Yo es otro.

Arthur Rimbaud, “Cartas del vidente”, 13 de mayo de 1871.

 

 Contadme un poco de mí: quiero aprender a hablar de ustedes. 
Cada palabra que llega a mis labios le abre la puerta a una frase cubierta de polvo, 
un mensajero que sin limpiarse de las botas el lodo del camino, entra y se sienta a mirarme; 
cada palabra que llega a mis labios me trae un oscuro mensaje 
de aquella, la Palabra desconocida y presentida, que yo sigo esperando.

José Carlos Becerra, “Ragtime”, en Relación de los hechos.

 

No conocí a José Carlos Becerra como su paisano Jorge Priego o  su amiga María Luisa Mendoza o Silvia Molina, una de sus amadas; ni siquiera como el publicista y posteriormente reconocido poeta Francisco Hernández, quien ocupó la oficina y la máquina de escribir que Becerra utilizaba cuando trabajó en la misma agencia de publicidad en la Ciudad de México. Yo todavía no nacía cuando él murió.

No pertenezco a las generaciones de poetas, como la de Níger Madrigal, a las que influenció en forma importante. Tampoco soy un especialista en su obra, ni siquiera ha sido uno de mis poetas favoritos. Sin embargo, José Carlos Becerra y yo tenemos mucho en común.

Antes de mencionar nuestras semejanzas, y algunas diferencias, quiero agradecer a Miguel Ángel Ruiz Magdónel (el “rey Midas de la cultura en Tabasco” -como lo llamó el orador oficial en la Feria Universitaria del Libro Internacional del año pasado-) por su invitación a participar en esta mesa redonda, y quiero dedicarle mi texto por organizarme una serie de homenajes póstumos como encargado de Difusión Cultural de la UJAT, en coordinación con mi grupo El Jalón Literario, pues, como José Carlos Becerra, yo también morí en un accidente automovilístico, pero a los 41 años, según explica el “Epitafio” de mi libro La batalla por tu vida:

Impactó su vehículo contra un tráiler en la carretera Villahermosa-Cárdenas (contrariando su deseo de no morir por una descompostura automovilística como José Carlos Becerra) cuando iba a dar clases en la División Académica de Ciencias Básicas de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, en Cunduacán.

Nos deja dos plaquetas publicadas: ¿Los elegidos de dios? (1998) y Rompe Cabezas (2002), y tres libros inéditos: Biblia RAP, La batalla por tu vida y ¿Quién no ha leído un libro tuyo?, que su viuda se comprometió a publicar.

Una muerte que me deje sin pendientes. Foto de Rodrigo Arteaga Portillo
Una muerte que me deje sin pendientes. Foto de Rodrigo Arteaga Portillo

Noticia semejante a la que fue publicada en el diario Excélsior el sábado 30 de mayo de 1970:

“Becerra Ramos –nacido en Villahermosa (Tabasco)- tomó una curva cercana a un puente ferroviario a alta velocidad, al volante de su “Volkswagen 1500”. El arquitecto (estudió unos semestres de arquitectura) perdió el control del coche, que desbandó y se dio vuelta cayendo en una profunda cuneta. El conductor murió instantáneamente, por fractura del cráneo. Los carabineros recuperaron el automóvil, que era un montón de hierros retorcidos, y el cadáver de Becerra Ramos.

Se informó que el profesional mexicano, que provenía de Bari y se dirigía a Brindisi para embarcarse en uno de los buques transbordadores que unen esa zona de Italia con Grecia, estaba efectuando un viaje de estudio en Europa. Además de los documentos, una suma de dinero y cheques bancarios que están en una valija, se encontraron en el coche también algunos escritos y un libro de poesía suyos…”

Gracias a esta noticia se supo que el arquitecto Becerra Ramos era el poeta José Carlos Becerra, y se pudieron rescatar su cadáver y sus documentos; en caso de no haberse conocido se le hubiera enviado a una fosa común y subastado los documentos.

José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid cumplieron aquella frase de “si dejas obra, muere tranquilo, confiando en unos pocos amigos”, pues se encargaron de organizar los escritos de y sobre José Carlos, y publicaron en 1973 (el año en que nací) sus obras completas (exceptuando tres libros iniciales que decidieron no incluir) en El otoño recorre las islas, título de un poema de su primer libro: Los muelles (posterior a los inéditos), donde solo en un verso menciona a dicha estación: “Y el otoño es la única postura que mi frente puede tomar para pensar en ti”.

Tenía fama de conquistador, de picaflor; según su tótem nutricio (diría Fernando Nieto Cadena) Carlos Pellicer: “Fue el amante ideal cuyas mujeres poco supieron de él”; el apellido materno de su madre era Casanova, por cierto. Yo, desde los veintisiete años me entregué a una gran flor, Magnolia, mi mujer.

José Carlos, según declara María Cristina Becerra Ramos, su hermana menor, en el documental “José Carlos Becerra Poeta”, estaba bautizado como Carlos, pero cuando empieza a escribir le gustó ponerse José Carlos Becerra y desde entonces así se empezó a poner.

