21 de junio  Una postal de principio de siglo XX realizada por Andrés Iduarte, además de ser una referencia obligada es una lectura que enriquece el acervo literario tabasqueño.

El Mundo Primero

(Fragmento)

Andrés Iduarte

Yo nací en San Juan Bautista de Tabasco el primero de mayo de 1907. Aunque no creo en horóscopos, la fecha me gusta; el día de los trabajadores y de los trovadores provenzales, de las flores del gay saber de Tolosa y Barcelona, es un día bueno para el mundo. En mis cumpleaños me ha envuelto el entusiasmo popular –en México, en España, en Francia- por la belleza y por la justica. Mi cumpleaños es siempre de emociones… Pero dejemos la frívola divagación: lo importante, para mí, es que nací en 1907,  cuando ya México se desperezaba políticamente, cuatro años antes de que se derrumbara el gobierno del general Porfirio Díaz. Me iba a tocar una infancia roja.

San Juan Bautista era una ciudad pequeñita, capital de la provincia de Tabasco, la más tropical de México, la que más se parece a esos panoramas exuberantes que han mostrado al mundo José Eustasio Rivera y Rómulo Gallegos. Trópico, ríos inmensos –entre otros el Grijalva y el Usumacinta, que forman un estuario espléndido-pasión, sangre… Allí fue donde los bravos indios –no digo “los indios bravos”- pusieron una vez en derrota a los conquistadores, a pesar de los misterios arcabuces y de los diabólicos caballos. Fue allí donde los caciques le regalaron a Hernán Cortés la llave que necesitaba para abrir la fortaleza azteca: la india Malinaltzin, la Doña Marina de los españoles. Tierra de historia vigorosa y trágica, casi tétrica. La tragedia es el sonsonete de su historia. Y su historia tiene un tono particular, singularísimo: Tabasco vive de conceptos tradicionales, rancios, ásperos sobre el honor. Es allí práctica constante el desafío entre dos hombres, en el que se siguen tremendas leyes, del que siempre es uno el que regresa; es allí deber y placer la venganza, más que corsa, que despedaza a dos familias, como a Montescos y Capuletos. En las luchas políticas lo sentimental impera sobre lo doctrinario: la amistad es la base reguladora del mal y del bien. Tierra en que la lealtad al amigo es la fundamental virtud, donde la traición del amigo ha de castigarse inexorablemente con la muerte. A Tabasco no llegaron las misiones religiosas. Los que si llegaron fueron piratas y bucaneros que, derrotados o satisfechos o cansados, buscaron refugio y paz adentrándose en los grandes ríos que inquietaban sus ojos audaces. Tabasco sigue siendo una tierra piratesca, por temeraria, no por filibustera. El tabasqueño –que lleva apellidos franceses e ingleses, a veces entroncados con la piratería antillana- muere con gusto por lo que cree y hasta por lo que no cree.

Así brotaron naturalmente, en lo social, el señor feudal y el siervo, y en lo personal el hombre desnudo y desmesurado: sin artificio, sin afeites y sin frenos. A un lado de la provincia de Veracruz, abierta al mundo, y de la de Campeche, que posee una tradición de cultura que viene desde los tiempos de la Colonia, Tabasco hace una vida aparte, local, suya, y esa vida es frenética. Sus hondos ríos, siempre navegables, enlazan todas sus villas, pero vive aislada de México y de su altiplanicie porque no tiene una sola vía férrea y porque sólo la unen a ellos el caballo que atraviesa pantanos y el barquichuelo que desafía el Golfo de México, mar bravo y traidor. Hoy el avión, sorteando las tormentas tropicales, intenta unir la apartada provincia a la metrópoli.

Su población, casi toda blanca, matizada de mayaquiché y de azteca –asiento y límite de viejas culturas fue Tabasco- mira hacia su selva virgen y hacia las de Chiapas de su seno, y el frenesí biológico de estas tierras de explotación y aventuras es el que le da fisonomía. El desprecio a la muerte, presente en todo mexicano, adquiere en el tabasqueño un diapasón subido. Sin llegar a la fanfarronería –porque el hecho sigue a la palabra- el tabasqueño rubrica con grito y gesto lo que el otro, el mexicano menos tropical, hace a media voz o en silencio. Arrogancia, intrepidez, violencia en consonancia con unos ríos que son moles de agua en movimiento, a través de tierras lujuriosas, en germinación fantástica, sobre un verde que embriaga, bajo un sol deslumbrador, insolente. Tierra de mujeres vibrantes, de hombres muy vacilantes, muy “machos”, como allá dicen… Hoy San Juan Bautista se llama Villahermosa; pero la sangre sigue regando sus calles asoleadas.

Tomado de Un niño en la revolución mexicana. Obras de Andrés Iduarte. Vol. II Gobierno del Estado de Tabasco/ICT. 1993

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Luis Acopa. Nació vivo en Villahermosa, Tabasco. Estudió la Licenciatura en Historia y la Maestría en Ciencias Sociales en la UJAT. Presentador, moderador y encarretador de almas para proyectos literarios de investigación ortodoxa y experimental. Compilador y autor de Érase una vez un cuento. Compendio general del cuento en Tabasco, tomo I y II, trabajo que reúne por vez primera el acervo narrativo en el Estado. Desde 2005, labora para el Fondo Editorial Universitario, adscrito a la Dirección de Difusión Cultural, donde ha editado más de 100 libros académicos, literarios y de arte. Actualmente es Jefe del Departamento Editorial Cultural y Profesor del Centro de Desarrollo de las de la UJAT.