A Francisco Hernández

Su poesía es un continuo deslumbramiento, una sucesión de imágenes, como si se tratara de las descargas de una artillería insólita que, en lugar de destruir, crease.

Octavio Paz

Una felicidad para el lector joven, para cualquier lector, es encontrarse con la obra de José Carlos Becerra. Que el destino depare ese descubrimiento es predestinación, alegría, reto y autocrítica. Equivale a entrar por la puerta principal a la poesía y de la mano de uno de sus representantes mayores.

Cyril Connolly, en ese libro luminoso que en 1949 publicó SUR en traducción de Ricardo Baeza, consigna en las primeras líneas del primer párrafo del primer capítulo, lo siguiente: “cuantos más libros leemos, mejor advertimos que la función genuina de un escritor es producir una obra maestra y que ninguna otra finalidad tiene la menor importancia. Por obvio que esto sea, ¡qué pocos escritores serán los que lo admitan, o que, aun admitiéndolo, se sentirán dispuestos a dejar a un lado la labor de iridiscente mediocridad en la que se hallan empeñados!”. Pocos después agrega: “todas las incursiones en el periodismo, la radio, la propaganda y el cine, por grandiosas que sean, están de antemano destinadas a la decepción”. Hasta aquí La tumba sin sosiego, que en México se conoció cuando Vicente Quirarte dirigió la Dirección General de Publicaciones, de la UNAM; el título forma parte del catálogo de la Colección Poemas y Ensayos.

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Si encontrarse en la juventud con los poemas de José Carlos Becerra es una alegría, insisto, es también un ejercicio de autocrítica. Es imposible, o poco probable para no ser tan radical, salir indemne de su lectura, leer sus poemas sin que se desarrolle un proceso lento y demoledor de nuestra concepción primaria de la poesía, del hecho de escribirla y del hecho de cómo vivirla, de cómo vive en nosotros, sobre todo si la perspectiva se aplica a la provincia. Por eso el recordatorio del libro de Connolly, que ignoro si leyó José Carlos Becerra pero que cumple con rigor dos de sus consignas: escribir una obra digna y dedicarse a la escritura sin distractores.

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José Carlos Becerra pertenece a una generación notable de notables: Salvador Elizondo (agudo lector del título cumbre de Connolly), Juan García Ponce, Sergio Pitol, Juan Vicente Melo, Ulalume González de León, Esther Seligson, Julieta Campos, Raúl Garduño, Óscar Oliva, Guillermo Fernández, Lilia Carrillo, Manuel Felguérez, Fernando García Ponce, Vicente Rojo.

Relación de los hechos (1967) entra a la vida pública flanqueado por Farabeuf (1965) y La obediencia nocturna (1968), tres obras cuyo vigor mantiene vivas sus propuestas.

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La imagen es reconocimiento y destreza. Suspendida, una figura azul que semeja un gigante de tronco monumental, ocupa la mitad del espacio; del cuello brota una herradura invertida, con los polos hacia arriba, y del nacimiento de ésta se asciende hacia lo que sería la cabeza. Subir no es fácil. Una vía, con sobresaltos, expresa el camino sinuoso: que puede ser de tierra, como en la carretera desdibujada de la herradura (con un sepia con olor a otoño), o puede ser de agua, que desemboca en el abismo sugerido por el norte. Las vías, al subir, forman un triángulo que indica el camino vertical. En el centro del triángulo se forma otro, color magenta. El cuadro está fechado en 1970, es óleo sobre tela y mide 180 x 130 cm. El título: Señal barroca en homenaje a José Carlos Becerra. El autor: Vicente Rojo. El fondo es negro.

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Vicente Rojo es un entusiasta de la poesía de José Carlos Becerra. Fueron amigos. Vicente Rojo recibe con beneplácito y diseña y publica Relación de los hechos, y, como lo consignaron José Emilio Pacheco y Homero Aridjis, fue el más ferviente impulsor de El otoño recorre las islas (Obra poética 1961-1970), que también formó y diseñó. No hay que olvidar que ERA corresponde a la primera letra de los apellidos Espresate, Rojo, Azorín.

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Las fotografías de Ricardo Salazar que acompañan a dicho volumen, nos presentan a un poeta alejado de los cánones tradicionales: o sea, no el poeta en su estado íntimo, privado, el lugar de su escritura: su mesa de trabajo, sus libros, sus papeles, plumas, lápices.

Las fotografías de Ricardo Salazar que acompañan a dicho volumen, nos presentan a un poeta como ser público, como artista consciente de sus logros, dueño de sí, no el poeta tímido que se ruboriza ante las cámaras sino el poeta asentado entre el vehículo y la naturaleza. En esa imagen clave aparece la presencia del poeta en el momento de tomar posesión de sus batallas ganadas e inmerso en la modernidad de lo perecedero y en lo inmutable de la naturaleza. En cuatro de las seis fotografías restantes, prevalece el juego de luces enaltecido por la escenografía citadina: las huellas de un reclamo en la pared.

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La obra de José Carlos Becerra permeó en las sensibilidades sobresalientes de su época. Octavio Paz, Lezama Lima, Vargas Llosa y una larga nómina de creadores la celebraron en su momento y lamentaron su desaparición física. Y no es casual: un poeta que nació maduro y cuya madurez se vio alentada por el vértigo de la vida y por el vértigo de la muerte, no puede menos que causar admiración entre sus viejos y jóvenes lectores.