Otra de sus tres hermanas, Deifilia, dice que José Carlos se agregó el José “porque mi abuelo, el papá de mi papá, así se llamaba.”

Sin embargo, cuando fui al Panteón Central de Villahermosa descubrí que en la losa del mausoleo familiar están los nombres de los muertos que allí reposan, entre ellos los de su abuelo paterno: Carlos Becerra Fabre y el de su padre Carlos Becerra Lacroix, por quien probablemente le pusieron Carlos. Y al buscar en la Internet el significado de “José”, supe que es de origen hebreo y, casualmente, se deriva de yôsef  «añada», del verbo lehosif «añadir», y “Carlos” (de procedencia germana, significa hombre libre).

Yo, cuando quise ponerme un nombre artístico le agregué una h a mi primer apellido (Arteaga) y cambié una “y” por una “ll” a Portillo y dejé tal cual mi nombre, Rodrigo (de origen germano, que significa fama de poderoso u hombre famoso por su sabiduría). Y expliqué su sentido en la presentación de mi columna “¿Quién no ha leído un libro tuyo?”, a finales de 2009:

 Antes que nada habría que aclarar que Artehaga ve en su apellido una suerte de destino para hacer arte, en su caso con las palabras. Y en su nombre, un hambre por obtener fama. Por ti yo crearé arte con las palabras y seré famoso.

Famoso, podría agregar, como José Carlos Becerra, quien, según la nota biográfica de Pacheco y Zaid: Hacia los diez años comenzó a escribir “novelas” que protagonizaba “Carlos Lacroix” (Carlos, como él y su padre, y Lacroix, como el segundo apellido paterno), un detective…

Yo escribí a los diez años un “poema” a mi escritorio, al leerlo mi madre, cuyo apellido materno era Hofmann, pensó que lo había escrito mi padre, por lo cual asumí que podía ser como él escribiendo.

José Carlos, como declara durante una entrevista en la radio inglesa, se consideraba un “novelista fracasado. Mi gran aspiración –dice- fue siempre realizarme en la prosa.”

Mesa Redonda. José Carlos Becerra Nuevas Miradas a su Obra, UJAT, Mayo de 2016
Mesa Redonda. José Carlos Becerra Nuevas Miradas a su Obra, UJAT, Mayo de 2016. Foto de Rodrigo Arteaga Portillo

Yo también, hasta el momento, soy un novelista fracasado (además de poeta fracasado) pues he intentado durante varios años escribir sobre una secta satanista de Tabasco, pero solo llevo algunos  capítulos breves.

Becerra solo escribió un relato, al que tituló “Fotografía junto a un tulipán”, medio año antes de morir (aunque en la adolescencia ganó un concurso de cuento), en él se refiere a la biografía de su tío político (cuñado de su anciana tía, prima hermana de su padre), el poeta romántico Andrés Calcáneo Díaz, a quien, según Jorge Priego, se le fusiló en el panteón civil de la ciudad de San Juan Bautista (actualmente Villahermosa) el 6 de octubre de 1914, acusado injustamente por las tropas huertistas de haber sido culpable de la muerte de varios revolucionarios, cuando se había firmado un armisticio por mediación del propio Calcáneo.

Así inicia Becerra su texto:

Mis primeros contactos con esta historia ocurrieron en mi infancia. Fueron algunos fragmentos de conversaciones de adultos atentamente oídas… durante las reuniones dominicales en el viejo chalet de una anciana tía Becerra donde yo recibía, sin saberlo ya los últimos y más gastados comentarios de aquella representación familiar detenida la mañana del fusilamiento del poeta Andrés Calcáneo Díaz, treinta y tantos años antes.

Y más adelante evidencia lo fundamental que resultó este personaje trágico en su vida y en su obra pues:

“No solamente en aquellas calurosas mañanas domingueras pasadas en el viejo chalet, aparecía la referencia en torno a Calcáneo Díaz… También a veces en casa, durante la sobremesa, mi padre me repetía de memoria aquella carta de despedida (el poeta escribió a su propio padre, apoyado en una lápida, antes de ser fusilado), que así la sabían algunos miembros de la familia. Y las frases de esa carta en la voz de mi padre… avanzaban hacia mí sin detenerse, cruzaban los límites de la voz de mi padre y me hacían depositario de no sé qué temor y temblor que con el tiempo encarnaría en uno de los desciframientos de mi vocación.”

Treinta y tantos años después, los homenajes a José Carlos Becerra sustituirían las pláticas familiares sobre el poeta fusilado Andrés Calcáneo Díaz.

Por mi parte, hubo un tío llamado Joaquín Pérez Camacho, hermano de mi abuela paterna, que murió joven. Era una leyenda, pues se contaba que en dos ocasiones, después de muerto, había aparecido para ayudar a su madre y a sus hermanas, las cuales lo vieron levantando a una de ellas cuando se desmayó. Influyó más en mí ya que una de las razones porque me llamaron Rodrigo (además del cid campeador) fue Joaquín Rodrigo, el autor de “El concierto de Aranjuez”. Así es que cuando escuchaba mencionar a ese tío me parecía más cercano que cualquier otro pariente. Esta situación cobró mayor importancia cuando hace algunos años una hermana de Joaquín le confesó a mi padre que se había suicidado. Para mí quedó claro, luego de tantas psicólogas y psicoanalistas, que esa sombra había marcado mis deseos de morir a los quince, veinte y, posteriormente, a los 41 años.

