Mis nietos nacieron en Villahermosa, distinta de aquella en la que yo nací. Escribo esto acostado en una hamaca pública del Malecón, con el sonido de fondo de los niños que juegan en una de las fuentes de por aquí. Las mañanas son deliciosas. La ciudad es una especie de motor muy bien calibrado. El agua que fluye por las entrañas de la ciudad se usa para generar energía. Hay muchas fuentes y sistemas de riego que hacen de la ciudad un jardín muy largo. Es cierto que en la primavera hace calor, pero gracias al eficiente sistema de potabilización tenemos bebederos de agua purificada en todas las esquinas. No hay más que extender la mano y tomar un poco: agua fresca y dulce. Me siento tan orgulloso de haber nacido aquí, crecido aquí, de vivir aquí. Me encanta caminar por esta ciudad, más ahora que están las calles incendiadas de guayacanes, framboyanes… macuilíes que atemperan el paisaje con su ternura. Cómo no se iba a impresionar el embajador japonés con nuestro preciosísimo Jardín Central, todo sembrado de árboles como éstos. ¡Y el mercado! Quien se va sin comer bajo sus árboles no conoce Villahermosa. Ahora todos son light y vegetarianos, pero algunos cuantos, los más viejos, seguimos valorando el sabor de un buen tamal de frijol con puerco. Con mis 87 años, he visto cambiar mucho esta ciudad. Cuando yo era niño, como de 7 años, nos inundamos todos, teníamos hambre y miedo. Nos rescataron pero después nos volvimos a inundar varias veces. Por fortuna y a pesar de todo aprendimos que la ciudad es algo que podemos cambiar. Yo nací en Villahermosa, pero no en esta, sino otra.