5 de junio  En este texto del bohemio Justo Cecilio Santa-Anna (1861-1931), podemos encontrar la picaresca en esos primeros habitantes de la ciudad de Villahermosa, ni ellos existen ya ni la ceiba aludida.

Juan Diablo o El Demonio de la ceiba

Justo Cecilio Santa-Anna

Cuando comenzaba a correr la última década del siglo XVIII, se esparció con aspavientos y misteriosos cuchicheos entre los habitantes de Villahermosa, la novedad que, durante las noches obscuras, y aun en alguna clara de plenilunio, se aparecía el Demonio al pie de la altísima ceiba, tal vez ya desde aquellos días añosa y venerable, que aún en los nuestros se irgue cargada de lianas y orquídeas, a la vera del camino que une la capital del Estado con la Villa de Atasta.

Los vecinos rezagados que, al caer la tarde, o ya entrada la noche, acertaban a pasar por aquel sitio, de suyo temeroso por lo agreste y solitario en los tiempos en que ocurrieron los sucesos, apresuraban el paso procurando alejarse lo más pronto posible, porque desde que el día apagaba las luces, se situaba al pie de la corpulenta bombácea un ser infernal de luenga cauda y ojos de lumbre, que impregnaba el contorno de un fuerte olor de azufre (que, como nadie ignora, es olor de infierno), con gran espanto de aquellos a cuyas afiladas narices llegaba, que afiladas a todos se les ponían, aun siendo chatos.

Llegó el suceso a noticia del entonces casi adolescente don José María Jiménez Garrido (el mismo que, andando los años, fuera perseguido y aun encarcelado por el Gobierno español de Tabasco, como conspirador y adepto decidido de la causa insurgente), personaje que desde sus mocedades se distinguió por su incredulidad respecto de todo lo sobrenatural, y una marcada tendencia a jugar malas pasadas, principalmente a hipócritas y farsantes, a quienes molestó con sangrientas ironías.

Esas características del joven Jiménez Garrido, unidas a un espíritu resuelto y a una inteligencia ágil y despierta, lo empujaban por manera irresistible hacia toda clase de aventuras del género de la que aquí vamos a referir, recordándose hasta hace pocos años muchas anécdotas regocijadas suyas del mismo jaez. La noticia de las apariciones diabólicas desde luego le inspiró la idea y el deseo de desenmascarar al sinvergüenza que, abusando de la credulidad popular, representaba aquella farsa, cuyos fines no se ocultaban seguramente a la perspicacia del mancebo.

Convocó varios de sus camaradas y amigos, púsolos al tanto de lo que había imaginado, y que guardó en secreto para el público; dióles a prevención las instrucciones que el caso exigía, y, una noche de aquellas de calma y bochorno, en que no se mueve ni una hoja, tan frecuentes en nuestras tierras tropicales del sureste, apostóse entre las hierbas y plantas rastreras que circundaban el tronco de la ceiba, habiendo antes distribuído en las cercanías, en posiciones y sitios estratégicos, a sus jóvenes camaradas, y así dispuesto todo, esperó la llegada del demonio, pesadilla de los viandantes nocturnos.

Tal como el travieso mozalbete lo había previsto, ocurrió todo. Llegó sigilosamente al sitio escogido para sus diabluras un individuo corpulento, de sospechosa catadura, que extrajo de entre los matorrales una como pelliza confeccionada burdamente con yaguas; se vistió con aquello, hizo lumbre con una pajuelas y prendió un patul (candela de cera negra) que a prevención traía; metió esto dentro de un calabozo hueco o bux, en el que había practicado tres agujeros que fingían ojos y boca, y cátate, lector, al Demonio hecho y derecho, de pelliza parda y con ojos y boca de lumbre, capaz de poner los pelos de punto a todo el que viera tal espanto entre las sombras de la noche.

Dejó el joven don José María que el supuesto Rey de las Tinieblas terminara con toda tranquilidad sus diabólicos preparativos, y cuando comenzaba a hacer visajes y despedir chispas por medio de un tubo de carrizo lleno de azufre y pólvora, saltó sobre sus espaldas y lo sujetó fuertemente entre los brazos, comenzando a gritar al mismo tiempo: “¡Muchachos, ya atrapé al Diablo, vengan a conocerlo, y sabrán cómo se llama!”

Acudieron presurosos los amigos del aprehensor del Demonio, y enseguida reconocieron en el disfrazado a un arriero ladino llamado Juan, que, como su homónimo el sevillano, era uno de tantos tenorios de barrio, muy popular y conocido en el de Esquipulas.

Se averiguó, entendemos que por propia confesión de Juan Diablo (que con tal alias fue conocido en lo sucesivo el arriero), que usaba aquella artimaña tan sólo con el inocente, y hasta laudable objeto, de espantarse las mocas o, en otros términos, de ahuyentar de aquellos contornos a todo bicho racional, para que le quedara el campo libre y poder así cómodamente, sin ser visto ni oído, llevar a feliz y deliciosos término cierta aventura amorosa en que jugaba papel principal una garrida lavandera casada con viejo que, según el decir de ya inservibles donjuanes de aquellos lejanos días, llevaba con garbo y gentileza enaguas de indiana con orla de filete y arandelas, y , “cuando era su tiempo,” un quemante conti de perfume capitoso en el seno, entre dos macizas y morenas turgencias.

Callamos el nombre de la aludida, aunque fue muy popular y sonado, por vedárnoslo una natural discreción y el respeto que toda dama inspira, sea de la clase social que fuere, así como por aquello de que en este linaje de asuntos puede publicarse el milagro, pero en jamás el nombre del santo.

Tomado de: Justo Cecilio Santa-Anna. Tradiciones y leyendas tabasqueñas. Gobierno del Estado. Primera reimpresión. 1979

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Luis Acopa. Nació vivo en Villahermosa, Tabasco. Estudió la Licenciatura en Historia y la Maestría en Ciencias Sociales en la UJAT. Presentador, moderador y encarretador de almas para proyectos literarios de investigación ortodoxa y experimental. Compilador y autor de Érase una vez un cuento. Compendio general del cuento en Tabasco, tomo I y II, trabajo que reúne por vez primera el acervo narrativo en el Estado. Desde 2005, labora para el Fondo Editorial Universitario, adscrito a la Dirección de Difusión Cultural, donde ha editado más de 100 libros académicos, literarios y de arte. Actualmente es Jefe del Departamento Editorial Cultural y Profesor del Centro de Desarrollo de las de la UJAT.