Hace años, a principios de la década de los noventa, acompañé a Sergio Pitol a la papelería de la familia Becerra, entonces frente al Parque Juárez. Me estremeció ver la foto, ya conocida, en el ámbito familiar. El ser humano, no el poeta y su leyenda, franqueando la entrada.

Pitol me comentó que estuvo con José Carlos un día antes de su partida. Al enterarse de su muerte le comunicó la noticia a García Márquez, quien le dijo: “siempre supe que José Carlos tenía prisa por llegar a alguna parte, pero jamás me imaginé que ese lugar fuera la muerte”.

Entre esos nombres ocupó sitio de privilegio nuestro poeta. En su último episodio, a quien le toca ver los trámites de su traslado a México, es nada menos que a don Antonio Gómez Robledo, autor de dos libros indispensables para apreciar a Dante: una biografía crítica y una traducción de La divina comedia, preferida la primera por Juan Almela, y la segunda, entre todas, por Gerardo Deniz. Ambos volúmenes fueron publicados por la Coordinación de Humanidades, de la UNAM, en 1975.

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Max Aub —ese deslumbrante escritor que deslumbra también por su sigilo— escribió en El nacional una nota sentida por lo acontecido en la primavera del fatídico 1970. Habla en él, de que “la muerte es idiota, que, hija del azar y la casualidad, no sabe lo que hace”. Y sentencia: “nos hacemos ilusiones creyendo —¿por qué?— que la inteligencia es un seguro de vida”.

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Escribir es un acto que exorciza fantasmas. Es una suerte de despojo, de abandonar aquello que ya no puede convivir más con nosotros. O como lo escribiera Eduardo Milán: “deja que hablen tus entrañas / para que el miedo no sea entrañable”, que resume la visión de un poeta como José Carlos Becerra que nació a la escritura sin las dudas inherentes al neófito pero también con la necesidad de contarlo todo. De contarlo todo bien, hay que agregar.

 Escribir es también regresar al origen, a la primera palabra, e intuir el acto de escribir única y solamente en el momento de escribir, es decir, ahora. En ese movimiento, que recorre el tramo del sentir al escribir, hay un misterio que alumbra el hecho. Al escribir creamos y morimos, porque todo (la extensión es secundaria) se despoja de su aliento; pero también al escribir resucitamos, porque volvemos, del ayer y de lo desconocido, a respirar de nuevo, a vislumbrar aquello que no sabíamos que existía. Escribir es también resucitar: volver a la vida y aferrarse a ella.

Abrir los ojos y ver y vernos en el poema: porque José Carlos Becerra nos ha compartido su mundo a través de la mirada, porque sus imágenes son una de las gracias festivas de su quehacer, es que hemos aprendido que el concepto sin imagen es definición, y al contrario, con imagen, deviene revelación, es decir misterio, es decir poesía.

En una carta a José Lezama Lima, fechada en Londres el 3 de enero de 1970, José Carlos Becerra se refiere a este tema en un par de ocasiones: “sintiendo también en algunas partes de su libro (se refiere a Paradiso) esa atmósfera de resurrección que también encontré en muchos poemas suyos”, y más adelante: “todo, todo regresa en lugar de irse, en ese sentido hablo de resurrección, de ritmo a contramuerte”.

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Recordar a un poeta como José Carlos Becerra (vital, explosivo), es un acto loable por preservar su legado pero además por la esperanza de propiciar ese encuentro al que me referí en un principio. Concluyo con la lectura de un poema, “Las peonías”, de Harry Martinson: “El verde fue lluvioso, / húmeda de vida la fábula del verano. / No estaba armada para el otoño, / sólo para la vida”.

Y no resisto parafrasearlo:

El verde fue lluvioso,

húmeda de vida la fábula del verano.

La poesía de José Carlos

no estaba armada para el otoño,

sólo para la vida.

Francisco Magaña

Pueblo Nuevo de San Isidro Labrador

Año de Dios

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Francisco Magaña nació en Paraíso, Tabasco, el 15 de noviembre de 1961. Es poeta, traductor, editor y pintor. Miembro fundador y editor de Ediciones Monte Carmelo. Ha sido coordinador del suplemento cultural Caravansary del diario Tabasco HOY y editor de la colección Carlos Pellicer de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (2002-2003). Becario del FONCA en poesía, 1990, 1994 y 1996 dentro del programa Jóvenes Creadores, y del FECAT-Tabasco en 1993, 1996 y 2000 para creadores con trayectoria. Premio Regional José Gorostiza 1993. Premio de los Juegos Florales 1993, Ciudad del Carmen, Campeche. Premio Nacional Tierra de Imágenes 1993. VII Juegos Florales Nacionales Batalla del Jahuactal, Cunduacán, Tabasco, 1998. Premio Nacional de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 1999. Premio Tabasco de Poesía José Carlos Becerra 1999. Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2001. Juegos Florales Nacionales 2003, Ciudad del Carmen, Campeche. Ha realizado la traducción de Reflexiones sobre poesía de Paul Claudel y junto con Luis Armenta Malpica y Gabriel Martín, de Los cuatro estados del sol, Jean-Marc Desgent. Como poeta ha publicado numerosos libros de poesía entre los que destacan algunos títulos como "Cuerpo en ausencia", "Penitencia el mar" y "Habitar donde fantasmas", Antorchas, Maitines.