una serie de construcciones de edificios públicos, zonas residenciales, parques recreativos, galerías comerciales; sí fue una obra en la que se dio empleo a muchas compañías, a trabajadores tabasqueños (de peones de albañil no salían) y además de lavadoras de ropa (las mujeres) y vendedoras de tacos y consomés de pollo, pucheros con arroz blanco y muchas tortillas.

Había gente muy estimada como Heberto Castillo quien era a menudo asediado por la prensa, ya que su técnica de la armazón de tridilosa se utilizó como esqueleto de las construcciones de ese Tabasco 2000, que muchos inquilinos ya no soportan (en las zonas habitacionales), pero que a fuerza de la costumbre ya no se quejan. Quitaron de la ciudad la Fuente de los Pescadores que estaba enfrente de la embotelladora de Coca Cola y de la Pepsi Cola (para que no se peleen) y se la llevaron al nuevo edificio del Ayuntamiento de Centro; el reloj floral también lo llevaron hacia ese lugar para darle color local a todo el asunto, y los tabasqueños no se sintieran mal o incómodos.

Es así como de repente aparece el Club Campestre, Galerías Tabasco 2000, que entre sus más importantes huéspedes se encuentran Liverpool y Woolworth, pizzerías, heladerías, zapaterías, corseterías, cajeros automáticos y muchas minucias más; surgió el flamante Centro Administrativo del Gobierno del Estado de Tabasco, el edificio del nuevo Ayuntamiento del municipio del Centro; cantinas y restaurantes de poca monta pero costosos y con ganas de que la gente no llegue a esos sitios: El oasis (ahí tenían bailarinas), el Freeday (lugar inhóspito y donde sólo se veían videos), algunas fondas lujosas para comer carnes especializadas, y beber lo mismo que se bebe en todas partes, sólo que con clima.

En ese lugar donde se rellenaron pantanos para construir una nueva ciudad, se construyó una nueva ciudad; pero sólo eso; no una nueva mentalidad en que los villahermosinos entrásemos con nuevos ánimos al siglo XXI, no sólo fue un detonante o un pretexto para gastarse el dinero que Pemex entregó, en ese tiempo al estado, y que el hombrecito que era gobernador, hasta se dio el lujo de dejar en las arcas un montón de ese dinero; no se pudo gastar todo, y eso en términos de los códigos sociales y políticos de la época, fue una soberana pendejada o una soberbia honradez. Tabasco 2000, ¡bah!

Hoy, cuando ya están las calles pavimentadas, cuando ya tenemos agua entubada, parabólicas, internet y correo electrónico; cuando los narcos han empezado a hacer sus desmanes en esta región y estamos entrando a la historia virulento de todo el país, aún seguimos comiendo pochitoques en verde, iguanas adobadas, pejelagarto asado; nos ensalmamos con los curanderos de Nacajuca, de San Carlos, Macuspana, o de Tamulté de las Sabanas; cuando tenemos el carretón de la basura, quemamos las hojitas de almendra o las palmas enfrente de las casas, y hasta el humo de los papeles cagados se deja sentir en las brisas estivales por las colonias populares; los que se van a vivir a otras ciudades, mandan pedir por la vía que sea, su kilo de carne salada, su atado de queques o galletas de Las Dos Naciones, su kilo de cacao y pinole, y algo de dulce de coco; si es posible enviarle carne de venado o de armadillo, ¡hijito, que Dios te lo pague!; seguimos con la devoción de San Judas Tadeo, las peregrinaciones al Señor de Tila y agarramos a cinturonazos a nuestro hijos en el día de San Juan para que crezcan. Estamos ya en el siglo XXI, y los analfabetas continúan su loca carrera estadística, el cólera avanza en la población, la disentería, el dengue hemorrágico y las luchas electorales que siguen siendo tercas y obstinadas.

Villahermosa 2000. ¡Ah, que felicidad es describirla y gozarla! Un pueblón con características de ciudad chica. Los villahermosinos somos los mismo. ¡Salud!

* Teodosio García Ruiz, poeta, narrador, maestro de telesecundaria y promotor cultural. Su obra es considerada como la más importante de finales del siglo XX, su trabajo poético y narrativo lo ha llevado hacer considerado el poeta y narrador de la ciudad, como muestra de ello presentamos aquí un breve trabajo tomado de su libro: Villahermosa, peligro para caminantes. PACMYC. Villahermosa, Tabasco. 2000. Los fragmentos aludidos pertenecen a las páginas 33-40 y 84-89. Luis Acopa.

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Teodosio García Ruiz es poeta, narrador, maestro de telesecundaria y promotor cultural. Nació en Cunduacán, Tabasco el 5 de mayo de 1964 y murió en Villahermosa, Tabasco el 12 de noviembre de 2012. Publicaría su primer libro “Sin lugar a dudas” en 1985 cuando apenas tenía 21 años. La ciudad y la celebración erótica son la marca inicial, pero sería en 1993 cuando sorprendió con sus “Furias Nuevas” publicado por el CONACULTA. Una década después, ya ciego, daría a conocer su “Nostalgia de Sotavento” (2013) publicado por la UJAT, bajo el cuidado de Francisco Magaña quien define al libro como un poema-novela. Teo –como le llamaban con afecto sus amigos y lectores- alcanzaría a vivir 48 años pero deja una obra intensa que cierra con el libro “Berridos”, publicado el año de su muerte. Su obra es considerada como la más importante de finales del siglo XX, su trabajo poético y narrativo lo ha llevado a ser considerado el poeta y narrador de la ciudad, que está en su poesía pero sobre en libros como: Villahermosa, peligro para caminantes, publicado en el 2000 gracias al apoyo del programa PACMYC.