Aunque José Carlos Becerra y yo morimos en un accidente, la mía fue una muerte literaria y la suya, literal.

Según la contraportada del libro El otoño recorre las islas, José Carlos Becerra “murió joven como lo hacen los elegidos de los dioses”. Según la nota biográfica: “Murió a los 33 años y seis días.” Según declaró el 30 de mayo de 1970 a El Heraldo de México su amiga y ex compañera de trabajo María Luisa Mendoza:

“Con José Carlos mi país pierde al poeta que ya era, muerto a la edad en que se sigue siendo joven para siempre, a la manera de López Velarde. Los dos tendrán eternamente 33 años.”

La noche en que cumplí 33 años soñé con Jesús crucificado, mientras la sangre manaba de él a borbotones tuve la sensación   de que comprendía el sentido de su sacrificio.

Así es que interpreto el accidente de José Carlos Becerra como algo más que un accidente; no me atrevo a llamarlo estúpido, igual que lo hizo Mario Vargas Llosa; menos aún decir que fue “la muerte más idiota”, como describió el escritor y filósofo Albert Camus al fallecimiento del ciclista Fausto Coppi en un accidente de tráfico, según anunciaban por error algunos periódicos (realmente murió de malaria), un día antes de que a él le ocurriera lo mismo en la carretera de Borgoña, al este de Francia. Tampoco tengo derecho a enojarme como su amigo Juan Manuel Torres, quien le reclama, se enoja por el estúpido accidente. ¿Por qué no fue un poco más cuidadoso? Él no tenía derecho a hacerle esto a nadie, ni a su familia, ni a sus amigos, ni a sí mismo. ¡Con qué derecho está ahora muerto?

Además, si retomamos la idea del sacrificio de los “elegidos de los dioses”, José Carlos Becerra debía cumplir su destino para transformarse en una leyenda, en el poeta “eternamente joven” que murió a los 33 años y resucitó tres años después en un libro recopilado por sus amigos convertidos en discípulos.

El sábado 21 de mayo, día de su nacimiento, fui a visitar el mausoleo de la familia Becerra al Panteón Central. No fue fácil encontrarlo, pero ahí estaban sobre su lápida los versos de su poema “Sentado en una piedra”, de su primer libro publicado: Relación de los hechos, pues, según supe por el documental “José Carlos Becerra Poeta”, se los pusieron como epitafio:

 “He desaparecido de mi propia creación y volveré a resurgir el día en que rompa los vidrios de mi muerte.”

Yo ya leí una parte de mi “Epitafio” al principio de esta participación, y puedo continuar mencionando las semejanzas entre nuestro homenajeado y yo, como que él se fue de Tabasco a estudiar en la Ciudad de México y yo vine a Tabasco de la Ciudad de México buscando el edén de los poetas de antes, donde el hombre se hace trópico: Él asistió como oyente a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, al mismo tiempo que frecuentó el taller literario de Juan José Arreola; mientras yo estudié la carrera de Letras Hispánicas en esa Facultad y asistí al taller literario de José Agustín, extallerista de Arreola); Becerra le escribió y dedicó un poema largo a su madre después de muerta, al que tituló Oscura palabra; yo escribí un libro testimonial sobre la enfermedad y muerte de mi madre llamado La batalla por tu vida. Pero mi tiempo se acaba, así es que quiero concluir leyéndoles mi Testamento:

No moriré en una tarde lluviosa

del París de César Vallejo,

ni por una descompostura automovilística

como José Carlos Becerra.

Busco una muerte que resulte de mis días

Y mis muertos,

Una muerte que me deje sin pendientes.

Sé que moriré

Cuando haya pasado

La estafeta,

Lejos de la luz del día,

Cuando ya no quiera despertarme,

Cuando deje vida en lugar de mi muerte.

Quiero que me entierren

Donde viva,

Tal vez un árbol

O una ola

No en el concreto

No en la nada

No en el vacío.

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Lic. en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Cursó una maestría en Educación en el Área de Español y Literatura y un diplomado en Creación Literaria en la Sogem. Es autor de la plaqueta de cuentos: ¿Los elegidos de Dios? (1998), y de poesía: Rompe Cabezas (2002). Ha publicado columnas, entrevistas, cuentos y poemas en diversas páginas de Internet, revistas y otros periódicos a nivel estatal y nacional. Tiene tres libros inéditos: Biblia RAP, poesía, La batalla por tu vida, testimonio, y ¿Quién no ha leído un libro tuyo?, columnas. Ha sido profesor en la Escuela de Escritores José Gorostiza, la UVM, la Olmeca y actualmente en la División Académica de Ciencias Básicas de la UJAT. Es integrante de El jalón literario.