27 de junio Este cuento refleja la nueva realidad de los habitantes de Villahermosa, plagada de lugares comunes para cualquier urbe en el mundo, donde los centros comerciales son parte del paisaje, así como los trabajos emergentes realizados por personas en el crucero de calles, al cambiar las luces los semáforos. El autor es de la generación del setenta, nacido casi a la conclusión de esta.

 
Días nublados
Luis Gámez

 

Sobre los ríos de lava que son las calles de Villahermosa cuando el sol llega a la cúspide, se maldice a los toldos hirvientes de los automóviles para exorcizar el calor demoniaco en las horas en que un gigante pareciera colocar una lupa sobre la ciudad. Los éxodos caniculares de los medios días, las salidas de la escuela, el trabajo, los cambios de turno y en cada crucero encuentra un circo plagado de payasitos tragafuegos, trapecistas diminutos, desnutridos y sucios.

Estos ratos donde él se traslada en el automóvil de un sitio a otro, trabajo-casa-trabajo, platica con la mujer que acompaña sus infiernos; hablan de cosas vagas de media semana y se secan mutuamente el sudor que escurre por sus mejillas. Ninguno toca el irritante tema del calor o la vialidad. Esos tópicos están prohibidos. Prefieren evadirlos. Con el ardor fermentado en las ropas no se podría vivir con una conversación llena de quejas, como común de toda plática.

Van a comer con rumbo autómata. Taladrándose los oídos con la voz chillona de un locutor de radio que anuncia una feria. El tiempo transcurre lento, como en un juego de pimpón con pelotas de fuego, con el bochorno dentro del automóvil por la ciudad.

El domingo hubo una tregua: amaneció nublado. Un toldo púrpura estaba en el cielo, fue por ella; evitó la palabra “paseo”. Manejó por las calles cubiertas de lloviznas, escuchando el picoteo sobre el dosel del automóvil, coordinando canciones y ritmos con las gotas de agua. No fueron a los oasis de la ciudad con aire acondicionado y aparadores; el calor había cedido. Se detuvieron en el estacionamiento de un centro comercial, para no hablar. El silencio y la humedad y esos cuerpecitos transparentes chocando en el parabrisas eran suficientes. Ella colocó un disco del Cirque du Soleil. Se miraron para saberse juntos sumergidos en el mismo volcán en descanso, e imaginando y reproduciendo los espectáculos circenses que a diario ven, con toda esa majestuosidad en el asfalto, bajo la gran carpa del cielo y los espectadores que ignoran tras el parabrisas.

Tomado de Nicolasa en la villa de perros. Gobierno del Estado de Tabasco. 2008

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Luis Acopa. Nació vivo en Villahermosa, Tabasco. Estudió la Licenciatura en Historia y la Maestría en Ciencias Sociales en la UJAT. Presentador, moderador y encarretador de almas para proyectos literarios de investigación ortodoxa y experimental. Compilador y autor de Érase una vez un cuento. Compendio general del cuento en Tabasco, tomo I y II, trabajo que reúne por vez primera el acervo narrativo en el Estado. Desde 2005, labora para el Fondo Editorial Universitario, adscrito a la Dirección de Difusión Cultural, donde ha editado más de 100 libros académicos, literarios y de arte. Actualmente es Jefe del Departamento Editorial Cultural y Profesor del Centro de Desarrollo de las de la UJAT.